El pasado (y lluvioso) 18 de febrero me acerqué a Los Dolores de Cartagena para escuchar el recital poético que mi querida amiga Carmen Piqueras, acompañada por su hermano José Manuel a la guitarra, ofreció en la Cafetería La Cañica con ocasión del IV Ciclo "Poetílico de Divan", en su apartado Musiversando, coordinado por el poeta Antonio Marín Albalate y organizado por la Asociación Cultural Diván. A la cita acudieron también otros muchos amigos, entre los que se encontraban los poetas José Antonio Martínez Muñoz y Ángel Paniagua y el pintor cartagenero Antonio Gómez Rivelles. Fue una velada espléndida, verdaderamente amena y entrañable, en la que Carmen leyó poemas de su libro Oficios de derrota (2001), galardonado en su día con el Primer Premio de Poesía "Dionisia García" de la Universidad de Murcia, más un buen manojo de poemas aún inéditos, entre los que se encontraba este precioso homenaje a la casa que la vio crecer. En él palpita con fuerza esa Murcia que fue y que aún todos llevamos dentro. Gracias, Carmen, por dejarme traerlo aquí; porque esa casa es, en gran medida, la mía, la nuestra...
Aprovecho para ilustrar el poema con uno de los vídeos que José Manuel tiene colgados en YouTube, en el que interpreta un tema que tocó precisamente aquella noche: el aria inmortal de George Gershwin, "Summertime".
(Ahora que lo pienso..., esta entrada también habría quedado de perlas en mi blog de jazz).
Aprovecho para ilustrar el poema con uno de los vídeos que José Manuel tiene colgados en YouTube, en el que interpreta un tema que tocó precisamente aquella noche: el aria inmortal de George Gershwin, "Summertime".
(Ahora que lo pienso..., esta entrada también habría quedado de perlas en mi blog de jazz).
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LA CASA ERA ALTA Y ERA ROJA,
era una península de dichosa orografía
unida a la ciudad que sesteaba
por un istmo de casitas humildes
y algún ruinoso palacete.
Rodeada de huertos milagrosos
era la casa a su vez milagro:
de piratas navío o tren expreso,
castillo en la isla de Kirrin
o pagoda de la China.
Tenía la casa baldosas amarillas,
ventanas volanderas y paredes
por cuyo albor un sol de miel se derramaba.
Era un útero luminoso y cálido
que acogía nuestros sueños cada tarde
y nos nacía intactos con la aurora.
La casa era a veces una torre.
Vigilábamos los pueblos que dormían
indolentes al abrigo de los montes,
las acequias perezosas que quebraban
los huertos salpicados de palmeras,
faros o vigías jubilosas
que estallaban rotundas en lo azul.
Había en la casa una azotea,
patrimonio de los gatos y las sábanas
que tendidas al sol eran heraldos
de la primavera por llegar.
La casa tenía un balcón y por la tarde,
cuando abril despertaba al limonero,
en una mecedora sin brazos nos cantaba
viejas canciones del rey Balaor o de la infanta
que prefería a un reino un mirlo blanco.
La casa era buena y nos nutría,
ofrecía chocolate y pan tostado,
un brasero de picón, fragantes lápices,
cuentos en la cama y oraciones atendidas.
Y cuando al fin la calma, como un velo,
ingrávida posaba su mano en nuestros ojos
susurraba la casa su canción nocturna
de crujidos tiernos y aleteos de ángeles…
La casa era inconquistable fortaleza
que defendía nuestra infancia.
–CARMEN PIQUERAS–
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