sábado, 13 de septiembre de 2008

Cuatro poemas de "Oír la luz" en la voz de Eloy Sánchez Rosillo



Pero la sorpresa más grande, el acontecimiento literario más importante que septiembre ha propiciado ha sido, sin duda, la aparición del último libro de Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz (Tusquets Editores, 2008), del que os traigo, de la mano de Juan Ballester, una generosa muestra: un total de cuatro poemas que con motivo de la publicación el poeta leyó ante la cámara y que Juan ha tenido a bien colgar en dos blogs: Ramón Gaya (dedicado a la vida, obra y pensamiento del pintor) y Murcia útil (cuyo lema reza: "Un sitio útil para encontrar lo que buscas sin rodeos, pero también un sitio inútil porque sirve para perder un poco el tiempo sin rodeos").

Dejadlo todo y escuchad la luz.

* * *



Eloy Sánchez Rosillo


PORQUE NADA TERMINA
(Ramón Gaya)

Es preciso que todo en apariencia acabe
para que al fin comience.
Sólo entonces los hechos
de nuestro acontecer desordenado
adquieren poco a poco
la rara consistencia indestructible
del sueño o la leyenda; sólo entonces podemos
comprender lo vivido, completarlo,
y soñar sin temores ni asechanzas,
interminablemente,
la maravilla cierta del vivir.

Cuando pienso, Ramón —después del trance
natural de tu muerte—, en los años aquellos
en los que coincidimos en el mundo,
siento que me estremece
el misterio absoluto que es la vida.
Qué suerte para mí tan inmensa y extraña,
inexplicable y misericordiosa,
fue el que nos condujeran nuestros pasos
—a través de avatares cuyo oculto sentido
cifrado permanece—al día y a la hora y al lugar
en que nos conocimos;
y qué providencial para el que soy
resultó que en sí mismo llevara nuestro encuentro
la bendita semilla
de una amistad tan larga y luminosa.
¿Es esto mero arbitrio
de la casualidad? Es destino y enigma.
A cierta edad, un hombre no se engaña
y sabe lo que ha sido en su existencia
de veras decisivo. No ignoro que sin duda
tú en la mía lo fuiste,
y es imposible y triste imaginarla
sin tu ejemplo constante,
y sin la relación tan duradera
que mantuve contigo y con tu obra.

Sí, yo he estado muy cerca muchas veces
de increíbles prodigios.
Vi surgir tu pintura del abismo del lienzo
y pude contemplar cómo sus formas vivas
lentamente empezaban a respirar despacio
al llegar a este mundo.
Con frecuencia, asimismo,
sabía del fulgor de tus escritos nuevos
antes de publicarse,
y tuve el privilegio de escuchártelos.

Tu obra es patrimonio
de cuantos quieran que les pertenezca.
Pero, además de compartir tan fértil
y tan bella heredad con los que la hacen suya,
yo fui también testigo de tu vida,
y eso sólo unos pocos lo hemos sido.
Ineludible obligación gustosa
y legítimo orgullo
mueven y moverán mi ánimo y mi lengua
al testimonio fiel.

No encuentro en la memoria
lances que te afectaran
y en los que tu persona rayase por debajo
de ti, de la alta imagen
que en quienes te tratamos proyectabas.
Hondura y gravedad no te impedían
ser diáfano y alegre. Nunca he visto
a nadie menos dado a complacerse
en sus propias miserias y desdichas,
aunque al igual que a todos,
e incluso más que a muchos,
la angustia y la tragedia te salieran al paso
y en tu ser pretendieran en vano agazaparse.
Severo y exigente contigo y con los otros
hasta extremosos límites,
mas generoso y comprensivo al cabo,
sin componendas ni renunciaciones.
Ahora estoy acordándome de tus ojos vivísimos,
que hasta el fondo miraban con rigor y ternura.
Y recuerdo tu voz tan íntima y serena,
tu voz que por costumbre, sin excepciones, iba
a buscar las palabras
hasta el origen mismo sagrado de las cosas.

Nada de cuanto digo
se extingue con tu muerte.
Tras esa puerta estrecha, oscura y necesaria
que un día atravesaste,
continúa el camino, ya sin riesgo ninguno
de que discurra por lugar baldío
ni de que, como pudo suceder,
nos resultara ajeno su trazado.
Que los muertos entierren a sus muertos
y la ceniza vaya a la ceniza.
Tu luz y tu verdad
entre nosotros siguen
y han de seguir, tan vivas y tan puras
como en cualquier momento,
limpias de escorias y de contingencias.

Es preciso que todo transcurra y se remanse,
que al parecer concluya para que al fin empiece.
Porque todo está siempre comenzando.
Porque nada termina.

* * *



Eloy Sánchez Rosillo



JARDÍN DE FLORIDABLANCA

He vuelto a este lugar del corazón, y hay
una luz semejante a la que había aquí
en mis años primeros. Nunca puede olvidarse
la luz de los orígenes:
la recuerdan por sí mismos los ojos.
Tan viva y tan alegre como aquella de entonces,
cae sobre mí, me dora la cabeza
y me ampara las manos.

Pero hoy,
aunque piadosa y dulce,
me llena el pecho de melancolía.

* * *


PALABRAS DE AMOR

Las palabras de amor que pronunciaron
tantos y tantos labios, ¿dónde están?
Surgieron siempre como surgen hoy,
vivas y arrebatadas, misteriosas
ascuas del corazón que dan origen
al más hermoso y poderoso fuego.
Eran y son eternas, pero mueren
a cada instante, cuando las apaga
el tiempo en el ahora tan sombrío
de quienes luminosos las dijeron.
¿Qué sucede con ellas?
¿En qué enigma
se funda su fulgor inextinguible?
¿Qué ley las desbarata y las avienta?

* * *


OÍR LA LUZ

Debo decir que cuando yo era niño
y en el campo veía la densa muchedumbre
de estrellas en los cielos del verano,
además de mirar tanto fulgor,
podía oír la luz: se escuchaba allí arriba
como un rumor de enjambre laborioso.

* * *



ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
(De Oír la luz, Tusquets Editores, 2008)

viernes, 12 de septiembre de 2008

Sexta reseña


El Sr. Espejo en una imagen del año pasado por estas mismas fechas.

Después de dos meses alejado del virtual ruido (constatando que hay vida más allá –y más acá– de Internet), anoche, por fin, desempolvé con gran esfuerzo anímico mi disco duro y retomé perezosamente mi camino en donde lo dejé, esto es, visitando los blogs de los amigos, colegas y compadres para saber de ellos y ponerme al día en cuanto de nuevo nos han contado desde entonces. Y hete aquí que descubro que ha habido quien apenas descansó un par de semanas y estuvo trabajando con el vacío con valerosa y envidiable periodicidad mientras yo no daba un palo al agua (aunque, eso sí, me bañaba en ella varias veces al día). Me refiero al concienciado y concienzudo poeta José Daniel Espejo (Orihuela, 1975), autor, como sabéis, de Los placeres de la meteorología (Nausícäa, Murcia, 2000), Quemando a los idiotas en las plazas (Universidad de Murcia, 2001) y Música para ascensores (Editora Regional, 2007).

Pues bien, el pasado 24 de julio José Daniel, Joseda, o el Sr. Espejo, como yo suelo llamarlo, le dedicó en su blog una impagable reseña a mi último poemario de la que no tuve constancia hasta anoche, así que mi sorpresa ha sido equivalente a cincuenta sorpresas, una por cada día que ha pasado.

Le doy las gracias de corazón, Sr. Espejo, y le felicito, por los certeros y entrañables comentarios que ha vertido usted sobre mi obra. Gracias a ellos me conozco mejor.

Salud y un abrazo fuerte, amigo mío, y muchos besos a Martín, Miguel y Charo.