miércoles, 17 de diciembre de 2008

"Un don innecesario", de Joaquín García Villalba



Uno de los mejores regalos que un amigo puede hacerme es un libro; si además ese amigo es el autor del libro, mejor aún; y si encima se sirve de un amigo común para hacérmelo llegar, el círculo que se cierra es impecable.

Hace unas semanas recibí de manos de mi amigo Pedro Marín el flamante nuevo libro de poemas de nuestro común amigo Joaquín García Villalba (Cieza, Murcia, 1953), Un don innecesario, recientemente publicado por la editorial Slovento. Precisamente, Pedro es el destinatario del único poema que aparece dedicado y que se titula ‘Caminos interiores’.

Conocí personalmente a Joaquín hace poco más de dos años como tutor y profesor de Historia de mi hija en el Instituto Licenciado Francisco Cascales. Por aquel entonces Pedro también daba clases allí, y mi amistad con él propició que pronto comenzase a compartir con Joaquín otros derroteros, entre ellos el de la poesía. Joaquín es muy buen tertuliano. A veces nos juntamos los tres para almorzar o tapear y nos dice modestamente (aunque no sin cierto deje de ironía) que él no es un poeta, sino un simple aficionado que no tiene vocación de nada. Y lo dice un hombre que es licenciado en Filosofía Pura, Filología, Geografía e Historia, Pedagogía y T. E. T. Incluso cuando le dije que comentaría algo en este blog sobre su libro, me insistió en que fuese moderado, que no quería sentirse eternamente endeudado conmigo por mis elogios.

Así que intentaré ser breve y comenzaré diciendo que, pese a sus referentes más o menos explícitos, Joaquín García Villalba escribe con un estilo y desde una perspectiva vital absolutamente personales, sin complacencias ni florituras y sin deberle nada a nadie.

El libro se abre con un poema de título nietzscheano, ‘El viajero y su sombra’ (el pensador alemán está muy presente a lo largo de todo el poemario), en donde el poeta se ve a sí mismo como un perro callejero (“Conozco a los hombres por su olor”, “A veces, sueño como un hombre”) que arrastra por las calles sus ilusiones y sus decepciones, sus recuerdos y su soledad, aunque ni la palabra viajero ni la palabra sombra aparecen en ningún verso de este poema; es un poco más adelante, en el titulado ‘Oscuro viaje’, cuando afirma: “Algo debió de pasar en el viajero / que habla con su sombra, / algo debió de pasar para que se siente / indiferente bajo las alamedas / y el sol se beba en el crepúsculo de su boca / el silencio gris de la soledad.”

No creo exagerar si digo que la soledad es la gran protagonista de este libro. Pero hay otro actor principal: el tiempo; un tiempo implacable pero en gran medida vencido o superado: “Amanece como algo sucedido” (se dice en ‘Amanece’); “Camino por el amanecer como un hombre / que quisiera no haber nacido todavía” (en ‘El camino’); “Pasan los días como caballos ciegos / ante mis ojos / desbocados por la furia de la historia” (en ‘Caballos ciegos’); “Ahora son los días un rumor impasible, / un don innecesario, la mansedumbre / del cuerpo gastado que regresa de un sueño, / la leve complacencia del que no espera nada / y se abandona en la arena como las aves / oceánicas, esperando los primeros rayos de sol” (en ‘Los arrecifes’). Y esta presencia del tiempo queda igualmente acreditada en muchos de los títulos: ‘Mañana’, ‘Siempre’, ‘Volver quisieras’, ‘Debe de haber otro tiempo’...

La misma mañana en que Pedro me hizo entrega del libro de Joaquín, aprovechó también para prestarme algunos libros de los que me había hablado anteriormente, entre ellos Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas. Lo primero que leí al abrir este libro al azar fue una frase que Pedro subrayó nueve o diez años atrás: "¡Oh canción tan inútil y necesaria (...)!". Era la cita perfecta, la frase idónea para definir el espíritu del libro de Joaquín. Solitario y escéptico, Joaquín García Villalba hace uso de ese “don innecesario” porque en lo más hondo reconoce su utilidad para redimirse (aunque sea sólo un instante) y porque sabe que sacarlo a la luz y compartirlo es el mejor modo posible de celebrarlo.

Así que aquí os dejo con una breve muestra de ese don.


* * *



ADOLESCENCIA


Éramos extraños, odiosamente insolentes,
oscuros y suicidas.
En verano, al salir de la fábrica,
nos reuníamos en el embarcadero
y pasábamos la noche cazando murciélagos
y saltando de los álamos al río.
Al amanecer, con motos viejas y ruidosas
recorríamos el pueblo y nos parábamos
en las faldas del castillo para fumarnos el sol,
cantando a Dylan.
Siempre íbamos de negro, con melenas de brea,
con un soplo cósmico bajo la piel,
envueltos en olas de marfil y fuego metafísico.
Nos gustaba leer en los cementerios, recitar a Baudelaire
junto a los muertos y dormirnos contando las estrellas
entre las flores y los nichos,
pero sobre todo, nos fascinaba pintar las casas
de los burgueses con frases del sesenta y ocho
y seducir a sus hijas.
Éramos frágiles, rudos, sentimentales,
adolescentes arrojados a un mundo
que despreciábamos,
inventando una vida que nunca sería nuestra,
siempre, como una premonición, acompañados
de una extraña desilusión y melancolía.


* * *


CANTÁBRICO


Nos quisimos siempre,
como un viejo vínculo de sangre
sellado por la niebla,
con cuerpos de agua, con almas de agua,
desposeídos de la mansedumbre,
encadenados al vértigo del viento,
hechizados por una voraz historia de conquista.
Igual para igual, sin complacencia,
con el furor invisible del alba en la frente,
con ojos grises donde gravita la lluvia,
donde pequeños pájaros tejen sobre el cielo
imposibles acantilados y arrecifes.
Nos queremos siempre,
con el remordimiento del fuego y su renuncia,
con el gesto alto y verde de los robles,
bajo la luna extinguida de los faros,
bajo el insomnio pálido de las grúas.

Y nos querremos siempre,
como dos bocas rotas por la melancolía,
como la honda que guarda el calor de la piedra
y derrama en el aire su aroma cautivo.
En las noches del sur oigo tus pasos,
Viveiro, Llanes, Comillas, escucho
los caballos rebeldes del mar de poniente,
golpeando con sus crines de plata
los puertos y las rías.
Nos querremos siempre,
será una absolución, mar y hombre,
cuerpos de agua, almas de agua,
dos amantes frente a frente, hechizados
por una voraz historia de conquista.


Joaquín García Villalba:
Un don innecesario.
Editorial Slovento. Madrid, 2008.


* * *

lunes, 1 de diciembre de 2008

Octava reseña



"El ser viviente". Así tituló Ramón Jiménez Madrid su reseña a La herencia invisible, aparecida el pasado día 14 en el diario La Opinión y de la que tuve noticia unos días después merced a un amigo atento. Finalmente conseguí hacerme con un ejemplar y la he digitalizado. Si pincháis sobre ella podréis leerla más cómodamente.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Buenos augurios



Octubre dijo adiós con luminoso abrazo...

Lo primero que hago todas las noches antes de acostarme y todas las mañanas después de levantarme es salir al balcón y mirar el cielo. Día tras día y noche tras noche les voy diciendo hola y adiós a todos los cielos de todos los días y todas las noches de todos los meses del año. Pero ayer, a las ocho de la mañana, fue octubre quien me dio los buenos días de este modo. Para despedirse a lo grande. Ayer precisamente, víspera de Todos los Santos... ¡Eso si que fue un camino en el aire!

En la mitología de numerosas culturas, el arco iris es el puente que liga lo temporal con lo espiritual, el símbolo de la unión entre el cielo y la tierra. Para los antiguos, su aparición después de una tormenta significaba la presencia de una divinidad benefactora. Sin ir más lejos, para los cristianos simboliza el perdón de Dios. Según la tradición tántrica hindú y budista, el estado más elevado que se puede alcanzar con la meditación es el llamado cuerpo-arco iris, mediante el cual el cuerpo se disuelve en la luz del arco iris y la vida terrestre se muestra como insustancial.

En fin..., ¡buenos augurios!















jueves, 30 de octubre de 2008

"Desde fuera", de Álvaro Valverde



"Pues parece que todo nos esconde / en esta encrucijada que habitamos". Así comenzaba uno de los poemas de Álvaro Valverde aparecidos en abril de 1987 en aquel número 12 de El Urogallo que ambos compartimos junto a otros poetas, casi todos, por entonces, absolutamente inéditos. Hasta ese momento, Álvaro sólo había publicado un libro (Territorio) y dos 'plaquettes' (Límites y Sombra de la Memoria), pero ya advertíamos en él a un poeta serio, profundo y contemplativo. El paso de los años, su lealtad. su constancia, nos han dado la razón y hoy es, además, un poeta maduro y consagrado, autor de libros como Las aguas detenidas, Una oculta razón, A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre y el que ahora nos ocupa, Desde fuera, que ha visto la luz en Tusquets hace sólo unos meses.

El libro, escrito entre los años 2000 y 2007, está dividido en seis partes. Para esta muestra he escogido seis poemas pertenecientes a tres de ellas. El primero, que corresponde a Desde dentro, fue leído por Álvaro en el Museo Ramón Gaya el pasado día 7 y tuve la osadía de grabarlo con mi pequeña cámara de fotos digital. La calidad de imagen y sonido, que ya dejaba mucho que desear, disminuyó considerablemente al volcar el vídeo en la red; pero ahí queda como testimonio de aquella entrañable lectura en su primera visita a Murcia. He ilustrado el poema, además, con una de las muchas estampas que el magistral Santiago Rusiñol realizó de los Jardines de Aranjuez.

El segundo poema que he seleccionado es el tercero de los cuatro que componen Entonces la muerte, una de las secciones con las que más me identifico. Su forma de hablar de la muerte, de entenderla y sentirla, se parece mucho a la mía. Perdonadme la inmodestia, pero creo que en estos poemas hay versos que podría haber escrito yo. La fotografía que lo acompaña es una composición mía realizada con una calavera de plástico y un esqueleto fluorescente con los que suele jugar mi hijo.

Finalmente, he elegido cuatro poemas de la serie Imaginario, otra de las que por su fuerza y hondura más me gustan. Se trata de poemas inspirados en cuadros del pintor extremeño Godofredo Ortega Muñoz, paisajes secos y semidesérticos que inmediatamente me transportaron a las tierras baldías y los campos de secano de nuestra región, ese otro rostro desnudo del paisaje murciano que tanto atrajo a uno de nuestros mejores paisajistas: Manuel Avellaneda. Es por ello que me he tomado la libertad de ilustrar los poemas con dos pinturas suyas: el tríptico "Entre Albudeite y Campos del Río" y "Tierra seca, I". Estoy seguro de que Álvaro Valverde se estremecería ante esos mares sedientos de Albudeite, Cieza, Blanca, Archena, Campos del Río…, o contemplando desde lo más alto de la Cresta del Gallo lo que nosotros llamamos El Paisaje Lunar. A ver si vuelve pronto a Murcia y los conoce.

* * *

(De DESDE DENTRO)




MEDITACIÓN EN LOS JARDINES DE ARANJUEZ

No es la estación del año más propicia
para que el esplendor de estos jardines
se muestre por entero. En primavera,
el verde renovado de las hojas
contrasta con los tonos de las flores;
en otoño, es la gama de ocres quien impone
belleza a esa nostalgia
que destila su zumo
de las sombras frondosas del verano.
Pero ahora, en invierno,
ni siquiera la luz de este sol de febrero,
ni la seca y solemne majestad de los árboles,
ni el silencio escondido tras el canto de un pájaro
son capaces de dar la medida precisa
de ese sueño que alguien ideó como réplica
del viejo paraíso.
Y, sin embargo, ahí
es donde en realidad está el sentido
de esta creación del ser humano:
en la apagada música que brota
del fondo de un jardín
cuando el mundo dispone una ausencia de vida
y parece que todo permanece en la muerte.

* * *

(De ENTONCES LA MUERTE)


3

En realidad, no sé
si vamos al encuentro de la muerte
o si venimos ya de su certeza.
No me recuerdo ajeno, de algún modo,
a su alargada sombra sigilosa.
Estaba allí en lo oscuro, en las estancias,
al fondo del pasillo, en la penumbra
de aquel mismo rincón en el que ahora
estoy acurrucado contra el tiempo.
Estaba en las palabras susurradas
y estaba en los silencios clamorosos
y en los ojos tristísimos y húmedos
de mis padres volviendo de la iglesia
sin más explicaciones que las tópicas.
Estaba allí, sin duda,
y siempre ha estado
haciéndome la misma compañía
y sé perfectamente cómo huele,
y las formas que adopta y reconozco,
como si fueran mías, sus mentiras.
Por eso dudo si vamos a morir
o de una vez por todas dejaremos
de estar ya en vida muertos.

* * *

(De IMAGINARIO)


II

Otra vida secreta crece ahí,
bajo las piedras abrasadas,
por entre las retamas.

Ése es el reino oscuro
del sombrío alacrán.
El luminoso
del lagarto ocelado,
que bebe el sol candente
sobre las rocas.


VI

Amo la sequedad.

Es una mancha
que se adhiere indistinta
a la propia mirada
y produce en el alma
un estado sereno.

Es como un filtro ocre
que tiñe cuanto vemos
del color de las cosas
que de veras importan.

Es la clara noticia
de la otra ladera:
donde ocurren sucesos
que carecen de nombre.



X

Este es el negativo
de una imagen real.

Detrás de este paisaje
desierto y destruido
está la fuente umbría
que vi entre los alisos.

Tras el eco monótono
de la agreste cigarra
se esconde el canto puro
de un pájaro emboscado.

Oculta este olor seco
de hierbas agostadas
el aroma fragante
de las flores silvestres.


XVIII

Es de otro mar
del que proviene
este desierto:
de un mar originario,
anterior inclusive
al de las aguas.


ÁLVARO VALVERDE
(Desde Fuera. Tusquets Editores, 2008)

martes, 21 de octubre de 2008

Séptima reseña


Álvaro Valverde

El pasado día 7 conocí en persona al poeta Álvaro Valverde, con quien hace más de veinte años compartí un número especial de la revista El Urogallo en el que se hacía un repaso de la poesía joven de entonces. Vino a presentar al Museo Ramón Gaya su último libro, Desde fuera (Tusquets Editores, 2008), y me tomé la libertad de hacerle algunas fotos y grabar con la propia cámara la lectura de uno de los poemas, "Meditación en los Jardines de Aranjuez", que posiblemente reproduzca en este blog siempre que a él no le parezca mal. Después de la lectura, aproveché para presentarme, mostrarle un ejemplar de aquella antología de El Urogallo en la que salían nuestras fotos y regalarle mi último libro, La herencia invisible. Sobre su visita a Murcia ya había hablado Álvaro puntualmente en su cuaderno de bitácora (http://mayora.blogspot.com/2008/10/carta-de-murcia.html), pero hace unos días me dió una sorpresa muy grata publicando esta reseña. No acabo de acostumbrarme a que se hable de mí por mi poesía, pero confieso que me gusta mucho el cariz de los comentarios que hasta ahora ha suscitado mi libro. Muchas gracias, Álvaro. Brindo por un pronto reencuentro.

miércoles, 8 de octubre de 2008

"Alimentos de la tierra", de Pascual García



El pasado 23 de septiembre tuvo lugar en el Museo Ramón Gaya la presentación, de la mano de Soren Peñalver, del último libro de poemas de Pascual García, Alimentos de la tierra. El título nos remite de inmediato al de aquel acendrado poema en prosa publicado por André Gide en 1897, Les nourritures terrestres ("Los alimentos terrestres"), del que treinta años después, en el prólogo de la edición de 1927, Gide confesaría: “Escribí este libro en un momento en que la literatura olía furiosamente a artificio y encierro, cuando me parecía urgente hacerla tocar tierra de nuevo y colocar sencillamente en el suelo un pie desnudo”.

Tal vez cabría preguntarse a qué huele y a qué sabe hoy la literatura; pero lo único que realmente me importa es que, con este libro, Pascual García ha colocado y hundido sus pies desnudos, sus manos desnudas y su alma entera desnuda en la tierra que le vio nacer, crecer y hacerse hombre y poeta.

Alimentos de la tierra no tiene prólogo ni le hace falta en absoluto, porque se abre con un verso impresionante que define y concentra como ningún otro el espíritu y la poética que lo alientan: “El agua de la acequia nos bautiza”. Confieso que después de leer tan magnífico endecasílabo, uno de los más logrados, certeros y sobrecogedores (por lo mucho que me concierne) de cuantos he leído en mi vida, no pude dejar de leer Alimentos de la tierra de un tirón.

Poesía de raíz, de savia, tronco, ramas, hojas, frutos. Poesía telúrica. Poesía con denominación de origen. Un tributo a la tierra que nos nutre y a la casa de quienes, labrándola y regándola, nos alumbraron a la vida.

Sirvan estos dos impecables poemas como muestra:


EL PAN DE LA MERIENDA


Nunca olvidaré que fui un niño entre los brazos
de una madre buena, que recibí sus caricias
en la forma de un don, naturalmente,
como nos llega el aire a los pulmones,
e ilumina la luz de la mañana
nuestro cuarto en penumbra.

Ahora que no está, sé que estuvo siempre entonces,
y que su mano guió mis días con cuidado,
con ternura, como si fueran mías
todas sus horas y todo su afán.
Tengo el olor del pan y de sus manos
como se tiene una reliquia sacra,
y el tacto de su pecho y de sus labios
sobre mi piel de niño amedrentado.

Ahora que no está, sé que permanece cerca,
junto a mi cama en las noches de fiebre,
mientras salmodia unas palabras mágicas
y reza por el niño de aquel tiempo
que soporta la carga de ser hombre,
y que en su memoria y en la mía no se han ido,
continúa en la casa de mi infancia
y me espera como lo hacía entonces
para lavar mi ropa presurosa
y preparar la cena y hablar conmigo.

No importa que no esté porque yo sigo
volviendo a la casa donde vivió ella;
un sillón, una estufa y una mesa
es cuanto queda de aquel tiempo antiguo.
No han pasado los años, ha pasado
aquel tiempo de manos entregadas,
el pan de la merienda
y las mañanas claras a su lado,
el invierno y la escuela,
mientras ando por calles empinadas
cogido de su mano,
bajo un cielo de escarcha y de ceniza,
y convengo en que el futuro no existe,
que todo es ella en ese tiempo justo
y yo soy parte de ese tiempo, de aquella casa,
de la nieve en las frías mañanas de febrero,
de sus manos entregadas y cálidas
en la memoria de su ausencia en vano.


* * *


ANIMALES DE HUMO


Fumaban los hombres en el trabajo
y paraban el tiempo;
se clausuraba la recolección
de la almendra o de la oliva, el tiempo
cesaba en el agua detenida, en los bancales
áridos, en las acequias impuras
de noviembre, donde caían
las hojas del otoño.
También los albañiles,
nosotros los peones
dejábamos la carga y nos sentábamos
a mirar el cielo, tan fatigados
que sólo el humo del tabaco nos consolaba.
Fumábamos los hombres
y se paraba el tiempo;
liaban sus cigarros los ancianos
parsimoniosamente,
como si el rito de sus dedos fuera
una señal del cielo,
y hablaban de otra edad, de otras costumbres,
del trabajo duro, de las mujeres.
Era el humo el olor del pasado
y de la tierra. Parados, fumábamos
mientras caía la tarde en la extensa orfandad
del horizonte. Tosían los hombres
y respiraban humo a medianoche,
pero en la madrugada,
sacaban sus petacas y liaban
cigarrillos de sueño y de fatiga.
La vida no era un cómputo de días,
una sucesión de años sin ventura.
Vivíamos con los pies en la tierra
y el trabajo en las manos, en la espalda,
y un cigarro en los labios encendido.
Después, hemos fumado en el amor
y en la guerra, en lo bueno y en lo malo,
mientras envejecíamos y nada
cambiaba a nuestro lado,
el sabor del tabaco en las mañanas,
el aroma del trabajo y los viajes,
las mujeres y el tiempo, todo el humo
en la desdicha de reconocernos
efímeros, diluidos en el aire,
casi espíritus, mientras tosen los hombres, fuman
y aguardan el amanecer sumisos
como esclavos de la tierra, insomnes,
animales de humo, criaturas de ceniza.


PASCUAL GARCÍA, Alimentos de la tierra.
HUERGA & FIERRO editores, 2008.



Dos momentos de la presentación de Alimentos de la tierra.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Cuatro poemas de "Oír la luz" en la voz de Eloy Sánchez Rosillo



Pero la sorpresa más grande, el acontecimiento literario más importante que septiembre ha propiciado ha sido, sin duda, la aparición del último libro de Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz (Tusquets Editores, 2008), del que os traigo, de la mano de Juan Ballester, una generosa muestra: un total de cuatro poemas que con motivo de la publicación el poeta leyó ante la cámara y que Juan ha tenido a bien colgar en dos blogs: Ramón Gaya (dedicado a la vida, obra y pensamiento del pintor) y Murcia útil (cuyo lema reza: "Un sitio útil para encontrar lo que buscas sin rodeos, pero también un sitio inútil porque sirve para perder un poco el tiempo sin rodeos").

Dejadlo todo y escuchad la luz.

* * *



Eloy Sánchez Rosillo


PORQUE NADA TERMINA
(Ramón Gaya)

Es preciso que todo en apariencia acabe
para que al fin comience.
Sólo entonces los hechos
de nuestro acontecer desordenado
adquieren poco a poco
la rara consistencia indestructible
del sueño o la leyenda; sólo entonces podemos
comprender lo vivido, completarlo,
y soñar sin temores ni asechanzas,
interminablemente,
la maravilla cierta del vivir.

Cuando pienso, Ramón —después del trance
natural de tu muerte—, en los años aquellos
en los que coincidimos en el mundo,
siento que me estremece
el misterio absoluto que es la vida.
Qué suerte para mí tan inmensa y extraña,
inexplicable y misericordiosa,
fue el que nos condujeran nuestros pasos
—a través de avatares cuyo oculto sentido
cifrado permanece—al día y a la hora y al lugar
en que nos conocimos;
y qué providencial para el que soy
resultó que en sí mismo llevara nuestro encuentro
la bendita semilla
de una amistad tan larga y luminosa.
¿Es esto mero arbitrio
de la casualidad? Es destino y enigma.
A cierta edad, un hombre no se engaña
y sabe lo que ha sido en su existencia
de veras decisivo. No ignoro que sin duda
tú en la mía lo fuiste,
y es imposible y triste imaginarla
sin tu ejemplo constante,
y sin la relación tan duradera
que mantuve contigo y con tu obra.

Sí, yo he estado muy cerca muchas veces
de increíbles prodigios.
Vi surgir tu pintura del abismo del lienzo
y pude contemplar cómo sus formas vivas
lentamente empezaban a respirar despacio
al llegar a este mundo.
Con frecuencia, asimismo,
sabía del fulgor de tus escritos nuevos
antes de publicarse,
y tuve el privilegio de escuchártelos.

Tu obra es patrimonio
de cuantos quieran que les pertenezca.
Pero, además de compartir tan fértil
y tan bella heredad con los que la hacen suya,
yo fui también testigo de tu vida,
y eso sólo unos pocos lo hemos sido.
Ineludible obligación gustosa
y legítimo orgullo
mueven y moverán mi ánimo y mi lengua
al testimonio fiel.

No encuentro en la memoria
lances que te afectaran
y en los que tu persona rayase por debajo
de ti, de la alta imagen
que en quienes te tratamos proyectabas.
Hondura y gravedad no te impedían
ser diáfano y alegre. Nunca he visto
a nadie menos dado a complacerse
en sus propias miserias y desdichas,
aunque al igual que a todos,
e incluso más que a muchos,
la angustia y la tragedia te salieran al paso
y en tu ser pretendieran en vano agazaparse.
Severo y exigente contigo y con los otros
hasta extremosos límites,
mas generoso y comprensivo al cabo,
sin componendas ni renunciaciones.
Ahora estoy acordándome de tus ojos vivísimos,
que hasta el fondo miraban con rigor y ternura.
Y recuerdo tu voz tan íntima y serena,
tu voz que por costumbre, sin excepciones, iba
a buscar las palabras
hasta el origen mismo sagrado de las cosas.

Nada de cuanto digo
se extingue con tu muerte.
Tras esa puerta estrecha, oscura y necesaria
que un día atravesaste,
continúa el camino, ya sin riesgo ninguno
de que discurra por lugar baldío
ni de que, como pudo suceder,
nos resultara ajeno su trazado.
Que los muertos entierren a sus muertos
y la ceniza vaya a la ceniza.
Tu luz y tu verdad
entre nosotros siguen
y han de seguir, tan vivas y tan puras
como en cualquier momento,
limpias de escorias y de contingencias.

Es preciso que todo transcurra y se remanse,
que al parecer concluya para que al fin empiece.
Porque todo está siempre comenzando.
Porque nada termina.

* * *



Eloy Sánchez Rosillo



JARDÍN DE FLORIDABLANCA

He vuelto a este lugar del corazón, y hay
una luz semejante a la que había aquí
en mis años primeros. Nunca puede olvidarse
la luz de los orígenes:
la recuerdan por sí mismos los ojos.
Tan viva y tan alegre como aquella de entonces,
cae sobre mí, me dora la cabeza
y me ampara las manos.

Pero hoy,
aunque piadosa y dulce,
me llena el pecho de melancolía.

* * *


PALABRAS DE AMOR

Las palabras de amor que pronunciaron
tantos y tantos labios, ¿dónde están?
Surgieron siempre como surgen hoy,
vivas y arrebatadas, misteriosas
ascuas del corazón que dan origen
al más hermoso y poderoso fuego.
Eran y son eternas, pero mueren
a cada instante, cuando las apaga
el tiempo en el ahora tan sombrío
de quienes luminosos las dijeron.
¿Qué sucede con ellas?
¿En qué enigma
se funda su fulgor inextinguible?
¿Qué ley las desbarata y las avienta?

* * *


OÍR LA LUZ

Debo decir que cuando yo era niño
y en el campo veía la densa muchedumbre
de estrellas en los cielos del verano,
además de mirar tanto fulgor,
podía oír la luz: se escuchaba allí arriba
como un rumor de enjambre laborioso.

* * *



ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
(De Oír la luz, Tusquets Editores, 2008)

viernes, 12 de septiembre de 2008

Sexta reseña


El Sr. Espejo en una imagen del año pasado por estas mismas fechas.

Después de dos meses alejado del virtual ruido (constatando que hay vida más allá –y más acá– de Internet), anoche, por fin, desempolvé con gran esfuerzo anímico mi disco duro y retomé perezosamente mi camino en donde lo dejé, esto es, visitando los blogs de los amigos, colegas y compadres para saber de ellos y ponerme al día en cuanto de nuevo nos han contado desde entonces. Y hete aquí que descubro que ha habido quien apenas descansó un par de semanas y estuvo trabajando con el vacío con valerosa y envidiable periodicidad mientras yo no daba un palo al agua (aunque, eso sí, me bañaba en ella varias veces al día). Me refiero al concienciado y concienzudo poeta José Daniel Espejo (Orihuela, 1975), autor, como sabéis, de Los placeres de la meteorología (Nausícäa, Murcia, 2000), Quemando a los idiotas en las plazas (Universidad de Murcia, 2001) y Música para ascensores (Editora Regional, 2007).

Pues bien, el pasado 24 de julio José Daniel, Joseda, o el Sr. Espejo, como yo suelo llamarlo, le dedicó en su blog una impagable reseña a mi último poemario de la que no tuve constancia hasta anoche, así que mi sorpresa ha sido equivalente a cincuenta sorpresas, una por cada día que ha pasado.

Le doy las gracias de corazón, Sr. Espejo, y le felicito, por los certeros y entrañables comentarios que ha vertido usted sobre mi obra. Gracias a ellos me conozco mejor.

Salud y un abrazo fuerte, amigo mío, y muchos besos a Martín, Miguel y Charo.

sábado, 12 de julio de 2008

Quinta reseña


Faro de Punta Almina (Ceuta).

El martes pasado me llevé una gran sorpresa: entré en uno de los blogs jazzeros que visito habitualmente, Jazz Ceuta, y me encontré con que su titular, Santiago, dedicaba su última entrada a La herencia invisible, con una sencillez, un orden, una intensidad y una capacidad de síntesis que ya desearían para sí muchos críticos –y criticados– profesionales. Pero Santiago no es crítico literario: es farero. Farero del Faro de Punta Almina, en Ceuta.

Os cuento.

Santiago Tortosa Muñoz es murciano, y durante nuestra infancia y primera juventud fuimos vecinos. Vivíamos a orillas de la huerta, casi rodeados por ella, en el viejo barrio de San Antón. Su padre y el mío eran amigos, pero Santiago y yo, aunque teníamos la misma edad, por el sólo hecho de estudiar en colegios diferentes nos movíamos en distintas direcciones en aquel paraíso que era entonces Murcia. Él tenía sus primos, sus amigos; yo los míos. Nos veíamos, claro, y coincidíamos a veces, incluso compartimos mesa en más de una comida familiar, pero nunca terminamos de cuajar una amistad propiamente dicha.


Cabecera de Jazz Ceuta.

Una amistad que ahora, al cabo de los años, ha cuajado y crecido a raudales en los últimos meses a raíz de que Santiago, gran aficionado al jazz e impulsor del Festival Jazz Ceuta, diera un buen día con mi blog Sopa de Hielo y tuviera la iniciativa de enviarme un entrañable e imprevisible correo.

Resultado: un reencuentro mágico. Y el martes voy y me doy de bruces con esto.

Gracias, amigo.

¡Y pensar que un ejemplar de mi libro ha llegado hasta allí!

Los libros son palomas mensajeras... Recuerda, Santiago, las nubes de palomas sobrevolando permanentemente nuestro barrio...


El Estrecho de Gibraltar visto por la paloma de la NASA.

jueves, 3 de julio de 2008

Cuarta reseña


(Para leer el artículo, pinchad sobre la imagen.)

El sábado pasado apareció una nueva reseña a La herencia invisible. En esta ocasión, en el suplemento Ababol del periódico La verdad. La firmaba José Belmonte Serrano, profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Murcia, escritor, crítico literario y editor de la sección de libros del citado suplemento, quien hace sólo unas semanas ya nos entrevistó a Javier Orrico y a mí en su programa de Televisión Murciana con motivo de la concesión de los premios de la primera edición de "Los Odres".

Lo que más me gustó fue que destacara, ya desde el titular, un poema tan breve como Ala (cuyo primer verso, por cierto, dice "Ala quieta de instante", no "del instante"). Creo que en esos dos versos se condensa muy bien todo el espíritu del libro.

Gracias, Pepe, una vez más.

martes, 1 de julio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (y 4)



Llegando y despidiéndonos
llegando y despidiéndonos
llegando y despidiéndonos
desde que nacemos
estamos llegando y despidiéndonos.

–ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA-



y IV


Y se hizo de noche. Las casetas comenzaron a cerrar. Y la Feria del Libro terminó de impregnarse de la callada soledad de los cementerios.

Emilio Torné nos propuso entonces a Alexis, a Xino y a mí irnos a cenar de tapas a la castiza y celebérrima Taberna de La Dolores. Por supuesto, accedimos y salimos a paso ligero del Retiro, dejando atrás los libros, nuestros libros, en el sereno reposo de sus panteones, bajo el cielo nublado, sobre la tierra húmeda...

Pero estábamos contentos... La vida, nuestra vida, continuaba. La vida era al mismo tiempo todo lo vieja y todo lo nueva que podíamos desear.

Durante el trayecto, en otra suerte de eufórico repentismo, Xino y Emilio no dejaron ni un momento de contar chistes –algunos, desternillantes– con sus respectivos acentos cubano y jerezano.

La Taberna de La Dolores, sita en la Plaza de Jesús, en el emblemático barrio de las letras de Madrid, es para mí desde esa noche la madre de todas las tabernas. ¡Qué tapas! ¡Qué cerveza! ¡Y encima pagó Emilio!

Una vez saciada nuestra gula, Xino nos dijo: “¡Ahora vamos al bar de unos amigos míos!”. Y nos llevó en un santiamén a un no menos ilustre y popular local de la calle Huertas llamado La Colonial, una coctelería cubana que hace también las veces de restaurante.

Todo lo que sucedió en La Colonial es secreto de confesión. Sólo diré que cerramos el local y que hacía mucho, mucho tiempo que no saboreaba unos mojitos tan genuinos.

Pero Alexis y yo habíamos acordado levantarnos a una hora prudente, rehacer el equipaje y acercarnos de nuevo a media mañana, ya como meros visitantes, a la Feria del Libro. Si queríamos descansar, no nos quedaba mucho margen...

Pedimos un taxi. Xino nos acompañó hasta el hotel. Llovía. Fue entonces cuando me percaté de que había perdido mi paraguas. “¡Hasta siempre, hermano! ¡Cuídate!”.

Una vez en la habitación, le confié a Alexis, como ahora a vosotros, un sueño que había tenido la noche anterior; un breve sueño en el que mi madre, sujetándome el rostro con ambas manos, me decía: “Todo es tuyo porque tú lo haces tuyo”. (¡Cuántos años sin verte, Dolores, ni aun en sueños! ¡Pero qué presente y qué viva te sentí!).

Eran las cuatro de la madrugada. Programé la alarma del móvil para que me despertara a las nueve y, en un cerrar de ojos, nos pusimos a roncar, mecidos por el ronroneo del mar de ron en el que se habían sumido nuestras almas.



A la mañana siguiente, la Feria del Libro parecía otra. Madrid entero estaba allí. Las casetas, los libros, el Retiro..., todo, incluso el sol, parecía haber resucitado de otra época, renacido en un nuevo día sin edad. Almudena Grandes, Rosa Montero, Fernando Sánchez Dragó, Julio Llamazares..., firmaban ejemplares a diestro y siniestro en sus casetas; grandes olas de gentes iban y venían, fluyendo espontáneamente en una suerte de marea natural.

¿Cómo habrían transcurrido los acontecimientos de habérnosla encontrado así el día anterior?

Teníamos poco tiempo. En pocas horas, Alexis tenía que tomar un avión para iniciar una gira como repentista por el archipiélago canario; y yo, el talgo de regreso a Murcia.

Alexis se movía con soltura por entre la multitud. Compró bastantes más libros que yo y fue reconocido en más de una ocasión por dependientes y libreros.

Pero la hora de partir no se hizo esperar. Habíamos quedado en una de las salidas del Retiro con Juan Pablo Muñoz Zielinski para comer. Le pedimos a una buena mujer que nos orientara, pero nos envió hacia otra zona y nos perdimos. Qué gran invento, el móvil. “¡Me he vuelto a perder!”. “¡Sebas, eres la hostia!”. Exactamente igual que cuando llegué, Juan Pablo me fue indicando por teléfono la ruta que debíamos seguir –conoce Madrid milimétricamente, lo lleva impreso en su retina– mientras él salía con su furgoneta a nuestro encuentro.

Con Juan Pablo nos esperaba su entrañable y sosegada amiga Oti, violinista, profesora y compañera de viajes musicales. Esa mañana habían estado ensayando juntos.

Comimos en la terraza de un restaurante muy próximo a la estación de Atocha, junto a una curva, sobre la acera. Era una calle estrecha. Los autobuses pasaban a escasos centímetros de donde estábamos sentados. El cielo amenazaba encapotándose. La aventura culminaba. Pero estábamos contentos...

Terminamos de comer con el tiempo justo. Comenzó a llover y Alexis tomó un taxi a Barajas. "¡Te mando un SMS en cuanto llegue!". Temerosos de que, con toda probabilidad, me perdiera de nuevo, Juan Pablo y Oti me acompañaron hasta la entrada al andén desde el que debía tomar el talgo de regreso.

Cuando subí al tren, sentí que la misma lluvia que me recibió me despedía. Me acomodé en mi asiento con la sensación de que mi primera experiencia en la Feria del Libro de Madrid había sido más musical que literaria; me sentía como cuando regreso de un bolo en el que todo ha salido bien, baldado pero feliz, como si me hubieran dado un masaje en el alma, con la inusitada novedad de que ahora no tenía que conducir.

Realicé todo el viaje semidormido, pensando, sobre todo, en los encuentros y reencuentros que me había proporcionado esta aventura...

Conocí personalmente a Esther y a Troglo, fui salvado una vez más por Juan Pablo en el laberíntico Madrid, pude ver de nuevo a Alexis y hablar y convivir con él como con un amigo antiguo...

Y en no pocas ocasiones me encontré, también, conmigo mismo...

viernes, 6 de junio de 2008

Mi paso por La Feria del Libro de Madrid (3)



III

Entre el público se encontraban dos amigos: mi ya mencionado y siempre inaudito ángel salvador –como nuevamente apreciaréis más adelante– Juan Pablo Muñoz Zielinski, quien por razones de trabajo se marchó antes de terminar yo mi lectura, y mi fotógrafa de jazz predilecta, Esther Cidoncha, hasta entonces amiga meramente virtual, con quien comparto desde hace aproximadamente un año un fructífero diálogo y una leal complicidad a través de nuestros correos y nuestros blogs; y asistió también un peculiar personaje bíblico, un silencioso Job de ojos azules y largas barbas blancas (me recordó igualmente al mago Merlín, incluso al mismísimo Leonardo da Vinci), quien después de la lectura se nos acercó a Esther y a mí poco a poco, con la mirada fija y sonriente, y comenzó a escribir en trozos de papel, girándolos sin cesar buscando espacios, todo cuanto nos tenía que decir, en términos en verdad muy metafísicos y poéticos, cuando no ininteligibles.


Después, como exigía el protocolo, Alexis y yo nos fuimos a firmar ejemplares a la caseta de Calambur, con la Feria del Libro pasada por agua y prácticamente desierta. Firmé, en total, ocho ejemplares: cuatro que compraron los amigos más cuatro que regalé yo; ¡lo que no es mal número, teniendo en cuenta que un ocho es un infinito vertical!

Al poco de estar allí, Esther llamó a otro amigo bloguero común (“Se llama Miguel Ángel”, me confesó) al que hasta entonces yo sólo conocía por su alias, Troglo Jones, un gran aficionado al jazz, conversador mordaz e improvisador nato; y cuando éste llegó nos hicimos unas fotos y pasamos el resto de la tarde tapeando y bebiendo fresquísimas cervezas en la carpa-bar de enfrente, charlando mayormente de jazz y brindando a cada momento por tan inédito y propicio encuentro. “Antonio”, le dije acompañándome con señas a Antonio García, el joven empleado de la editorial, “si alguien quiere que le firme un libro, llámame”. “Vale, descuida”, me respondió cordialmente.

Y llegó la hora cabal. Las aletargadas casetas comenzaron a cerrar sus párpados humedecidos.

Una última cerveza...

“Hasta siempre, Esther... Hasta siempre, Sr. Troglo... Ha sido un inmenso placer conoceros...”.

Después de seis días aún perdura nuevo en mí el sentimiento de celebración por nuestro encuentro, nuestra primera tertulia real, sin píxeles de por medio, brindando con cervezas rebosantes... ¡y con la Feria y el Retiro para nosotros solos!


(Continuará)

jueves, 5 de junio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (2)

Cartel del año en que nací


“La lluvia ha sido un elemento prácticamente omnipresente en todas las ediciones de la feria. En 1956 la inauguración tuvo que retrasarse cuatro días por este motivo. Más de un humorista afirmó que la lluvia representaba la reacción de la Naturaleza ante la masiva tala de los bosques para obtener la celulosa con la que se hace el papel. El cómico Evaristo Acevedo incluso propuso —con mucha sorna— que la feria se organizara en ciudades y comarcas con problemas de sequía, y así convertirlas en zonas de regadío.”

Elena Mengual, Carteles con memoria



II

Las 15:15 y Alexis no llegaba. Sonó el móvil: “¡Poeta, voy en taxi y estoy en un atasco! ¡Calculo que en diez o quince minutos estaré allí!”. “He reservado mesa en un bar-restaurante que hay frente al hotel”. “¡Allí nos vemos!”.

Rozando ya las cuatro de la tarde, cargados de maletas y guitarra, hicieron su aparición el poeta Alexis Díaz-Pimienta y su amigo y compatriota Xino Carrasco, compositor, cantante y guitarrista, pidiéndome disculpas entre risas y abrazos.

Comimos, sin duda, mejor que en el hotel. Y al menos cinco veces más barato. Los menús recién cocinados resultaron copiosos y exquisitos, y fueron servidos con sencillez y naturalidad envueltos en un diálogo austero y franco por el camarero.

En el transcurso de la comida, Xino me regaló su primer disco en solitario, Shake it out, e intercambiamos las tarjetas con los correos y los números de teléfono sin dejar de hablar ni un momento, como si nos conociéramos de toda la vida.

“¡Las cinco y media! ¡La presentación es a las seis!”, reparé tras los cafés. Alexis se empeñó en pagar y cruzamos pitando hacia el hotel. Llovía. Xino nos esperó en el vestíbulo tomando un güisqui mientras subíamos a la habitación para que Alexis dejara sus cosas. En una exhalación emprendíamos, a mi paso (¡que Cuba me perdone!), camino hacia el Retiro, muy próximo también, lloviendo copiosamente y con un sólo paraguas –el mío– para los tres. En un recodo del parque salió a nuestro encuentro, sonriente, Juan Pablo Muñoz Zielinski. Y el trío se convirtió en cuarteto.

A las seis menos diez llegamos, renqueantes, a la Feria del Libro. Estaba prácticamente desierta, con todas sus casetas cerradas. "Ya te dije, poeta, que no eran necesarias tantas prisas", dijo Alexis jadeando. Así que, recelosos de que todos los actos hubieran sido cancelados, consultamos al respecto con un vigilante embutido en un impermeable transparente, quien nos tranquilizó diciéndonos que las casetas se abrían a las seis en punto. En efecto. La de Calambur fue de las primeras. Apareció Javier Orrico, director del Premio "Los Odres", paseando plácidamente con su mujer, Teresa, y con su hija; aparecieron Fernando Sáenz y Emilio Torné, los directores de la editorial, serenos y muy cordiales; y poco a poco el inmenso recinto de la feria, rociado por la lluvia, fue salpicado también por pequeños grupos de visitantes que tímidamente pasaban frente a las casetas al tiempo que éstas abrían somnolientamente sus párpados.

El acto de presentación de nuestros libros comenzó a las 18:30 en el cálido Pabellón Carmen Martín Gaite, exquisitamente decorado con verdaderas obras de poesía visual. Habló Emilio Torné. Habló Javier Orrico. Torné me presentó. Balbuceé cuatro palabras y leí dos poemas, Losas sueltas y Libélula dorada; el primero lo ilustró musicalmente, con sensibilidad y discreción, Xino Carrasco; el segundo lo ilustré yo mismo con el sanza. Aplausos. Acto seguido presenté yo mismo a Alexis y le pasé el testigo. Leyó al azar siete u ocho magníficos poemas de su libro, acompañado también por la guitarra sutil de Xino. Al finalizar, Emilio y Javier le pidieron , cómo no, que repentizara algo. "¿Sin un triste trago de ron que llevarse a la boca? Bueno, probaremos con agua".

Y de pronto el pabellón ardió con la llama portentosa e integradora del corazón del gran maestro. Xino y yo acompañamos, con guitarra y percusión, aquel mágico torrente surgido del misterio más recóndito, el don arcano de un poeta excepcional. Emilio y Javier se echaban las manos a la cabeza.

Aplausos, sonrisas, más sonrisas y aplausos... Las nueve o diez personas que asitieron al acto desde su comienzo se habían multiplicado por dos cuando finalizó.

(Continuará)

miércoles, 4 de junio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (1)

Cartel de Isidro Ferrer


MI PASO POR LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

CRÓNICA Y LARGA ESTELA DE UN VIAJE FUGAZ

AL CORAZÓN DE LA ESPAÑA LITERARIA



I


Visto y no visto. Misión cumplida.

Si uno, como hombre, se siente ya pequeño e insignificante, cuando no invisible, en una ciudad como Murcia (no aspiro a nada más; yo no provoco el mundo: el mundo me provoca), imaginadme además como poeta y como músico en la Feria del Libro de Madrid...

En un mensaje reciente, citando oportunamente uno de mis un1versos, mi amigo Miguel Ángel García "Monda", guitarrista, me decía, : "Si a los libros se va como a los bosques, ir a la Feria del Libro de Madrid debe ser algo así como ir a la selva del Amazonas."

Hace casi treinta años, haciendo la mili, escribí: "En Madrid hay más de todo. Estamos repetidos. Todo está repetido (unas mil veces) en Madrid".

Pues bien: las cosas, raras veces son lo que parecen; y mucho menos lo que uno espera; debemos aguardarlas, e incluso desearlas, también como posibles pérdidas, como merma añadida que nos hará infinitamente más prósperos y felices, más livianos, también más insumisos. “Todo es menos”, dejó dicho Juan Ramón. Porque “menos es más”, less is more, según la máxima del minimalismo creada por el crítico de arte Robert Wollheim y popularizada por el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe.

Escribiendo sobre esto no pretendo alardear de lo que soy, porque no lo soy; ni siquiera modesto, ni siquiera prudente. Me limito a vivir (¡qué verbo tan bonito!). Y el sólo hecho de viajar de nuevo a Madrid para asistir a su Feria del Libro ha sido para mí una vivencia insólita y una aventura imprevisible de principio a fin.

Os cuento...



Tomé el Talgo Cartagena-Madrid, que llegó con algo más de diez minutos de retraso, a las 9:55 del pasado viernes día 30 en la Estación del Carmen. Durante el trayecto releí, arrebatado, Fiesta de disfraces, el fascinante último libro de Alexis Díaz-Pimienta, ganador, como sabéis, del I Premio Internacional de Poesía "Los Odres", e intenté también dormir un poco, pues la semana había sido francamente dura a causa de una extraña gripe que me tuvo zombi varios días. Pero estaba feliz y me sentía con fuerzas suficientes para afrontar la travesía.

Llegué a la Estación de Atocha alrededor de las 14:00 horas y llamé por teléfono a mi ángel de la guarda en Madrid, el guitarrista y violinista Juan Pablo Muñoz Zielinski, gracias a cuyas certeras indicaciones pude ir caminando hasta el hotel, que estaba verdaderamente cerca. De poco me sirvió mirar antes en un plano los escasos recorridos que habría de hacer, pero acerté en los tiempos y en las previsiones y me dió gusto comprobarlo, cansado como realmente iba. Eso me hizo más feliz todavía.

Me instalé en el hotel y llamé a Alexis. "¡Hola, poeta, me ha recogido un amigo del aeropuerto y estoy en su casa tomando unas cervezas! ¡A las tres nos vemos en la puerta del hotel!", me dijo. "Tantearé la zona mientras tanto para ver dónde podemos comer", le dije yo. Estaba realmente hambriento.

Bajé a la calle y vi que justo enfrente había una cafetería-restaurante que, con respecto al escalafón de nuestro hotel, no recibiría por parte de la Guía Michelín ni una punta de una de sus cuatro estrellas. Pero allí que me fui (precisamente por eso). Lo regentaba un venezolano y ninguno de sus trabajadores era español. Pedí una caña y me pusieron una caña y dos bacaladillas recién hechas. Lo agradecí con el alma y el estómago. Vi a unos clientes devorando un pollo al horno con patatas que tenía una pinta excelente y decidí que aquel era un buen lugar para comer.

Miré la carta: 8 € el menú.

(Continuará)




miércoles, 28 de mayo de 2008

Tercera reseña



Hola de nuevo, amigos. Aprovecho el logotipo que identifica a la editorial Calambur para simbolizar el conmovido estado de mi corazón tras recibir el espléndido comentario que, a título personal, me ha enviado por correo mi amigo Francisco Martínez Cuadrado y que ahora yo, después de pedirle su permiso explícito, hago público tremendamente estremecido, convirtiéndolo con orgullo en la tercera reseña que mi humilde heredad se ha granjeado. Confieso que no estoy acostumbrado a tantos elogios y parabienes por mi labor poética, y quiero dar las gracias a Francisco y a todos quienes hasta ahora me han manifestado en público o en privado sus generosas felicitaciones y han ocupado parte de su tiempo en celebrar o difundir este libro, del que cada día me siento más satisfecho. Con palabras como las que a continuación voy a transcribir, no podía ser de otra forma.

Pero antes, permitidme aportaros algunos datos que os acerquen un poco más a quien ha tenido la amabilidad y la deferencia de escribirlas.

Francisco Martínez Cuadrado nació en Murcia en 1954. Es Doctor en Filología Románica por la Universidad de Granada y Catedrático de Lengua y Literatura del Instituto "Fernando de Herrera" de Sevilla. Ha publicado varios trabajos de historia y crítica literaria sobre Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, literatura de emblemas y poetas contemporáneos. Es autor de diversos manuales de Lengua y Literatura, así como de la monografía El Brocense: semblanza de un humanista, y coordinador, en Sevilla, de una tertulia literaria de la que han salido nada menos que tres premios Adonais: José Antonio Gómez Coronado, Javier Vela y Carlos Vaquerizo.


* * *


Sebastián Mondéjar:
La herencia invisible. Calambur. Madrid, 2008.

COSAS QUE MÁS ME HAN GUSTADO

Por Francisco Martínez Cuadrado


LO QUE DICES

- Los poemas que celebran la existencia y defienden un ideal de vida sencilla: el mar, las calles nocturnas, la familia, la buena música, la naturaleza modesta de unas macetas...
- Toda la sección segunda, que además me ha evocado los veranos de La Torre.
- La defensa del Malecón y la denuncia de su expolio. (Cuando voy a Murcia suelo pasear por allí y no sé qué me entristece más, si descubrir algún nuevo solar donde hubo un huerto o la incuria e indiferencia de nuestros paisanos ante la destrucción de su paisaje secular).
- La presencia de la luz en tus poemas y los distintos matices y significados que adquiere y que da a tus versos.
- Las reflexiones sobre el tiempo, el sentido de la vida, el valor de la “herencia” que da título al poemario.
- Y las adelfas.

CÓMO LO DICES

- La cadencia maravillosa de tus heptasílabos y endecasílabos.
- El uso moderado de los recursos retóricos, lo que les da más valor.
- Y en este sentido, la presencia de no muchos pero sí muy eficaces símbolos: la llama, el manantial, las estrellas, la libélula y, el que más me ha gustado, las losas sueltas.
- La selección de las palabras, buscando la justeza y la sencillez más que el hueco ornamento.
- Y una y mil veces: la elegancia, la falta de estridencia, el curso sereno de la lengua y el pensamiento.

MIS POEMAS FAVORITOS

Libertad accidental
Asombro de vivir
Detención
Losas sueltas
Regreso
Libélula dorada
Exhalación
Flores silvestres
Impromptu desde mi balcón
Llama
Nuestra herencia
Salvedad

Y ALGUNOS VERSOS PARA TODA LA VIDA

Porque eres, vida, efímera;
y yo sigo el camino de mis sueños
(procurando sortear las losas sueltas).


Volver, vivir, amar, ¿qué más quiere la vida?


Memoria del olvido
en la pita que calla, en el sauce que sueña
y en el jazmín osado que sortea las sombras.


Si hay un dios para el mundo
ese dios es el mar.


Libélula dorada,
libélula dorada de la vida...
En mi jardín todo se queda quieto,
mirándose, mirándonos vivir.


Te confío mi sueño,
el hombre que no soy.


No somos herederos,
somos la herencia misma.


* * *

Muchísimas gracias, Paco, por lo que dices, por cómo lo dices, con todo mi corazón atravesado...




viernes, 23 de mayo de 2008

Segunda reseña



Estoy emocionado. Francisco Javier Díez de Revenga, Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Murcia, ha publicado hoy esta preciosa reseña sobre mi libro en el Diario La Opinión. Pinchad sobre el documento para leerla.

jueves, 22 de mayo de 2008

Primera reseña

Hola, amigos. Santiago Delgado firma la primera reseña a La herencia invisible: "un libro que sabe a naturaleza, pero con la almendra de lo humano en su interior". Podéis leerla íntegramente en http://blogs.murcia.es/santdo/2008/05/17/la-herencia-invisible/.

Aprovecho para deciros que el próximo día 30 estaré, junto a Alexis Díaz-Pimienta, ganador del I Premio de Poesía Los Odres, en la Feria del Libro de Madrid presentando nuestros respectivos libros (18:00 horas) y, posteriormente, firmando ejemplares en la caseta de Calambur Editorial (de 19:30 a 21:30). Así que, si os acercáis por allí, no dudéis en pasar a saludarnos.

martes, 29 de abril de 2008

Félix Amador Gálvez, mago de las palabras


“Respiré hondo y me recosté en el sillón, preguntándome con placer qué había
mejor en la vida que unas palabras bien colocadas unas detrás de las otras.”

León Matosas, protagonista de Las palabras mágicas


La verdad es que tenía ya ganas de hablaros de Félix Amador Gálvez, pero nunca sospeché que lo haría por primera vez en este blog. Félix y yo nos encontramos hace unos cuantos meses navegando por los vastos caminos aéreos de la blogosfera, aunque aún no nos conocemos personalmente. En realidad fue él quien me encontró a mí, sin duda guiado por los vientos de su instinto, su pródigo afán de búsqueda, su pasión y su curiosidad ilimitada por todo lo que acontece en los derroteros del jazz. Un buen día topó con mi blog Sopa de hielo y me dejó un escueto comentario en mi entrada Prisca Dávila, frescura criolla. Supe así que capitaneaba un interesante y ameno blog con un sonoro y sugestivo título: Jazz, ese ruido. A raíz de aquel encuentro comencé a conocerlo a través de sus precisos y sensatos escritos sobre jazz, cuajados siempre de entusiasmo y generosidad, y desde entonces hemos venido manteniendo puntualmente una comunicación franca y fluida que ha ido poco a poco creciendo y cimentándose con naturalidad y confianza. Enseguida supe que realizaba también una íntima e intensa actividad como escritor, reconocida con no pocos galardones literarios y palpable en su exitoso blog Diario de un feo recién divorciado, lo que dio pie a que iniciáramos igualmente un estimulante intercambio de nuestras respectivas producciones literarias.

De este modo ha llegado hasta mis manos la excelente obra que hoy quiero encarecidamente recomendar aquí; una novela que no debería faltar en las estanterías de todos aquellos lectores que se precien de serlo o que, lisa y llanamente, necesiten vivir, viajar y disfrutar a través de las palabras. Desde las propias páginas de Las palabras mágicas (Lulú.com, 2007) se nos insiste en esta idea. En el capítulo titulado “El gran torbellino del mundo”, por ejemplo, Félix Amador Gálvez nos desgrana de forma impecable su propia concepción sobre el oficio de leer por boca del protagonista, el escritor y librero León Matosas, hallándose éste en el difícil trance de someterse a una rueda de prensa como autor inesperadamente encumbrado a las turbias cimas de la fama: “Una historia es diferente según quien la lee. Cada lector vive la historia y la siente, cada uno a su manera, según sus recuerdos y su capacidad para imaginar, según su estado de ánimo y su hambre de palabras, según su edad y su experiencia lectora, porque nada ni nadie debería interferirse entre la palabra y el corazón, y menos aún un crítico, y cuando digo crítico no me refiero a una autoridad en Cervantes o a un estudioso de Calderón... [...]. El lector debe nacer cada vez que abre un libro. Mire. Podemos dividir a la gente en dos grupos: los que disfrutan los libros y los que hacen de ellos objeto de estudio... [...]. Para unos, la literatura es una forma de vida interior, un pasadizo a otras vidas; para otros es un modo de ganarse el pan, respetable como todos los oficios, pero abominable desde el punto de vista ético, porque desvirtúa el fin para el que fue creado el libro, que no es otro que la sorpresa, el gozo, el sentimiento, nunca el crudo análisis. [...]. Tan sólo digo que no debemos vivir de los libros, sino leer como si viviéramos y vivir la vida como una aventura, vivir como si estuviéramos leyendo, entrar en los libros buscando en ellos lo que fuera no existe y salir a la calle buscando las metáforas que explican la vida.”

Eso, esencialmente, es Las palabras mágicas: una sensacional y apasionante aventura literaria, una novela impecablemente escrita y una fábula repleta no sólo de metáforas, sino también de numerosas referencias literarias y cinematográficas que dicen mucho acerca y en beneficio de su autor, un escritor a todas luces virtuoso y verdadero, un mago de las palabras. No en vano, al final del libro, en el apartado de “Notas y agradecimientos”, Félix nos confiesa “haber dedicado más tiempo de mi vida a leer que a cualquier otra actividad” y haber querido hacer “una novela como una canción, que hablara de amor y tuviera una letra pegadiza, una novela cuya banda sonora se pudiese oír en la soledad del ejercicio lector...”.

La sinopsis de esta novela, cuya acción transcurre en Madrid y en Huelva, aparece escuetamente resumida en su contraportada: "Una actriz española aupada al estrellato de Hollywood, un libro y un joven escritor con un don mágico: todo lo que escribe se hace realidad".

Félix Amador Gálvez nació en Moguer en 1965 y se define a sí mismo como “pintor, lector compulsivo y escritor por contagio”. Las palabras mágicas es su ópera prima de larga duración, aunque también ha dado a la luz numerosos cuentos y narraciones breves de índole muy diversa, e incluso algún que otro poema que salvó in extremis de la papelera. Recientemente ha publicado, también en Lulú.com, Diario de un feo recién divorciado, esto es, la transcripción de las entradas editadas en 2007 en su blog bajo el mismo nombre; un blog que sigue creciendo día tras día y que ha sido ya visitado por miles de personas de todos los continentes.

Evidentemente, yo no soy en absoluto un crítico, ni pretendo serlo. Tanto en asuntos literarios como musicales procuro siempre hablar tan sólo de lo que me gusta o de aquello que verdaderamente me alimenta. Y hacía tiempo que no leía de un tirón una historia tan cabal como Las palabras mágicas, en donde se dan cita la novela clásica y la novela negra, la novela de enredo y la novela de aventuras, el suspense y la magia, el humor y el romanticismo, hasta desembocar en un final vertiginoso y tremendamente inverosímil que ya quisieran para sí las películas de James Bond, pongo por caso. Sin olvidar que, en el fondo, y de nuevo cito textualmente una de las frases que figuran en la contraportada, se trata de “una ácida visión de la literatura en la era de los medios de comunicación, donde sobrevive la poesía por encima del dinero”.

Esperemos que un buen día un editor sensible y lúcido descubra que en Moguer, Huelva, cuna de uno de los más grandes poetas de la literatura universal, vive un escritor de raza que ama y respeta las palabras y sabe extraer de ellas, sin trucos ni alharacas, toda la magia y la frescura que comportan.



* * *

Anexo: otras citas dispersas de Las palabras mágicas


“Quería escribir mi historia de amor, por entonces inexistente, y quería hacerlo con la pasión de los clásicos y el descaro de los héroes.”

“Los fantásticos hechos que aquí se van a relatar trascienden esa frontera que separa el sueño y la consciencia, esa delgada línea donde se modelan las ilusiones, convirtiéndome a mí, su involuntario protagonista, en una bestia absurda, en un monstruo hijo de la imaginación de algún loco escritor gótico.”

“La Plaza de la Lealtad, con su habitual y apresurada tranquilidad y ese mudo cosmopolitismo de quien ha visto pasar los siglos sin inmutarse, arremolinaba serenamente los aires procedentes del Paseo del Prado.”

“Los editores tienen poder, es evidente, porque ellos levantan el pulgar que decide quién publica y quién no. Sólo ellos saben los libros que nos estamos perdiendo, pero el poder, el poder real, es un regalo que Dios puso en nuestra mente, es la facultad de vivir como propias las historias ajenas.”

“Comencé a escribir sin pensar ni aparentar, de la única manera que sé, esto es, narrando.”

“Tomé una hoja y me rasqué la frente. Era una especie de contraseña para empezar a escribir, como pulsar el interruptor de mi musa personal. Las ideas comenzaron a surgir.”

“La belleza sí existe, la poesía sí se materializa, los sueños se cumplen.”

“Tomé la taza de chocolate con ambas manos, dejando que el calor recorriese mi cuerpo como una medicina antigua.”

“Como bocadillos y apenas salgo de casa más que para comprar el pan de vez en cuando, soy un pobre anacoreta que se alimenta de libros, un aventurero imaginario al que todas las vicisitudes de los últimos días o semanas están sobrepasando.”


* * *