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viernes, 10 de diciembre de 2021

'La Edad de Oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII', de Francisco Martínez Cuadrado.


LA CORTESÍA DE LA CLARIDAD


Oh venturosa, levantada pluma
 —MIGUEL DE CERVANTES —

El pasado jueves, 2 de diciembre, tuvo lugar en el emblemático Museo Ramón Gaya de Murcia la presentación de La Edad de Oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII (Editorial Renacimiento, Sevilla, 2020), de Francisco Martínez Cuadrado, en la que tuve el placer y el privilegio de acompañar al autor ante un público generoso y exquisitamente atento y participativo. Sólo eché de menos la presencia de algún periodista local cubriendo la noticia, pues a mi humano entender se trataba de un acontecimiento cultural y literario de primer orden. Pero ni una reseña hubo; ni siquiera dos líneas anunciando el acto en la famélica agenda cultural de los dos únicos periódicos regionales. Y no pueden aducir que no estaban avisados con suficiente antelación... En fin, allá ellos con su desinterés por las actividades que verdaderamente suman y marcan el pulso cultural y educativo de una ciudad. 

La verdad es que ya tocaba. La Edad de Oro fue publicado (y no pudo elegir mejor editorial) hace casi un año y medio, en plena incertidumbre pandémica; una incertidumbre que nos ha afectado en todos los órdenes de la vida y que, de un zarpazo, hizo que encuentros en torno a un libro, un concierto o un recital desaparecieran bruscamente (como nuestros rostros tras las mascarillas); hemos llegado a tal grado de aislamiento que incluso ha anidado en nosotros un considerable miedo escénico. Por suerte, no son pocos los libros que nos han ayudado a paliar y sobrellevar los sobresaltos y la incomunicación. En mi caso, La Edad de Oro ha sido uno de los que más. 

Francisco Martínez Cuadrado (Murcia, 1954), doctor en Filosofía Románica por la Universidad de Granada y catedrático de Lengua y Literatura en los institutos Murillo y Fernando de Herrera de Sevilla —donde reside—es el profesor que todos los aficionados a la literatura hubiéramos deseado tener. Se ha ejercitado durante toda su vida en el estudio, la investigación y la docencia y ha trabajado siempre con las palabras: oralmente en sus clases y a través de la lectura y la escritura, en contacto permanente con los libros y materias que más le interesaron siempre (la literatura de los Siglos de Oro y la poesía contemporánea muy especialmente); volcando, compartiendo su saber en sus ensayos, sus articulos, sus antologías comentadas, sus conferencias..., siempre con la susodicha “cortesía de la claridad” —ya advertida por otros, como veremos— que, como bien recordó Martínez Cuadrado durante la presentación, es la cualidad que Ortega y Gasset demandaba a los filósofos. Yo creo que es una cualidad necesaria en todos los ámbitos y todas las disciplinas, al margen de su dificultad. 

En efecto. Voces más autorizadas que la mía, como la de Juan Lamillar, que ha escrito un prólogo impecable, o la de Ignacio F. Garmendia, quien recientemente reseñó a toda página La Edad de Oro en el Diario de Sevilla, han señalado con toda exactitud las virtudes que quienes ya hemos leído el libro advertimos desde sus primeras líneas. No me resisto a reproducir estas elogiosas palabras de Lamillar:  

«Con una primera mirada a un índice tan clarificador y a una bibliografía que prefiere la selección a la acumulación, el lector adivinará que Francisco Martínez Cuadrado ha realizado un trabajo modélico, fruto de muchos años de investigación, de innumerables lecturas, algunas muy especializadas, y que nos entrega un panorama completísimo, muy bien trabado (pues son muchos los temas que se van entrecruzando), atento a los grandes escritores pero sin olvidarse de otros muchos creadores que completan un panorama literario excepcional. Hay que destacar también la manera eficaz en la que el autor acompasa hechos culturales y sucesos biográficos dentro de una época tan vertiginosa de la historia de España, atento tanto a las corrientes de pensamiento como a los acontecimientos históricos. (…) Gracias a un libro tan erudito y ameno como La Edad de Oro, cada vez que miremos los retratos de nuestros escritores, que nos adentremos en sus obras, podremos comprenderlos mejor». 

Para aproximarnos a la figura de Francisco Martínez Cuadrado, baste con esta breve pero contundente semblanza titulada Genuino afán de la pedagogía con la que Ignacio F. Garmendia acompañaba su reseña:

«Perteneciente a la benemérita estirpe de los antiguos catedráticos de Instituto, el cuerpo por desgracia devaluado que tanto hizo por elevar el nivel de la segunda enseñanza, Francisco Martínez Cuadrado es hombre de plurales saberes y probada devoción cervantina, antólogo del Quijote y autor de una edición de Rinconete y Cortadillo donde volcó su conocimiento y admiración por la obra del príncipe de los ingenios. Excelente conocedor de la literatura áurea y del sustrato intelectual que alumbró el Renacimiento, como se aprecia en su monografía sobre El Brocense, semblanza de un humanista, los intereses del crítico se extienden asimismo a la poesía contemporánea, en particular la de la llamada Edad de Plata a la que ha dedicado, en colaboración con otros autores, dos antologías comentadas. Su experiencia como docente y redactor de manuales se trasluce en la orientación didáctica de su escritura, que suma a la cortesía de la claridad el genuino afán de la pedagogía. Discreto y cordial inductor de entusiasmos, el profesor Martínez Cuadrado ha alentado la vocación de muchos jóvenes poetas y escritores que sienten hacia el maestro y amigo una gratitud profunda».

Poco o nada ni de mejor manera cabe añadir a esas palabras que, ciertamente, expresan lo que sentimos y pensamos quienes hemos leído el libro y conocemos a su hacedor: que La Edad de Oro es, dicho cervantinamente, un ensayo ejemplar en el que cada página vale por diez; un verdadero trabajo de orfebrería en el que su autor ha tenido que invertir muchísimas horas y medir muy bien cada paso. 

Martínez Cuadrado comienza su “retablo áureo” —así titula Lamillar su prólogo— estableciendo los límites cronológicos de la Edad de Oro: mayo de 1526, con el encuentro entre el poeta Juan Boscán y el embajador de Venecia Andrea Navagero, y mayo de 1681, con la muerte de Pedro Calderón de la Barca; para seguir con sus antecedentes, pues la Edad de Oro, como cualquier edad, sea del metal que sea, no surgió por generación espontánea; antes tuvimos las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, La Celestina de Fernando de Rojas, el Cancionero general de Hernando del Castillo y el nacimiento, en 1481, del humanismo español con la gramática Introductiones latinae de Elio Antonio de Nebrija. En 1492 llegarían  la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Continente, y en 1508 la fundación de una nueva universidad, la de Alcalá, más cercana a las corrientes humanistas. A partir de ahí, con una estructura perfectamente cimentada, una terminología que facilita en todo momento la lectura y numerosas referencias bibliográficas que nos permiten profundizar en los temas más concretos, Martínez Cuadrado, como un cineasta que nos hace continuamente ascender a vista de pájaro (a fin de no perder la panorámica general) y descender para detenernos en los asuntos más cruciales, nos ofrece una visión completa, didáctica y documentadísima, de las condiciones de vida de las distintas generaciones de escritores de la época, sus necesidades, sus recursos y oficios, su búsqueda de reconocimiento, su dependencia —no exenta de servilismos— de los favores y del mecenazgo, los entresijos de las justas en que participaban, ¡los premios que recibían!, el filibusterismo editorial al que estaban expuestos, sus academias y escuelas, sus ideales y fobias, sus amoríos, intrigas y pleitos..., conjugando, como bien vinieron a decir Lamillar y Garmendia, la erudición, el rigor y la amenidad.

Bajo esa fórmula se va desplegando todo el libro. Los siete capítulos de La Edad de Oro, con todos sus apartados, están interrelacionados y conforman un mosaico compacto, completo, una unidad, pero pueden abordarse independientemente y en orden aleatorio. Los dedicados al mecenazgo, el viaje a Italia, las justas poéticas, la imprenta, la Inquisición y la censura, el proceso de fray Luis de León... Cada uno de ellos suscita gran cantidad de asuntos en los que merecería la pena detenernos. Pero es en el capítulo segundo donde Martínez Cuadrado pone la lupa sobre el origen, la formación, los oficios y los diferentes medios de subsistencia de los escritores, aspectos ya sumamente relevantes desde la portada, en el propio subtítulo del libro. Entre ellos encontramos primordialmente clérigos, bachilleres, licenciados, doctores, nobles, caballeros y soldados. Desde mi juventud me han llamado la atención especialmente estos últimos. Nada menos que escritores como Cervantes, Garcilaso, Francisco de Aldana, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Contreras, Alonso de Ercilla o Luis Carrillo y Sotomayor fueron militares... Aldana y Garcilaso murieron en batalla, y Cervantes recibió más de un arcabuzazo. Me produce un gran choque mental imaginarlos, por un lado, en el fragor de la lucha, matando gente entre gritos y cañonazos; por otro, escribiendo maravillas en los momentos de reposo. Incluso entre las pocas escritoras de la época que han trascendido, y que sin duda merecerían un capítulo aparte —muy bien traída en ese apartado, por cierto, Judith, la hipotética hermana de Shakespeare imaginada por Virginia Woolf—, encontramos a Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez. Pero también hubo escritores con oficios más modestos: artesanos, oficiales o mecánicos de taller... Sin ir más lejos, nuestro paisano, el muleño Ginés Pérez de Hita, fue zapatero; aunque sin duda el caso más singular es el de Agustín de Rojas Villandrando, conocido como el “Caballero del Milagro”, un auténtico buscavidas que trabajó de mercero, de actor, incluso de portero de teatro; llegó a escribir sermones para curas perezosos y, según cuenta la leyenda, a mendigar y delinquir para llevarse algo a la boca. 

Entre aquellos escritores, los poetas formaban un mundo aparte, y creo que la cosa no ha cambiado mucho desde entonces. Escriben por vocación y afán de reconocimiento y procurando la protección de algún mecenas. Recuerdo estos versos de Cervantes en su Viaje del Parnaso: “Absorto en sus quimeras y admirado / de sus mismas acciones, no procura / llegar a rico como a honroso estado”. Pero la mayor parte de ellos murieron sin ver publicados sus poemas. Son, como bien dice Martínez Cuadrado en el libro, el paradigma de la pobreza. Estaba incluso mal visto escribir versos. Lope advierte a su hijo Carlos Félix del peligro de hacerlo. Los poetas llegan a ser considerados una plaga. Ríete tú del coronavirus. “Poetas de rapiña", los llama Quevedo en La casa de los locos; y Cervantes escribe en el citado Viaje del Parnaso: “Ni a calidades ni a riquezas miran, / a su ingenio se atiende cada uno / y si hay cuatro que acierten mil deliran”, para terminar describiéndolos como una “apretada enjambre”, que rimaba con “este muerto de sed, aquel de hambre", y exclamando: “¡Cuerpo de mí con tanta poetambre!". 

Lo cierto es que aquellas mentes privilegiadas tuvieron en su contra, por un lado, el analfabetismo, que alcanzaba al ochenta por ciento de la población; por otro, a los braseros de la Inquisición, beatos, censores impertinentes y melindrosos como Juan de Zabaleta, que los ninguneaban y acosaban obsesivamente. Aunque se bastaban solos para ensañarse sin piedad unos contra otros. Difícilmente podemos encontrar tanta inquina en cualquier otro período de nuestra literatura.

Podríamos detenernos en otros muchos aspectos, pero los dejo ya en manos del futuro lector, que avisado queda... Lo importante en cualquier libro no es tanto el género o el qué se cuenta como el tono y la forma en que se cuenta para que llegue a interesarnos. Todas las reseñas, juicios o comentarios sobre La Edad de Oro que he leído y escuchado, incluso los de los lectores menos familiarizados con el tema, coinciden plenamente y denotan admiración y gratitud; porque aunque Martínez Cuadrado se esfuerce en decir que no quiso hacer un ejercicio de erudición, o que se trata de un trabajo didáctico o de divulgación, nos encontramos ante un libro que transmite y contagia el entusiasmo, escrito con pasión e inteligencia, que se lee con la fruición de una buena novela y se entiende y visualiza con la fluidez de una película sabiamente dirigida; o, dicho de otro modo, un libro que se vive como un viaje en el tiempo y nos revela un tramo importantísimo del largo camino que nos trajo hasta aquí, incitándonos a recorrerlo y a profundizar en él. Es decir: Martínez Cuadrado no sólo recupera, nos introduce y guía en ese camino, haciéndonoslo más fácil, sino que nos lo ensancha situándonos de continuo ante múltiples encrucijadas, puntos de llegada y de partida, vasos comunicantes que azuzan nuestra curiosidad y nos animan a indagar siquiera un poco para aumentar nuestra perspectiva. Por poner sólo un ejemplo: Lope de Vega nos llevaría a su discípulo predilecto, Juan Pérez de Montalbán (qué espíritu el de este personaje, hijo de Alonso Pérez, el editor de Lope) y éste a la poeta portuguesa Bernarda Ferreira de Lacerda, a quien dedicó su Orfeo en lengua castellana a la décima musa. En esta era digital, con un solo dedo accedemos a todas las enciclopedias, bibliotecas y museos del mundo. No hay más que teclear el nombre de cualquiera de esos personajes para obtener de inmediato abundante información sobre ellos. Pero eso no sería posible sin un ensayo tan vivo como La Edad de Oro entre las manos, un libro para disfrutar a la par que aprender, en el que nos asombran tanto el orden, la articulación y la claridad como la capacidad de Martínez Cuadrado para conseguir escribirlo, aparentemente, sin esfuerzo. Pero escribir un libro como este requiere muchos años, mucho amor y mucha pasión por nuestra literatura y nuestra historia, de las que todos somos —lo advirtamos o no— un reflejo y una consecuencia. 

No puedo dejar de destacar que La Edad de Oro nos devuelve, además, un buen número de términos y expresiones ya en desuso o en serio peligro de extinción, como los referentes a los oficios y los ambientes que los propiciaron: “batihoja", “cuadralbo", "aristarco", "zoilo"... Tampoco los escolios o comentarios personales que el autor va incorporando al cuerpo de la narración, siempre bien traídos e inteligentes. 

Como buen humanista, cumpliendo con la máxima horaciana de “enseñar deleitando” en contraposición a aquella otra abominable de "la letra con sangre entra", lo que el profesor Martínez Cuadrado acerca y ofrece al lector es una revisión, una revisitación y una revitalización de nuestros Siglos de Oro. Todos hemos sido estudiantes, en realidad nunca dejamos de serlo —algunos más que otros, también hay que decirlo—; lo importante es cómo orientamos nuestra educación y nuestro estudio. No puede suceder nada mejor que un estudiante llegue a convertirse en un estudioso, picado siempre por el gusanillo de la curiosidad. Y si la educación y la cultura son los pilares de todo país avanzado que se precie de serlo (hoy más que nunca es necesario insistir en ello), el nivel de compromiso de una sociedad ha de verse reflejado también en la consideración y el reconocimiento hacia quienes trabajan y se desviven por ellas. La Edad de Oro merece estar, debería estar ya, en las estanterías de todas las bibliotecas públicas, de todos los institutos, de todas las universidades. Porque estoy persuadido de que en un futuro no lejano será un libro de referencia para docentes, estudiantes, estudiosos o, simplemente, lectores curiosos que quieran tener una visión completa de este importantísimo período de nuestra historia; y de que iremos viendo sucesivas ediciones que ojalá se distribuyan como el libro se merece por todos los países de habla hispana. Me atrevo a imaginar, a aventurar incluso (porque soñar es gratis, pero también necesario para cambiar el mundo), que será traducido a varias lenguas y obtendrá una indiscutida relevancia fuera de nuestras fronteras.







El autor firmando el libro de visitas del museo y distintos momentos de la presentación. 
[Fotografías de Inmaculada Guarinos]

miércoles, 11 de octubre de 2017

Palabras de Francisco Martínez Cuadrado en la presentación de 'La piel profunda'


[Nunca le agradeceré lo suficiente a Francisco Martínez Cuadrado las palabras que nos dedicó a mi libro y a mí el pasado día 5 en el Museo Ramón Gaya. Aquí las dejo para que quienes las escuchasteis de su propia voz podáis leerlas ahora en soledad y en silencio, pero también para que participéis de ellas quienes no pudisteis venir a la presentación. Sólo diré que a mí me emocionaron hasta el desbordamiento. Juzgad por vosotros mismos.]

* * *


Presentación del libro
LA PIEL PROFUNDA, de SEBASTIÁN MONDÉJAR 
Museo Ramón Gaya, Murcia, 5 de octubre de 2017

FRANCISCO MARTÍNEZ CUADRADO


Tengo el gusto de presentar en este museo Gaya, que merecería mejor trato del que se le viene dando en estos tiempos, La piel profunda, libro de poemas de Sebastián Mondéjar, el quinto que ve la luz. Poeta, músico, pintor… Sebastián es un artista integral, pero, sobre todo, es un artista íntegro que se acerca a la creación desde la más absoluta honestidad. De las muchas definiciones que se han dado de la poesía, la que mejor se aviene con la de Sebas es la que formuló Antonio Machado: “Unas pocas palabras verdaderas”. Es esa verdad poética y vital la que se impone en sus versos, una poesía donde no falta, desde luego el oficio, pero donde se destierra el artificio, poesía que transmite una impresión de sencillez, que no es facilidad, sino naturalidad, observación humilde de la vida y discurrir sereno de la inspiración. Poesía también comprometida, vehículo estético de una ética vital, porque como dice en uno de sus versos “Lo bello está al servicio de lo honesto” (“Víctor Hugo en Jersey”).

La piel profunda nos ofrece un repertorio de temas, debajo del cual subyace una profunda unidad que pretendo poner en evidencia en esta presentación. Por un lado, tenemos poemas que nos hablan del mundo personal del poeta: de sus hijos, de su ciudad, de su hermano. Los poemas dedicados al barrio de San Antón, a sus calles de la infancia son lo más alejado de ese manido localismo que en vano se buscará en los versos de Sebastián. Porque el poeta no solo se refugia en los recuerdos del pasado, en los olores de la infancia (“el azahar de otros tiempos”), en la huerta perdida, sino que tiende su mirada a la cotidianidad, a los “Transeúntes” anónimos, a los coches y los bajos comerciales, incluso a esos chinos que tienen tienda en su calle y en los que acierta a comprender, a pesar de la barrera lingüística, sus emociones y sentimientos, no diferentes de los nuestros (“Pequeña China”).

Los poemas dedicados a sus hijos, así como los que nos hablan de la enfermedad y muerte de su hermano están dotados de una fuerte carga emocional, aunque, o precisamente por eso, el poeta nunca se abandona al exhibicionismo sentimental.  “20 de marzo” es, ante todo, un canto a la bondad humana, al secreto de la filantropía que anidaba en su hermano Jesús, y por eso mismo su emoción es más honda y más sincera. Poesía de consuelo y de esperanza; no de pérdida sino de despedida amorosa.


* * *

Pero Sebastián no es solo, como cabe esperar de un lírico, un poeta del yo, sino, ante todo un poeta del nosotros. Creo que este es su principal valor y su más importante aportación al mundo de la poesía. Tenemos, por un lado, un considerable número de poemas dedicados a los amigos y colegas, a la “tribu”, como él la llama. Compañeros de fatigas musicales en los conciertos o en animadas charlas junto a una hoguera (“Músicos”, “Sol sostenido”, “La tribu”, “Ahínco”). La dedicatoria del libro es clara: “A mi hermandad de amigos, músicos y poetas”. Amigos entre los que el poeta se deja llevar, creándose y creyéndose en ellos (“Amigos”).

Sin embargo, cuando defino a Sebastián como poeta del nosotros no me refiero solo a estos poemas de la amistad. “Me escribo en los demás” (“Dos apuntes para María Teresa”), proclama y, en efecto, nosotros somos todos los lectores, concernidos en una poesía que nos apela continuamente, que nos trata como semejantes y como hermanos (tal como Baudelaire se dirigía a su lector: “mon semblabe, mon frère”), mientras que nos obliga a afrontar las responsabilidades de nuestra vida. En efecto, hay en el libro una defensa de la vida que se transforma en necesidad, en exigencia. Todos tenemos la obligación de apurar esa vida que como inesperado don hemos recibido. Y vivir la vida es hacerlo en armonía con los seres que nos rodean, seres de los que en realidad formamos parte: la piedra, la flor, el cielo, la nube, el mar, especialmente presente en el libro, un mar concreto, reconocible en sus lebeches y sus gaviotas. Hay un poema titulado precisamente "Concordia", hermosa palabra derivada de cum- con-, ‘unidos, juntamente’, y cor, cordis, ‘corazón’: la concordia es la fusión de los corazones en uno solo, como cuando describiendo una gaviota, escribe: “Siento que con sus alas acompasa / el pulso mudo de mi corazón” (“Suspensión”).

El poeta nos llama a fundirnos con el mundo circundante, pues tanto nosotros formamos parte de la naturaleza, cuanto la naturaleza forma parte de nosotros:

¿No sois también mi cuerpo?
¿No sois también mi alma?

le dice a unos “Girasoles”. E insiste en otros poemas:

Todo el cielo en mis ojos.
Todo el mundo en mi oído (“De camino”).

Todo cuanto habitamos nos habita.
Somos huella del paso que hemos dado.

De ahí la necesidad de diluirse en ella:

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas…  (“Parsimonia”).

Fúndeme con el aire y con la luz (“Rezo al sol”).

Otras veces, las propias cosas nos llaman, nos impelen a actuar, a darles la voz que ellas no tienen. Lo vemos en el poema “Víctor Hugo en Jersey”:

Hay horas en las que parece oírse
murmurar a las piedras
contra la lentitud del hombre:
¿A qué esperáis para esforzaros?
Andar, correr, volar, esa es la ley.
Vivir es el deber de todo.

Alcanzamos así a penetrar los hermosos misterios de la vida y de la naturaleza: la luz que nos atraviesa, el silencio del cactus al crecer, la paz solitaria de las playas y de las flores.  Soledad, silencio, paz, los tres dones que pide también para su hijo en el impresionante poema que le dedica (“Versos para mi hijo”).


* * *

El silencio ocupa un lugar primordial en el libro. Parece una paradoja que un poeta y un músico aspiren precisamente al silencio. Para el caso de la música, la paradoja se resuelve ya en la cita inicial de Ramón Gaya:

La música verdadera… no es algo que suena y que sucede en el tiempo… [es] algo que ya existe, sin duda, antes de sonar… en una especie de silencio vivo.

En cuanto a la poesía, el libro proclama el rechazo de la palabrería, de la grandilocuencia tanto retórica como personal:

Un poeta no es una luminaria
ni porta antorcha alguna; es, a lo sumo,
… una ventana
que no estorba a la luz (“El poeta”).

Preferiría el poeta no tener siquiera que escribir, dejarse atravesar simplemente por esa luz:

Ya casi nunca escribo mis poemas.
Los vivo, me atraviesan, me circundan.

E insiste:

No son tan necesarias las palabras…
Todo lo que escribo es un silencio… (“Dos apuntes para María Teresa”).

Y en otro poema todavía aúna silencio, música, poema y vida, cuatro pilares de su poética:

Yo quiero que la vida sea una música,
un abrazo por dentro.
Yo quiero que la vida sea un poema
que se escribe a sí mismo. (“Un lugar para el alma”).

Parece que en este camino hacia una poesía del silencio, el poeta ha decidido hacer estación en el haiku, esa breve composición que concentra en diecisiete sílabas un destello de esa luz que debe ser la poesía. Sebastián llega de un modo natural al haiku a partir de la copla, especialmente de la soleá, que ya había cultivado en su anterior libro Coplas de arena y del que ofrece alguna muestra en el poemario, como “Intromisión”, o “Escala natural”, formado por haikus que poseen la asonancia de la soleá.

Hay una nutrida colección de haikus en el libro, incluso poemas formados por tres o cuatro de ellos utilizados como forma estrófica. Se une también el haiku a una presencia de lo oriental que se desarrolla en una media docena de composiciones que son versiones de antiguos poetas chinos. Como cabe esperar no hay en estos poemas ningún deseo de exotismo ni de erudición poética. El haiku nos descubre una naturaleza al mismo tiempo sencilla y deslumbrante, tan cercana a los poetas japoneses como pudiera estarlo del Canto de las criaturas del santo de Asís, cuyo ideal de sencillez y armonía natural no es muy diferente del que descubrimos en este poemario.  Ocurre también con los dos poemas inspirados en cantos navajos, donde no se busca lo diferente y extravagante, sino precisamente lo que hay en ellos de universal, de anhelo humano de armonía, felicidad y belleza. Lo vemos, por ejemplo, en “El coro”: inspirado en un canto navajo, alberga también dos haikus y algunos endecasílabos, siempre excelentes en la pluma de Mondéjar. La tradición literaria de tres continentes se une en este poema, en un proceso que debe ser lo que los músicos llaman fusión, aunque lo que realmente le importa al poeta no es lo extraño y peregrino, sino lo que me atrevo a llamar el universal humano.

De silencio se forma también esa piel profunda (nueva paradoja, pues asociamos la piel con lo superficial, lo epidérmico), que da título al libro:

Un silencio tras otro.
Una cueva dentro de otra cueva.

Esta piel es su frontera y su reverso, su corazón callado. Es, sobre todo, la conciencia del poeta. La componen capas de pensamiento y de vida, pues si, por una parte, está formado por la introspección y la mirada interior, por otra se teje con los hilos de la vida, tanto la que se descubre en la armonía con la naturaleza, como la que es suma de todas las vivencias cotidianas, de las cosas menudas pero importantes de nuestros días. En este sentido me parece especialmente revelador el poema titulado “Tejido”: el tejido de esa piel profunda es la lluvia y las hojas, pero también los hijos y sus problemas, los ruidos de la calle, hasta la voz de un camarero, porque nada es intrascendente en el mundo que se nos ha dado vivir:

Todo se mezcla, todo se sucede,
todo late en mi piel como una música
que escucho y hago mía en el silencio.

Esta es la esencial unidad del libro a la que me refería al principio de la presentación. Volverá a reunir estas ideas en el poema que cierra el libro “Coda”, donde incluye también esa apelación al lector, al nosotros esencial de su poesía. Pero este poema es tan importante que creo que corresponde leerlo al propio poeta.


* * *

He intentado ofrecer en esta presentación una lectura e interpretación personales del libro de Sebastián Mondéjar. Quedan otros aspectos del poemario por explorar: los temas de la desposesión y la desnudez, de la memoria (en el excelente “Parsimonia”) y, desde luego, de la música, sobre la que he pasado de puntillas en esta presentación, pese a su importancia.

Y, por supuesto, quedan otras lecturas, convergentes o no con la que yo he hecho. Por eso os invito a todos a sumergiros en esta piel profunda, a leer estos versos, que Sebastián nos ofrece —y termino con un verso suyo—  como las flores sus pétalos: “lo más bellos y exactos que se pueda”.


* * *







[Fotografias: Raspabook.]

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Dos poemas de Ángel Aguilar



Anoche, en la tradicional lectura poética que el primer martes de cada mes organiza el Museo Ramón Gaya, los amantes de la poesía tuvimos la fortuna de escuchar y conocer al poeta manchego Ángel Aguilar (Caudete, Albacete, 1958), de quien yo conocía tan sólo un puñado de poemas recogidos en el libro Grupo poético La Confitería, Segunda antología, editado por Almud en 2006.

"Es Aguilar Bañón el poeta más celebratorio de todos los que integran este grupo", afirma el también poeta José Luis Parra en su prólogo a la citada recopilación. Y no le faltan razones; aunque personalmente creo que León Molina, otro de los poetas de La Confitería, no le va a la zaga en ese sentido.

En todo caso, estos dos poemas que leyó anoche en el museo (uno de los cuales tuve la osadía de registrar con el micrófono de mi cámara de fotos) nos confirman que Ángel Aguilar es un poeta verdadero; un hombre continuamente emocionado y sorprendido ante la vida; un lúcido derviche que baila al son de la música del universo; un ser, en fin, enamorado del amor.


* * *


DERVICHE
(Al salir de la discoteca)

Para Rosa, Frutos, Carolina, Manolo, Justo, Carmen y Valentín.


Es madrugada.
Lejos de todo daño
vibran las calles,
últimas hojas
caen.

El otoño desprende sus culpas y se va.
Un edredón de niebla, un vaho alcohólico
lava las copas de los pinos.
Sois como playas desde donde zarpar hacia la nada
sabiéndose acogido.
Somos este placer sin meta.
Ahora hasta mis manos
ocupan su lugar.
Aún sudo, el rocío
es la verdad más honda del paisaje.
La misma música ensordecedora
habita este silencio.
Siento el embudo del infinito,
el abrazo del remolino, el vertimiento
loco de nuestros cuerpos,
más lento de los árboles.
Este placer que deshecho palpita,
como un mar recién nacido,
soy yo,
sois vosotros en mí,
es mi Hueco.


* * *


ESTÁN SUCEDIENDO MILAGROS


Sólo deseo lo que tengo.
Miro los hilos que nos unen
en la penumbra de la discoteca,
brillan indestructibles.
Podemos ignorarlos y seguirán ahí.
Esto es amor, la claridad
que nos exige un salto al vacío
para abrirse. Ganar rindiéndose.
Sólo deseo lo que tengo.
Todo lo que existía antes que la razón
y que le sobrevivirá.
Este caos de vasos comunicantes llenos
de tequila, de entrega.
No cabe en la razón lo ilimitado
mas sí en nuestros cuerpos.
Esta danza tribal es el amor,
esta chica que no conozco
y que conmigo frota su belleza
es el amor. Este intercambio
de átomos enloquecidos
es el amor. ¿De qué sirve llamarlo
por miedo de otra forma?
No somos separados, seguirá
siendo amor, amor que nos engulle.
Sólo deseo lo que tengo.
Dios goza en nuestros labios.
Esta sal que da oleaje a nuestra
piel es el amor.
Esta necesidad de amor
buscándose a sí mismo es el amor.
Esta avenida abierta por donde el aire nos arrastra
ébrios hacia el abrazo es el amor.
Sólo deseo lo que tengo.
Juntos, en la hierba tendidos,
sintiendo el frío de la tierra
no somos sino amor.





* * *

[Obra publicada de Ángel Aguilar:

-Alas más grandes que el nido. Diputación de Albacete, 1992. (Poesía)
-El dragón Cárpulas y otros cuentos. La Siesta del Lobo, 1997. (Cuentos).
-Haikus del parque. Librería Popular, 2002. Al alimón con Frutos Soriano.
-El libro del agua. Diputación de Albacete, 2003. (Poesía).

Aparece en las antologías:

-Antología poética de autores albacetenses. José Manuel Martínez Cano. Diputación de Albacete, 1983.
-Poetas de La Confitería. Universidad de Castilla la Mancha, 1999.
-Las 70 mejores poesías escritas por poetas de Albacete. Andrés Gómez Flores. Alessandri Editora, 2001.
-Mar interior: poetas de Castilla-La Mancha. Selección de Miguel Casado. Junta de Comunidades de Castilla la Mancha, 2002.
-Grupo poético La Confitería. Segunda antología. Almud, ediciones de Castilla-La Mancha, 2006.]

martes, 16 de junio de 2009

Mayo del 2009



Según este calendario
del Museo Ramón Gaya,
tuvimos un mes de mayo
curioso donde los haya.

¿Vosotros no habéis notado
nada raro últimamente?
Ese mes, ¿no habrá alterado
todos los meses siguientes?

jueves, 23 de abril de 2009

García Montalvo, al aire libre




Hoy, 23 de abril, es el Día del Libro. Ahí es nada. Pero en Murcia es, sobre todo, el Día de Pedro García Montalvo, el escritor a quien este año el Museo Ramón Gaya (que es como decir la capital de la pintura y de las letras de nuestra ciudad) rinde su particular homenaje anual. Acabo de darme cuenta de que la farola de la foto de arriba está etiquetada con el número 23..., ¡qué coincidencia!


El caso es que dentro de unas horas participaré, junto a otras muchas personas, en la lectura ininterrumpida de gran parte de la obra de García Montalvo a las puertas del museo, en nuestra emblemática Plaza de Santa Catalina, cuyas farolas brillan desde hace días más que nunca acompañadas por la imagen del insigne escritor murciano. De hecho, el viernes pasado por la mañana me acerqué para hacer un reportaje, del que os dejo una muestra.












El título de esta entrada, García Montalvo, al aire libre, es en realidad el título de un artículo que escribí cuando salió a la luz El aire libre (Colección La Veleta, Editorial Comares, 2002), una recopilación de artículos y semblanzas que me deslumbró de principio a fin. El artículo lo redacté el 16 de marzo de 2003, pero no apareció publicado en el diario La Opinión hasta casi tres meses después (el viernes, 6 de junio). Aquí lo dejo también, por si a alguien le interesa.

En fin, viva Pedro García Montalvo y feliz Día del Libro.

miércoles, 8 de octubre de 2008

"Alimentos de la tierra", de Pascual García



El pasado 23 de septiembre tuvo lugar en el Museo Ramón Gaya la presentación, de la mano de Soren Peñalver, del último libro de poemas de Pascual García, Alimentos de la tierra. El título nos remite de inmediato al de aquel acendrado poema en prosa publicado por André Gide en 1897, Les nourritures terrestres ("Los alimentos terrestres"), del que treinta años después, en el prólogo de la edición de 1927, Gide confesaría: “Escribí este libro en un momento en que la literatura olía furiosamente a artificio y encierro, cuando me parecía urgente hacerla tocar tierra de nuevo y colocar sencillamente en el suelo un pie desnudo”.

Tal vez cabría preguntarse a qué huele y a qué sabe hoy la literatura; pero lo único que realmente me importa es que, con este libro, Pascual García ha colocado y hundido sus pies desnudos, sus manos desnudas y su alma entera desnuda en la tierra que le vio nacer, crecer y hacerse hombre y poeta.

Alimentos de la tierra no tiene prólogo ni le hace falta en absoluto, porque se abre con un verso impresionante que define y concentra como ningún otro el espíritu y la poética que lo alientan: “El agua de la acequia nos bautiza”. Confieso que después de leer tan magnífico endecasílabo, uno de los más logrados, certeros y sobrecogedores (por lo mucho que me concierne) de cuantos he leído en mi vida, no pude dejar de leer Alimentos de la tierra de un tirón.

Poesía de raíz, de savia, tronco, ramas, hojas, frutos. Poesía telúrica. Poesía con denominación de origen. Un tributo a la tierra que nos nutre y a la casa de quienes, labrándola y regándola, nos alumbraron a la vida.

Sirvan estos dos impecables poemas como muestra:


EL PAN DE LA MERIENDA


Nunca olvidaré que fui un niño entre los brazos
de una madre buena, que recibí sus caricias
en la forma de un don, naturalmente,
como nos llega el aire a los pulmones,
e ilumina la luz de la mañana
nuestro cuarto en penumbra.

Ahora que no está, sé que estuvo siempre entonces,
y que su mano guió mis días con cuidado,
con ternura, como si fueran mías
todas sus horas y todo su afán.
Tengo el olor del pan y de sus manos
como se tiene una reliquia sacra,
y el tacto de su pecho y de sus labios
sobre mi piel de niño amedrentado.

Ahora que no está, sé que permanece cerca,
junto a mi cama en las noches de fiebre,
mientras salmodia unas palabras mágicas
y reza por el niño de aquel tiempo
que soporta la carga de ser hombre,
y que en su memoria y en la mía no se han ido,
continúa en la casa de mi infancia
y me espera como lo hacía entonces
para lavar mi ropa presurosa
y preparar la cena y hablar conmigo.

No importa que no esté porque yo sigo
volviendo a la casa donde vivió ella;
un sillón, una estufa y una mesa
es cuanto queda de aquel tiempo antiguo.
No han pasado los años, ha pasado
aquel tiempo de manos entregadas,
el pan de la merienda
y las mañanas claras a su lado,
el invierno y la escuela,
mientras ando por calles empinadas
cogido de su mano,
bajo un cielo de escarcha y de ceniza,
y convengo en que el futuro no existe,
que todo es ella en ese tiempo justo
y yo soy parte de ese tiempo, de aquella casa,
de la nieve en las frías mañanas de febrero,
de sus manos entregadas y cálidas
en la memoria de su ausencia en vano.


* * *


ANIMALES DE HUMO


Fumaban los hombres en el trabajo
y paraban el tiempo;
se clausuraba la recolección
de la almendra o de la oliva, el tiempo
cesaba en el agua detenida, en los bancales
áridos, en las acequias impuras
de noviembre, donde caían
las hojas del otoño.
También los albañiles,
nosotros los peones
dejábamos la carga y nos sentábamos
a mirar el cielo, tan fatigados
que sólo el humo del tabaco nos consolaba.
Fumábamos los hombres
y se paraba el tiempo;
liaban sus cigarros los ancianos
parsimoniosamente,
como si el rito de sus dedos fuera
una señal del cielo,
y hablaban de otra edad, de otras costumbres,
del trabajo duro, de las mujeres.
Era el humo el olor del pasado
y de la tierra. Parados, fumábamos
mientras caía la tarde en la extensa orfandad
del horizonte. Tosían los hombres
y respiraban humo a medianoche,
pero en la madrugada,
sacaban sus petacas y liaban
cigarrillos de sueño y de fatiga.
La vida no era un cómputo de días,
una sucesión de años sin ventura.
Vivíamos con los pies en la tierra
y el trabajo en las manos, en la espalda,
y un cigarro en los labios encendido.
Después, hemos fumado en el amor
y en la guerra, en lo bueno y en lo malo,
mientras envejecíamos y nada
cambiaba a nuestro lado,
el sabor del tabaco en las mañanas,
el aroma del trabajo y los viajes,
las mujeres y el tiempo, todo el humo
en la desdicha de reconocernos
efímeros, diluidos en el aire,
casi espíritus, mientras tosen los hombres, fuman
y aguardan el amanecer sumisos
como esclavos de la tierra, insomnes,
animales de humo, criaturas de ceniza.


PASCUAL GARCÍA, Alimentos de la tierra.
HUERGA & FIERRO editores, 2008.



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