jueves, 18 de junio de 2020

'Hasta que nada quede' (Poesía reunida 1978-2019) Vol. I - Obra publicada [Chamán Ediciones, Albacete, 2019], de José Antonio Martínez Muñoz




LO QUE QUEDA DE TODO 


Una vez retomado este camino, no puedo dejar pasar por más tiempo la ocasión de hablar de otro de los libros que más me han acompañado durante estos últimos meses: Hasta que nada quede (Poesía reunida 1978-2019) Vol. I - Obra publicada, del poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz.

Sólo hay que sostener este libro de libros entre las manos y hojearlo unos instantes para imaginar el reto y el esfuerzo que ha debido suponer para el poeta y los editores conseguir sacarlo a flote, sobre todo por la abundancia, el tratamiento y la inusual disposición de determinados signos gráficos y espacios intercalados, que forman, tanto como las palabras, parte esencial de la escritura de José Antonio.

Libro de libros, sí; todo lo publicado hasta el momento por el poeta (nec aliquid retinendum, moanin' (some blues), nocturno para saxo, silva de alba maleva, uno, la lluvia en el cristal, nada, nadie y el viento de la Gehena) más dos libros inéditos (fragmenta y oscurana). En un principio eché de menos médanos (Emboscall Editorial, Vic, Barcelona, 2001), una pequeña joya minimalista que formó parte de la colección Ciclos, dirigida por Carlos Vitale; pero enseguida deduje que, al tratarse de una edición no venal, la veremos incluida entre el material inédito del segundo volumen de Hasta que nada quede.

Yo, como es natural por la vieja amistad que nos une, excepto los inéditos fragmenta y oscurana, he venido conociéndolos todos ellos a lo largo de los años conforme fueron naciendo en editoriales muy diversas, y hoy ocupan un lugar preferente en mis estanterías. Pero, la verdad, poder tenerlos ahora todos en la mano formando un mazo indivisible; poder acceder a toda su obra publicada, revisada y ordenada de una sola vez, me produce un gustazo infinito.

El poeta León Molina en su prólogo impagable (nadie podría haber escrito una semblanza más profunda y cabalmente ajustada al poeta y a su obra, al hombre y al amigo) y, posteriormente, magníficos poetas como Carlos Alcorta y Pilar Blanco, entre otros, han dado ya buena cuenta del body & soul de este voluminoso primer volumen; de los territorios surcados en cada uno de los libros que lo conforman; de los escritores y poetas que más le han marcado y acompañado en su camino; de “los equilibrios de intertextualidad”, por tanto (León dixit), que lo pueblan; de la presencia constante de la música, el amor, el desamor, la soledad, la nada, la desposesión, el silencio, la muerte... Yo, aunque también se ha nombrado (y siempre que hablamos con o de José Antonio la tenemos presente), quiero incidir en una de sus principales señas de identidad: su humor sempiterno, lúcido y proverbial; su inagotable ingenio repentista aflorando siempre al quite del peso de todo lo anterior, unas veces de modo más festivo y socarrón, otras más descreído y amargo; pero nunca dañino, siempre sutil, irónico y oportuno. Y confieso ahora que, gustándome y admirando todo lo que ha publicado, siento una predilección especial, casi juvenil, por moanin' (some blues); y no sólo por el tema y por la forma: sin duda influye el hecho de que, hace veinte años, compuse e interpreté en directo, acompañándome de un pequeño shaker y una armónica, un blues para el poema so long, so lone blues con motivo de la presentación de médanos en el café-bar El Albero:

(aúlla el viento) qué largo este camino
mis pies ya no entienden a mi cabeza
tanto tiempo (vuelan papeles a mi lado)
tan largo (mi sombra se aleja)

la noche ha sido larga y fría
el saxo ronca como un gato enfermo
un blues tras otro y otro todavía
al alba sale un tren al infierno

También porque Moanin' es el título de una composición del pianista Bobby Timmons que dio nombre a un mítico álbum del baterista Art Blakey y sus Jazz Messengers en 1959 y, a su vez, el de uno de mis temas predilectos de Charles Mingus, incluido en su álbum Blues and Roots y compuesto más o menos por aquellas mismas fechas. Aconsejo encarecidamente la escucha de ambos como complemento de la lectura de los nueve blues que componen este conjunto, publicado en su día como una plaquette monográfica de la revista Octubre, dirigida por Jesús Bellón.

Y, como escribo desde mi camino y me siento cómodo hablando del amigo,  voy a permitirme compartir unos pocos recuerdos íntimos.

José Antonio y yo nos conocimos, Rimbaud mediante, a principios del verano de 1974 en Lo Pagán, concretamente en el balneario Villa Teresa de la playa de Villananitos. Él tenía aún catorce años y yo dieciocho, aunque más bien parecía lo contrario (doy fe de que a esa edad era ya el hombrepalabradivulgador con perspectiva histórica al que se refiere León Molina en su semblanza). La empatía mutua prendió desde el primer momento y nos hicimos colegas inseparables (“socios”) durante dos largos veranos. Aprendí mucho con él, con millones de risas de por medio. Me descubrió el mojito cubano, meticulosamente preparado por él mismo, ya en nuestra primera noche de plática en el patio de su casa, mientras su familia dormía. Una de sus aficiones, tan importante como la música y la literatura, era la aeronáutica. Se gastaba un pastón en maquetería y pinturas para construir y coleccionar todo tipo de aviones, y cada vez que un avión atravesaba el espacio aéreo de Lo Pagán, José Antonio nombraba en voz alta el modelo y el año de fabricación. Conocía los aviones incluso sin mirarlos, por el sonido de sus motores, como un can reconoce los ruidos del coche de su dueño. Tuve el privilegio, también he de decirlo, de ser uno de los primeros en leer sus primeras incursiones en la poesía, esos poemas que muy probablemente ya ni existan o difícilmente vayan a ser publicados alguna vez.

Todo esto ocurría, como digo, en Lo Pagán. El resto del año, en Murcia, él tenía su círculo de amigos y yo el mío, aunque con el tiempo también fueron entrelazándose. Pocos años después, José Antonio marchó a Madrid a estudiar periodismo, hospedándose en un colegio mayor conocido popularmente, según me rectifica ahora él mismo porque en mi memoria estaba convencido de que se trataba del San Juan Evangelista, y así lo tenía escrito, como El Negro por el color de su fachada (lo que no deja de ser curioso y oportuno, teniendo en cuenta que era el colegio vecino al templo del jazz mundial), a donde fui a visitarlo alguna vez. Entre medias, hice la mili, también en Madrid. Pero esa es otra novela.

He sido, pues, testigo en primera línea de su evolución como poeta y de los sucesivos cambios de registro que, sin dejar de ser nunca él mismo, ha venido incorporando en cada uno de sus alumbramientos. La obra de José Antonio es un multiorganismo formado por embriones en permanente estado de gastrulación, por el que cada capa crea y absorbe otras capas hacia dentro que lo ensanchan también hacia fuera. He sido, igualmente, testigo de sus metamorfosis físicas: ora con barba, ora sin barba, más o menos hippie, más o menos rockero, más delgado, más obeso, con melena, con perilla, con tupé... Todos sus looks los ha ido incorporando y digiriendo con absoluta naturalidad y siguen presentes en él; y, cómo no, están implícitos en su obra; una obra poliédrica, multiforme y, ya desde sus inicios, plenamente diferenciada de las del resto de poetas murcianos de todas las generaciones.

Porque José Antonio constituye un verso concienzudamente suelto (libre), y no sólo en nuestra región. Fiel siempre a su instinto, inmerso en su soledad acompañante y envuelto en el humo de sus Habanos, José Antonio se ha hecho a sí mismo y, a su vez, nos ha ayudado a hacernos a nosotros. Una vez ante él, nadie se va de rositas. Es un referente, una autoridad y un auténtico chamán en nuestra tribu. Basta oírlo recitar, presentar un libro, entrevistar a un autor o hablar de cualquier cosa para advertir, lo conozcamos o no, una voz (una música) sin parangón posible; una voz que escucha (porque se escucha a sí misma), interpreta y hace propias las voces que le llegan (que le tocan), no para apropiarse de ellas, valga la paradoja, sino para incorporarlas a la suya, rendirles su tributo y compartir su gratitud. Es un voraz lector (receptor) y un veraz intérprete (transmisor) de cuanto le rodea; su obra es, por ello, un coro de voces clásicas (algunas ya casi perdidas) y contemporáneas (algunas ya casi ignoradas), en el que caben muchas músicas y lenguas. Y aunque a veces se desmarca abiertamente de determinadas escolásticas y corrientes más mediática y editorialmente impulsadas, las conoce al dedillo y las respeta.

Sólo un par de apuntes más, para terminar de perfilar ya no al amigo, sino al poeta.

Por un lado, abundar un poco en un aspecto de su obra del que, creo, aún no se ha hablado mucho: su querencia al teatro, género al que José Antonio nunca ha dejado de hacer guiños (y al que, por otra parte, la poesía universal siempre ha estado ligada); desde el teatro clásico (Aristófanes, Eurípides, Sófocles, Esquilo), pasando por Shakespeare y nuestro Siglo de Oro, hasta el teatro de vanguardia (Alfred Jarry, Artaud, Ionesco, Beckett). Incluso alguna vez hemos trabajado o colaborado juntos en ese ámbito. Baste mencionar su adaptación de El Cíclope de Eurípides para la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia en 1988, en la que participé como actor y como músico y que tuvo un excelente eco en la crítica regional y nacional. Fue dirigida por Vicente Cifuentes y su estreno en el Teatro Romea, en octubre de aquel año, fue un auténtico bombazo.

Sí, el espíritu del teatro está también muy presente en la obra poética de José Antonio. Unas veces, de modo más o menos velado; otras, a degüello, ateniéndose a todos los cánones, como en su poema escénico dramatis personae, incluido en oscurana (una pequeña maravilla más entre las muchas de este libro).

Por otro lado, quería redundar brevemente en su labor, más allá de los veinte años conduciendo su programa radiofónico Las personas del verbo, como divulgador, catalizador, dinamizador de todo lo que se cuece dentro y fuera de nuestras fronteras; en su inquebrantable compromiso como activista cultural. Ha organizado incontables ciclos y recitales, ha presentado mil actos literarios y ha sido invitado a otros mil; y, en los mil que no, ha hecho acto de presencia la mayoría de las veces. Todos hemos pasado por sus manos, su micrófono y su voz, que a su vez han sido el puente por el que hemos accedido a otros muchos poetas y narradores.

No, no concibo, no quiero ni imaginar, en el ámbito cultural y literario de la época que me ha tocado vivir, una Murcia sin José Antonio. He tenido la suerte de ser su “socio" y su hermano, de momento, durante los últimos cuarenta y seis años. Y sin altibajos. Pero, dejando a un lado nuestra amistad, he de decir que, de no haber ésta existido o de haber sido distinta, mi opinión como lector sobre el poeta y su obra sería exactamente la misma.

Vaya, pues, mi enhorabuena y mi gratitud a todos los que han hecho, están haciendo posible Hasta que nada quede. Para mí es una de las empresas literarias y editoriales más importantes de los últimos años, no sólo en nuestra región (donde por múltiples y bien fundadas razones lo es sobremanera), sino en toda la geografía nacional.

Comparto, para finalizar, una instantánea de la presentación de su primer volumen, el 17 de octubre de 2019 en la Librería Colette Letras y Tragos de Murcia, en la que José Antonio lee y León Molina escucha:


¡Y aún nos queda un segundo volumen...! ¡Casi nada, socio!


* * *



martes, 9 de junio de 2020

'Mandolina y jaula ante un espejo', de Francisco Deco e Ildefonso Rodríguez [Animal Sospechoso, Barcelona, 2019]


SUR REAL VERSUS NORTE TENOR

Versus, sí, pero no en su acepción moderna de "contra", sino en su sentido latino original: "hacia". El vers francés. El verso italiano.

Versus, también, de "verso", "surco", "hilera".

Y, sobre el mapa, la línea perpendicular que, paralela a Portugal, une León con Sevilla (y viceversa); esa línea recta representa lo que en verdad supone Mandolina y jaula ante un espejo: un caudaloso cauce poético entre dos poetas amigos.

Francisco Deco (Sevilla, 1962) es poeta, traductor y profesor universitario. Ildefonso Rodríguez (León, 1952) une a su condición de poeta la de músico (es saxofonista y cuenta con un gran bagaje en el mundo del free jazz y la música improvisada). Ambos han publicado una obra extensa y a ambos les une el interés por las vanguardias poéticas.

De hecho, Mandolina y jaula ante un espejo nace de la relectura del renga que en 1969 llevaron a cabo Paz, Roubaud, Sanguinetti y Tomlinson en un hotel de París.

El resultado es una serie de 100 poemas breves combinados aleatoriamente y presentados de dos en dos, uno frente a otro; o, mejor, uno hacia otro, es decir: dispuestos, en su libertad, a mezclarse. Porque, como dice en el prólogo el poeta Jean-Yves Bériou, "a medida que se avanza en la lectura, se otorga cada vez menos importancia a lo individual (...); son las cercanías, los ecos, las oposiciones y las paradojas los fenómenos que retienen nuestra atención, y lo que nos turba es, de hecho, la sensación (...) de encontrarnos frente a un único autor, proteiforme, que mezcla los 'estados de conciencia' más diversos".

Un libro inaudito, valiente, inclasificable, generosa y verdaderamente compartido, en el que cada poeta da rienda suelta a sus querencias y habilidades improvisatorias desde sus propios registros y emociones.

"Un libro que se compone en el momento de su lectura", como bien afirma su editor, Juan Pablo Roa, en este reciente vídeo promocional (en el que también comparte dos de los dípticos que lo integran):



En base precisamente a esa aleatoriedad (esa "cinta de Moebius" a la que se refiere Bériou, "en la que nunca habría un final"), el lector es libre de establecer su particular orden o desorden de lectura, e incluso de imaginar sus propios dípticos y correspondencias. Ya en mi primera lectura, a mí se me revelaron varios. Este, por ejemplo, de Francisco Deco en la página 22:

Plástico y sombra

espectáculo extraño
desvaído humedísimo

retuerce un pájaro de tinta
sin importancia sílaba
en suelo de ajedrez

napalm nuevo
                          oratorio

con este otro de Ildefonso Rodríguez en la página 28:

Función de noche en el limbo:
la mujer matemática se deshace entre los dedos
la puerta de merengue no tiene cerrojos
están haciendo catas celestiales: negro de tinta china
suena un aparato de radio con descargas

Y no desvelo más. Sólo añadir, en fin, que es muy de agradecer esta singular iniciativa poética y editorial, que nació en 2016 pero que salió a la luz sólo unas semanas antes del confinamiento (aunque llegó a presentarse oficialmente a mediados de febrero en Barcelona y Santa Coloma de Gramenet).

Sur Real. Norte Tenor. Juegos de palabras. Mandolina y jaula. Amistad y espejo.



miércoles, 11 de octubre de 2017

Palabras de Francisco Martínez Cuadrado en la presentación de 'La piel profunda'


[Nunca le agradeceré lo suficiente a Francisco Martínez Cuadrado las palabras que nos dedicó a mi libro y a mí el pasado día 5 en el Museo Ramón Gaya. Aquí las dejo para que quienes las escuchasteis de su propia voz podáis leerlas ahora en soledad y en silencio, pero también para que participéis de ellas quienes no pudisteis venir a la presentación. Sólo diré que a mí me emocionaron hasta el desbordamiento. Juzgad por vosotros mismos.]

* * *


Presentación del libro
LA PIEL PROFUNDA, de SEBASTIÁN MONDÉJAR 
Museo Ramón Gaya, Murcia, 5 de octubre de 2017

FRANCISCO MARTÍNEZ CUADRADO


Tengo el gusto de presentar en este museo Gaya, que merecería mejor trato del que se le viene dando en estos tiempos, La piel profunda, libro de poemas de Sebastián Mondéjar, el quinto que ve la luz. Poeta, músico, pintor… Sebastián es un artista integral, pero, sobre todo, es un artista íntegro que se acerca a la creación desde la más absoluta honestidad. De las muchas definiciones que se han dado de la poesía, la que mejor se aviene con la de Sebas es la que formuló Antonio Machado: “Unas pocas palabras verdaderas”. Es esa verdad poética y vital la que se impone en sus versos, una poesía donde no falta, desde luego el oficio, pero donde se destierra el artificio, poesía que transmite una impresión de sencillez, que no es facilidad, sino naturalidad, observación humilde de la vida y discurrir sereno de la inspiración. Poesía también comprometida, vehículo estético de una ética vital, porque como dice en uno de sus versos “Lo bello está al servicio de lo honesto” (“Víctor Hugo en Jersey”).

La piel profunda nos ofrece un repertorio de temas, debajo del cual subyace una profunda unidad que pretendo poner en evidencia en esta presentación. Por un lado, tenemos poemas que nos hablan del mundo personal del poeta: de sus hijos, de su ciudad, de su hermano. Los poemas dedicados al barrio de San Antón, a sus calles de la infancia son lo más alejado de ese manido localismo que en vano se buscará en los versos de Sebastián. Porque el poeta no solo se refugia en los recuerdos del pasado, en los olores de la infancia (“el azahar de otros tiempos”), en la huerta perdida, sino que tiende su mirada a la cotidianidad, a los “Transeúntes” anónimos, a los coches y los bajos comerciales, incluso a esos chinos que tienen tienda en su calle y en los que acierta a comprender, a pesar de la barrera lingüística, sus emociones y sentimientos, no diferentes de los nuestros (“Pequeña China”).

Los poemas dedicados a sus hijos, así como los que nos hablan de la enfermedad y muerte de su hermano están dotados de una fuerte carga emocional, aunque, o precisamente por eso, el poeta nunca se abandona al exhibicionismo sentimental.  “20 de marzo” es, ante todo, un canto a la bondad humana, al secreto de la filantropía que anidaba en su hermano Jesús, y por eso mismo su emoción es más honda y más sincera. Poesía de consuelo y de esperanza; no de pérdida sino de despedida amorosa.


* * *

Pero Sebastián no es solo, como cabe esperar de un lírico, un poeta del yo, sino, ante todo un poeta del nosotros. Creo que este es su principal valor y su más importante aportación al mundo de la poesía. Tenemos, por un lado, un considerable número de poemas dedicados a los amigos y colegas, a la “tribu”, como él la llama. Compañeros de fatigas musicales en los conciertos o en animadas charlas junto a una hoguera (“Músicos”, “Sol sostenido”, “La tribu”, “Ahínco”). La dedicatoria del libro es clara: “A mi hermandad de amigos, músicos y poetas”. Amigos entre los que el poeta se deja llevar, creándose y creyéndose en ellos (“Amigos”).

Sin embargo, cuando defino a Sebastián como poeta del nosotros no me refiero solo a estos poemas de la amistad. “Me escribo en los demás” (“Dos apuntes para María Teresa”), proclama y, en efecto, nosotros somos todos los lectores, concernidos en una poesía que nos apela continuamente, que nos trata como semejantes y como hermanos (tal como Baudelaire se dirigía a su lector: “mon semblabe, mon frère”), mientras que nos obliga a afrontar las responsabilidades de nuestra vida. En efecto, hay en el libro una defensa de la vida que se transforma en necesidad, en exigencia. Todos tenemos la obligación de apurar esa vida que como inesperado don hemos recibido. Y vivir la vida es hacerlo en armonía con los seres que nos rodean, seres de los que en realidad formamos parte: la piedra, la flor, el cielo, la nube, el mar, especialmente presente en el libro, un mar concreto, reconocible en sus lebeches y sus gaviotas. Hay un poema titulado precisamente "Concordia", hermosa palabra derivada de cum- con-, ‘unidos, juntamente’, y cor, cordis, ‘corazón’: la concordia es la fusión de los corazones en uno solo, como cuando describiendo una gaviota, escribe: “Siento que con sus alas acompasa / el pulso mudo de mi corazón” (“Suspensión”).

El poeta nos llama a fundirnos con el mundo circundante, pues tanto nosotros formamos parte de la naturaleza, cuanto la naturaleza forma parte de nosotros:

¿No sois también mi cuerpo?
¿No sois también mi alma?

le dice a unos “Girasoles”. E insiste en otros poemas:

Todo el cielo en mis ojos.
Todo el mundo en mi oído (“De camino”).

Todo cuanto habitamos nos habita.
Somos huella del paso que hemos dado.

De ahí la necesidad de diluirse en ella:

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas…  (“Parsimonia”).

Fúndeme con el aire y con la luz (“Rezo al sol”).

Otras veces, las propias cosas nos llaman, nos impelen a actuar, a darles la voz que ellas no tienen. Lo vemos en el poema “Víctor Hugo en Jersey”:

Hay horas en las que parece oírse
murmurar a las piedras
contra la lentitud del hombre:
¿A qué esperáis para esforzaros?
Andar, correr, volar, esa es la ley.
Vivir es el deber de todo.

Alcanzamos así a penetrar los hermosos misterios de la vida y de la naturaleza: la luz que nos atraviesa, el silencio del cactus al crecer, la paz solitaria de las playas y de las flores.  Soledad, silencio, paz, los tres dones que pide también para su hijo en el impresionante poema que le dedica (“Versos para mi hijo”).


* * *

El silencio ocupa un lugar primordial en el libro. Parece una paradoja que un poeta y un músico aspiren precisamente al silencio. Para el caso de la música, la paradoja se resuelve ya en la cita inicial de Ramón Gaya:

La música verdadera… no es algo que suena y que sucede en el tiempo… [es] algo que ya existe, sin duda, antes de sonar… en una especie de silencio vivo.

En cuanto a la poesía, el libro proclama el rechazo de la palabrería, de la grandilocuencia tanto retórica como personal:

Un poeta no es una luminaria
ni porta antorcha alguna; es, a lo sumo,
… una ventana
que no estorba a la luz (“El poeta”).

Preferiría el poeta no tener siquiera que escribir, dejarse atravesar simplemente por esa luz:

Ya casi nunca escribo mis poemas.
Los vivo, me atraviesan, me circundan.

E insiste:

No son tan necesarias las palabras…
Todo lo que escribo es un silencio… (“Dos apuntes para María Teresa”).

Y en otro poema todavía aúna silencio, música, poema y vida, cuatro pilares de su poética:

Yo quiero que la vida sea una música,
un abrazo por dentro.
Yo quiero que la vida sea un poema
que se escribe a sí mismo. (“Un lugar para el alma”).

Parece que en este camino hacia una poesía del silencio, el poeta ha decidido hacer estación en el haiku, esa breve composición que concentra en diecisiete sílabas un destello de esa luz que debe ser la poesía. Sebastián llega de un modo natural al haiku a partir de la copla, especialmente de la soleá, que ya había cultivado en su anterior libro Coplas de arena y del que ofrece alguna muestra en el poemario, como “Intromisión”, o “Escala natural”, formado por haikus que poseen la asonancia de la soleá.

Hay una nutrida colección de haikus en el libro, incluso poemas formados por tres o cuatro de ellos utilizados como forma estrófica. Se une también el haiku a una presencia de lo oriental que se desarrolla en una media docena de composiciones que son versiones de antiguos poetas chinos. Como cabe esperar no hay en estos poemas ningún deseo de exotismo ni de erudición poética. El haiku nos descubre una naturaleza al mismo tiempo sencilla y deslumbrante, tan cercana a los poetas japoneses como pudiera estarlo del Canto de las criaturas del santo de Asís, cuyo ideal de sencillez y armonía natural no es muy diferente del que descubrimos en este poemario.  Ocurre también con los dos poemas inspirados en cantos navajos, donde no se busca lo diferente y extravagante, sino precisamente lo que hay en ellos de universal, de anhelo humano de armonía, felicidad y belleza. Lo vemos, por ejemplo, en “El coro”: inspirado en un canto navajo, alberga también dos haikus y algunos endecasílabos, siempre excelentes en la pluma de Mondéjar. La tradición literaria de tres continentes se une en este poema, en un proceso que debe ser lo que los músicos llaman fusión, aunque lo que realmente le importa al poeta no es lo extraño y peregrino, sino lo que me atrevo a llamar el universal humano.

De silencio se forma también esa piel profunda (nueva paradoja, pues asociamos la piel con lo superficial, lo epidérmico), que da título al libro:

Un silencio tras otro.
Una cueva dentro de otra cueva.

Esta piel es su frontera y su reverso, su corazón callado. Es, sobre todo, la conciencia del poeta. La componen capas de pensamiento y de vida, pues si, por una parte, está formado por la introspección y la mirada interior, por otra se teje con los hilos de la vida, tanto la que se descubre en la armonía con la naturaleza, como la que es suma de todas las vivencias cotidianas, de las cosas menudas pero importantes de nuestros días. En este sentido me parece especialmente revelador el poema titulado “Tejido”: el tejido de esa piel profunda es la lluvia y las hojas, pero también los hijos y sus problemas, los ruidos de la calle, hasta la voz de un camarero, porque nada es intrascendente en el mundo que se nos ha dado vivir:

Todo se mezcla, todo se sucede,
todo late en mi piel como una música
que escucho y hago mía en el silencio.

Esta es la esencial unidad del libro a la que me refería al principio de la presentación. Volverá a reunir estas ideas en el poema que cierra el libro “Coda”, donde incluye también esa apelación al lector, al nosotros esencial de su poesía. Pero este poema es tan importante que creo que corresponde leerlo al propio poeta.


* * *

He intentado ofrecer en esta presentación una lectura e interpretación personales del libro de Sebastián Mondéjar. Quedan otros aspectos del poemario por explorar: los temas de la desposesión y la desnudez, de la memoria (en el excelente “Parsimonia”) y, desde luego, de la música, sobre la que he pasado de puntillas en esta presentación, pese a su importancia.

Y, por supuesto, quedan otras lecturas, convergentes o no con la que yo he hecho. Por eso os invito a todos a sumergiros en esta piel profunda, a leer estos versos, que Sebastián nos ofrece —y termino con un verso suyo—  como las flores sus pétalos: “lo más bellos y exactos que se pueda”.


* * *







[Fotografias: Raspabook.]

domingo, 20 de marzo de 2016

20 de marzo




















Quién lo diría... Hoy se cumple un año de la muerte de mi hermano Jesús, tras un duro y largo proceso en el que jamás dejó de darnos una enorme lección de vida, valentía y dignidad. Aquel 20 de marzo, de madrugada, unas horas antes de que nos dejase, escribí este breve poema que hoy comparto por primera vez...

Querido hermano... Siempre fuiste un hombre de pocas palabras. Tu sonrisa y tus ojos lo decían todo. Estés donde estés, sigues vivo e indemne en nuestro recuerdo, libre y alegre en nuestro corazón...



20 DE MARZO

A mi hermano


Es madrugada y llueve.
Por la gasa del cielo
sólo asoma una estrella.

Siento que es tu mirada, tu adiós último.

Nunca pudo el dolor
arrancarle a tus ojos
la flor de tu bondad.




(Murcia, madrugada del 20 de marzo de 2015).

Fotografía: Parque de la Seda, 1 de febrero de 2014.

martes, 2 de febrero de 2016

La cabina



Observad a este hombre. Tal vez algunos (muy pocos) lo reconozcáis, y es probable que a otros os suene de algo, sobre todo si sois de una generación próxima a la mía. Lo cierto es que a mí me acompaña como una segunda piel desde hace treinta y cinco años, aunque nunca nos hayamos conocido ni visto frente a frente. Y eso que un día nuestros destinos se cruzaron (y de qué modo) y llegamos a estar durante escasos segundos a apenas metro y medio de distancia. Él, sin embargo, ni supo entonces ni sabe aún de mi existencia, lo que no deja de ser una paradoja teniendo en cuenta que gran parte de ella, al menos tal y como la he vivido hasta hoy, se la debo a él precisamente; a él y a los dioses de la divina tragedia de la vida que repartieron los roles y determinaron sin previo aviso los acontecimientos que voy a relataros y por los cuales no he dejado de tenerlo muy presente a lo largo de todos estos años. El otro día, por fin, decidí indagar en la Red para saber qué es de su vida. No tuve que enredarme mucho para dar con él, ya que se trata de un veterano periodista y un escritor muy reconocido, con una larga trayectoria humana y profesional.

Yo hice la mili en Madrid, en la Compañía Nº 11 de la Policía Militar de Campamento (la misma que acordonó el Congreso cuando fue secuestrado por Tejero, historia a la que me referiré en otra ocasión) y el 29 de diciembre de 1980 cargaba ya a mis espaldas un año eterno de servicio a la patria (me licencié el 27 de febrero de 1981, cuatro días después de la intentona) y me encontraba casualmente de permiso, pasando la tarde en casa de unos amigos en la calle Bernardo López García, en el popular Barrio de San Bernardo, cuyas cuestas desembocan en la Gran Vía y en la Plaza de España. Alrededor de las 21:30 decidí salir a llamar a mis padres por teléfono, pues tenía que darles una mala noticia: me habían asignado varias guardias seguidas durante esos días y no podría pasar el fin de año con ellos. Me puse el chubasquero militar y, como hacía bastante frío, me cubrí con la capucha la cabeza rapada y las orejas. Bajé raudo por las calles Juan de Dios y San Leonardo y llegué a Princesa, bordeé la fachada del Edificio España hasta su esquina con la calle Reyes y me dirigí a la cabina situada junto a la boca del metro. Cuando llegué frente a ella, vi que estaba ocupada por un hombre. Nadie más esperaba. Yo no tenía prisa alguna, pero tras permanecer allí unos segundos giré la cabeza y advertí que en la acera de enfrente, a orillas de la Plaza de España, había un par de terminales exteriores, por aquel entonces aún muy novedosos, protegidos tan sólo por una pequeña mampara... No recuerdo exactamente qué me impulsó a desistir tan pronto de la espera y decidirme a atravesar la calle Princesa, siempre abarrotada de gente y de vehículos pero más, si cabe, durante las fiestas navideñas... Sí, claro: aquellos terminales estaban libres; y es posible que el frío y lo poco que me gustan los plantones hiciesen el resto. Lo cierto es que me bastaron unas pocas zancadas para atravesar la calzada y en un santiamén había descolgado ya el teléfono y comenzado a marcar el número de mi casa..., nueve, seis, ocho, dos, uno... Y, de repente... 

La explosión fue descomunal, indescriptible... Por suerte para mí, la pequeña mampara telefónica amortiguó la onda expansiva. Asomé, incrédulo y aturdido, la cabeza y contemplé un espectáculo dantesco, cuasi virtual: una enorme y densa columna de humo y metralla lo cubría todo y superaba con creces la altura del Edificio España, mucha gente corría despavorida..., pero el tiempo se había congelado. Porque esa gente corría, sí, pero absolutamente quieta. El humo y los miles de fragmentos de metralla permanecían inmóviles, suspendidos en el aire, como en una gigantesca imagen tridimensional... En aquel instante eterno, mientras todo permanecía así, mudo y estático, comencé a escuchar gradualmente cláxones, gritos, silbatos y sirenas de la policía o de las ambulancias y volví a la realidad, es decir, a tener conciencia de lo que en verdad había pasado... Solté el teléfono, lo dejé colgando y, obedeciendo únicamente a mi instinto, eché a correr hacia el único lugar en el que podría sentirme a salvo en aquel momento: la casa de la que había salido diez minutos antes. Pero de pronto, en el fragor de mi huida de aquella escena terrible, pertrechado y encapuchado como iba, me vi a mí mismo como a un sospechoso y, pese a mi conmoción y mi desasosiego, frené bruscamente mi carrera. 

Mis amigos de la calle Bernardo López, claro, fueron los primeros a los que conté lo sucedido. En un principio creímos que el atentado había sido, una vez más, obra de ETA, que en aquellos tiempos mataba día sí y día no. Los segundos en enterarse fueron mis padres, a quienes llamé al día siguiente nada más leer en la prensa el verdadero relato de los hechos. 

El martes, 30 de diciembre de 1980, El País titulaba en su edición madrileña: “Siete heridos por la explosión de dos bombas en Madrid. El subdirector de Pueblo, José Antonio Gurriarán, grave. Un grupo armenio reivindica los atentados”. Intentaré ahora resumir esta y otras noticias difundidas en días posteriores, ya que estos atentados tuvieron consecuencias. La última de ellas la conocimos hace apenas unos meses. 

Bien. El lunes 29 de diciembre de 1980, alrededor de las 21:30, José Antonio Gurriarán, a la sazón subdirector del diario madrileño Pueblo, salió de su trabajo con la intención de ir con su esposa a ver una película de Woody Allen. Sobre las 21:35, estando ya a las puertas del cine Pompeya, escuchó una explosión muy próxima. Su curiosidad y su compromiso profesional hicieron que se acercara a ver lo sucedido: acababa de estallar una bomba en las oficinas de la compañía aérea norteamericana TWA, sita en la Gran Vía. Sin pensarlo dos veces, corrió a la cabina más cercana para avisar al diario de lo sucedido. 
«Acaba de estallar una bomba», alcanzó a decir; pero su llamada quedó interrumpida por la explosión de un segundo artefacto de mayor potencia ante las oficinas de la compañía Swissair, ubicada en el Edificio España. La bomba estaba colocada en el suelo, al pie de la cabina ocupada por Gurriarán, en el hueco que había entre ésta y la barandilla de la boca de metro. La cabina saltó por los aires, y José Antonio Gurriarán sufrió heridas muy graves (sobre todo en ambas piernas) que casi le cuestan la vida y le dejaron secuelas de las que nunca ha conseguido recuperarse del todo. Pero sobrevivió. 

«He pasado la situación más dura y, a la vez, más interesante de mi vida, porque he visto muy cerca el calor de la muerte. Me he salvado porque me he negado a morir», confesaba Gurriarán en una entrevista al poco de regresar a su domicilio (casualmente pocas horas antes de la intentona golpista), tras permanecer dos meses internado en el Hospital Clínico de Madrid, en el transcurso de los cuales tuvo que someterse a cuatro complicadas operaciones quirúrgicas y a numerosas transfusiones de sangre. Pero tanto sufrimiento comenzó a dar pronto sus frutos... «El bombazo me ha hipersensibilizado contra la violencia y el terrorismo. Rápidamente pensé que tenía la obligación moral de escribir un libro pacifista dedicado, sin rencor, a todos los terroristas del mundo. Por eso, a partir del séptimo día de estar hospitalizado empecé a grabar en un magnetófono algunas ideas que me surgían entre nebulosas
», afirmaba en aquella entrevista. 

Un año después, ya mucho más recuperado, Gurriarán se reunió en Líbano con los autores del atentado, el grupo terrorista Octubre 3, fracción del ESALA (Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia), algo que en algunos foros fue calificado poco menos que como “el colmo del síndrome de Estocolmo”. Pero, fruto de aquel encuentro, en 1982 salió a la luz La Bomba, publicado por la Editorial Planeta, un libro en el que contaba toda su odisea y que ha llegado a alcanzar gran repercusión internacional, ya que hace unos años fue reeditado en Armenia y, más recientemente, en Francia. Más aún: en mayo de 2015 el director de cine Robert Guédiguian presentó en el Festival de Cannes la película Une histoire de fou, basada en este libro, que aún no he visto pero que tengo muchas ganas de ver... 


Robert Guédiguian y José Antonio Gurriarán





En fin..., hasta aquí mi relato, absolutamente verídico, de aquella experiencia. Sólo añadir que, en mis ya muchos pero cortos años de existencia, he pasado por no pocos trances de los que he salido indemne por los pelos (de ahí, seguramente, mi calvicie). La vida da muchas vueltas, sí, pero siempre he sido consciente de que en cualquier momento se puede detener de un modo brusco. Aquel lunes, 29 de diciembre de 1980, yo vi cómo el mundo se paraba. Y aquí sigo todavía, treinta y cinco años después, sano y salvo para contarlo; o, dicho de otro modo, vivo aún por accidente... Porque el azar no hace distingos. De haber llegado a la cabina tan sólo unos segundos antes, la habría encontrado vacía y la bomba me habría estallado a mí. También si hubiese esperado a que se desocupara. En el primer supuesto, he imaginado muchas veces a José Antonio Gurriarán, movido por el apremio de informar a su periódico tras escuchar la primera explosión, corriendo en busca de esa cabina, llegar ante ella y, al ver que estaba ocupada por mí, hacer exactamente lo mismo: esperar unos instantes a que yo la desocupase, girar instintivamente la cabeza, percatarse de que al otro lado de la calzada había un par de terminales libres, dirigirse hacia ellos sin dudarlo y, una vez allí, mientras marcaba el número de su periódico para informar del atentado, escuchar la impresionante segunda explosión, sentir cómo se paraba el mundo y permanecer unos instantes aturdido... Salvo que él no habría soltado el teléfono ni huido de la escena tan atemorizado como yo. Al día siguiente, los periódicos y los noticiarios no habrían hablado de Gurriarán, sino de un soldado que estaba hablando con su familia. A él sólo le habría correspondido ejercer cabalmente su oficio: informar de ambos atentados y narrar lo cerca que estuvo de que aquella segunda bomba le estallase también a él, bien por haber encontrado vacía la cabina, bien por haber esperado sólo unos segundos más a que yo la dejase libre. Y pienso que es más que probable que, en tales circunstancias, José Antonio Gurriarán se hubiera preocupado por mí y hubiera incluso procurado conocerme personalmente, a fin de contármelo todo más o menos como yo os lo he contado ahora. Eso sí, ni él habría escrito La Bomba, ni Guédiguian habría rodado Une histoire de fou

'Hasta que nada quede' (Poesía reunida 1978-2019) Vol. I - Obra publicada [Chamán Ediciones, Albacete, 2019], de José Antonio Martínez Muñoz

LO QUE QUEDA DE TODO  Una vez retomado este camino, no puedo dejar pasar por más tiempo la ocasión de hablar de otro de los libros...