viernes, 6 de junio de 2008

Mi paso por La Feria del Libro de Madrid (3)



III

Entre el público se encontraban dos amigos: mi ya mencionado y siempre inaudito ángel salvador –como nuevamente apreciaréis más adelante– Juan Pablo Muñoz Zielinski, quien por razones de trabajo se marchó antes de terminar yo mi lectura, y mi fotógrafa de jazz predilecta, Esther Cidoncha, hasta entonces amiga meramente virtual, con quien comparto desde hace aproximadamente un año un fructífero diálogo y una leal complicidad a través de nuestros correos y nuestros blogs; y asistió también un peculiar personaje bíblico, un silencioso Job de ojos azules y largas barbas blancas (me recordó igualmente al mago Merlín, incluso al mismísimo Leonardo da Vinci), quien después de la lectura se nos acercó a Esther y a mí poco a poco, con la mirada fija y sonriente, y comenzó a escribir en trozos de papel, girándolos sin cesar buscando espacios, todo cuanto nos tenía que decir, en términos en verdad muy metafísicos y poéticos, cuando no ininteligibles.


Después, como exigía el protocolo, Alexis y yo nos fuimos a firmar ejemplares a la caseta de Calambur, con la Feria del Libro pasada por agua y prácticamente desierta. Firmé, en total, ocho ejemplares: cuatro que compraron los amigos más cuatro que regalé yo; ¡lo que no es mal número, teniendo en cuenta que un ocho es un infinito vertical!

Al poco de estar allí, Esther llamó a otro amigo bloguero común (“Se llama Miguel Ángel”, me confesó) al que hasta entonces yo sólo conocía por su alias, Troglo Jones, un gran aficionado al jazz, conversador mordaz e improvisador nato; y cuando éste llegó nos hicimos unas fotos y pasamos el resto de la tarde tapeando y bebiendo fresquísimas cervezas en la carpa-bar de enfrente, charlando mayormente de jazz y brindando a cada momento por tan inédito y propicio encuentro. “Antonio”, le dije acompañándome con señas a Antonio García, el joven empleado de la editorial, “si alguien quiere que le firme un libro, llámame”. “Vale, descuida”, me respondió cordialmente.

Y llegó la hora cabal. Las aletargadas casetas comenzaron a cerrar sus párpados humedecidos.

Una última cerveza...

“Hasta siempre, Esther... Hasta siempre, Sr. Troglo... Ha sido un inmenso placer conoceros...”.

Después de seis días aún perdura nuevo en mí el sentimiento de celebración por nuestro encuentro, nuestra primera tertulia real, sin píxeles de por medio, brindando con cervezas rebosantes... ¡y con la Feria y el Retiro para nosotros solos!


(Continuará)

jueves, 5 de junio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (2)

Cartel del año en que nací


“La lluvia ha sido un elemento prácticamente omnipresente en todas las ediciones de la feria. En 1956 la inauguración tuvo que retrasarse cuatro días por este motivo. Más de un humorista afirmó que la lluvia representaba la reacción de la Naturaleza ante la masiva tala de los bosques para obtener la celulosa con la que se hace el papel. El cómico Evaristo Acevedo incluso propuso —con mucha sorna— que la feria se organizara en ciudades y comarcas con problemas de sequía, y así convertirlas en zonas de regadío.”

Elena Mengual, Carteles con memoria



II

Las 15:15 y Alexis no llegaba. Sonó el móvil: “¡Poeta, voy en taxi y estoy en un atasco! ¡Calculo que en diez o quince minutos estaré allí!”. “He reservado mesa en un bar-restaurante que hay frente al hotel”. “¡Allí nos vemos!”.

Rozando ya las cuatro de la tarde, cargados de maletas y guitarra, hicieron su aparición el poeta Alexis Díaz-Pimienta y su amigo y compatriota Xino Carrasco, compositor, cantante y guitarrista, pidiéndome disculpas entre risas y abrazos.

Comimos, sin duda, mejor que en el hotel. Y al menos cinco veces más barato. Los menús recién cocinados resultaron copiosos y exquisitos, y fueron servidos con sencillez y naturalidad envueltos en un diálogo austero y franco por el camarero.

En el transcurso de la comida, Xino me regaló su primer disco en solitario, Shake it out, e intercambiamos las tarjetas con los correos y los números de teléfono sin dejar de hablar ni un momento, como si nos conociéramos de toda la vida.

“¡Las cinco y media! ¡La presentación es a las seis!”, reparé tras los cafés. Alexis se empeñó en pagar y cruzamos pitando hacia el hotel. Llovía. Xino nos esperó en el vestíbulo tomando un güisqui mientras subíamos a la habitación para que Alexis dejara sus cosas. En una exhalación emprendíamos, a mi paso (¡que Cuba me perdone!), camino hacia el Retiro, muy próximo también, lloviendo copiosamente y con un sólo paraguas –el mío– para los tres. En un recodo del parque salió a nuestro encuentro, sonriente, Juan Pablo Muñoz Zielinski. Y el trío se convirtió en cuarteto.

A las seis menos diez llegamos, renqueantes, a la Feria del Libro. Estaba prácticamente desierta, con todas sus casetas cerradas. "Ya te dije, poeta, que no eran necesarias tantas prisas", dijo Alexis jadeando. Así que, recelosos de que todos los actos hubieran sido cancelados, consultamos al respecto con un vigilante embutido en un impermeable transparente, quien nos tranquilizó diciéndonos que las casetas se abrían a las seis en punto. En efecto. La de Calambur fue de las primeras. Apareció Javier Orrico, director del Premio "Los Odres", paseando plácidamente con su mujer, Teresa, y con su hija; aparecieron Fernando Sáenz y Emilio Torné, los directores de la editorial, serenos y muy cordiales; y poco a poco el inmenso recinto de la feria, rociado por la lluvia, fue salpicado también por pequeños grupos de visitantes que tímidamente pasaban frente a las casetas al tiempo que éstas abrían somnolientamente sus párpados.

El acto de presentación de nuestros libros comenzó a las 18:30 en el cálido Pabellón Carmen Martín Gaite, exquisitamente decorado con verdaderas obras de poesía visual. Habló Emilio Torné. Habló Javier Orrico. Torné me presentó. Balbuceé cuatro palabras y leí dos poemas, Losas sueltas y Libélula dorada; el primero lo ilustró musicalmente, con sensibilidad y discreción, Xino Carrasco; el segundo lo ilustré yo mismo con el sanza. Aplausos. Acto seguido presenté yo mismo a Alexis y le pasé el testigo. Leyó al azar siete u ocho magníficos poemas de su libro, acompañado también por la guitarra sutil de Xino. Al finalizar, Emilio y Javier le pidieron , cómo no, que repentizara algo. "¿Sin un triste trago de ron que llevarse a la boca? Bueno, probaremos con agua".

Y de pronto el pabellón ardió con la llama portentosa e integradora del corazón del gran maestro. Xino y yo acompañamos, con guitarra y percusión, aquel mágico torrente surgido del misterio más recóndito, el don arcano de un poeta excepcional. Emilio y Javier se echaban las manos a la cabeza.

Aplausos, sonrisas, más sonrisas y aplausos... Las nueve o diez personas que asitieron al acto desde su comienzo se habían multiplicado por dos cuando finalizó.

(Continuará)

miércoles, 4 de junio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (1)

Cartel de Isidro Ferrer


MI PASO POR LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID

CRÓNICA Y LARGA ESTELA DE UN VIAJE FUGAZ

AL CORAZÓN DE LA ESPAÑA LITERARIA



I


Visto y no visto. Misión cumplida.

Si uno, como hombre, se siente ya pequeño e insignificante, cuando no invisible, en una ciudad como Murcia (no aspiro a nada más; yo no provoco el mundo: el mundo me provoca), imaginadme además como poeta y como músico en la Feria del Libro de Madrid...

En un mensaje reciente, citando oportunamente uno de mis un1versos, mi amigo Miguel Ángel García "Monda", guitarrista, me decía, : "Si a los libros se va como a los bosques, ir a la Feria del Libro de Madrid debe ser algo así como ir a la selva del Amazonas."

Hace casi treinta años, haciendo la mili, escribí: "En Madrid hay más de todo. Estamos repetidos. Todo está repetido (unas mil veces) en Madrid".

Pues bien: las cosas, raras veces son lo que parecen; y mucho menos lo que uno espera; debemos aguardarlas, e incluso desearlas, también como posibles pérdidas, como merma añadida que nos hará infinitamente más prósperos y felices, más livianos, también más insumisos. “Todo es menos”, dejó dicho Juan Ramón. Porque “menos es más”, less is more, según la máxima del minimalismo creada por el crítico de arte Robert Wollheim y popularizada por el arquitecto Ludwig Mies van der Rohe.

Escribiendo sobre esto no pretendo alardear de lo que soy, porque no lo soy; ni siquiera modesto, ni siquiera prudente. Me limito a vivir (¡qué verbo tan bonito!). Y el sólo hecho de viajar de nuevo a Madrid para asistir a su Feria del Libro ha sido para mí una vivencia insólita y una aventura imprevisible de principio a fin.

Os cuento...



Tomé el Talgo Cartagena-Madrid, que llegó con algo más de diez minutos de retraso, a las 9:55 del pasado viernes día 30 en la Estación del Carmen. Durante el trayecto releí, arrebatado, Fiesta de disfraces, el fascinante último libro de Alexis Díaz-Pimienta, ganador, como sabéis, del I Premio Internacional de Poesía "Los Odres", e intenté también dormir un poco, pues la semana había sido francamente dura a causa de una extraña gripe que me tuvo zombi varios días. Pero estaba feliz y me sentía con fuerzas suficientes para afrontar la travesía.

Llegué a la Estación de Atocha alrededor de las 14:00 horas y llamé por teléfono a mi ángel de la guarda en Madrid, el guitarrista y violinista Juan Pablo Muñoz Zielinski, gracias a cuyas certeras indicaciones pude ir caminando hasta el hotel, que estaba verdaderamente cerca. De poco me sirvió mirar antes en un plano los escasos recorridos que habría de hacer, pero acerté en los tiempos y en las previsiones y me dió gusto comprobarlo, cansado como realmente iba. Eso me hizo más feliz todavía.

Me instalé en el hotel y llamé a Alexis. "¡Hola, poeta, me ha recogido un amigo del aeropuerto y estoy en su casa tomando unas cervezas! ¡A las tres nos vemos en la puerta del hotel!", me dijo. "Tantearé la zona mientras tanto para ver dónde podemos comer", le dije yo. Estaba realmente hambriento.

Bajé a la calle y vi que justo enfrente había una cafetería-restaurante que, con respecto al escalafón de nuestro hotel, no recibiría por parte de la Guía Michelín ni una punta de una de sus cuatro estrellas. Pero allí que me fui (precisamente por eso). Lo regentaba un venezolano y ninguno de sus trabajadores era español. Pedí una caña y me pusieron una caña y dos bacaladillas recién hechas. Lo agradecí con el alma y el estómago. Vi a unos clientes devorando un pollo al horno con patatas que tenía una pinta excelente y decidí que aquel era un buen lugar para comer.

Miré la carta: 8 € el menú.

(Continuará)