jueves, 25 de marzo de 2010

'LIENZOS EN BLANCO', de Félix Amador Gálvez



Félix Amador Gálvez
Lienzos en blanco
Colección de Narrativa "Gerión"
Diputación Provincial de Huelva
Servicio de Publicaciones
2009

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La primera impresión, nada más sostener entre las manos este libro y leer su título, tan feliz, tan fecundo, es que su autor, necesariamente, ha acertado de lleno al elegirlo. Pero conforme nos vamos adentrando, línea tras línea, entre sus páginas, esa primera impresión se confirma como una evidencia, una verdad incontestable.

Y es que, fiel a su nombre, Félix Amador Gálvez, escritor y pintor moguereño, amigo y camarada cibernauta que ya anduvo por este camino hace un par de años con ocasión de la publicación de su novela Las palabras mágicas, ha conseguido reunir en este libro una pulida colección de relatos, pacientemente guardados en un cajón durante más de una década y escritos en muy diversos registros (aunque con igual maestría) a partir de un leitmotiv común: el arte de la pintura.

Debajo de todo cuadro, debajo de cada trazo o pincelada, subyace siempre un lienzo en blanco, un espacio desnudo que es su fondo y a la vez la superficie sobre la que cada cual lo reinterpreta a su manera. Un cuadro no es nada, ni siquiera un cuadro, si no tiene delante a alguien que lo mira; pero llegará a ser tantos cuadros distintos como ojos se detengan para contemplarlo. Porque en realidad un cuadro no es más que una mirada. Y una mirada es un espejo.

Así, cada palabra, cada frase de Félix es un trazo preciso y respetuoso sobre el fondo blanco de un lienzo. En verdad puede afirmarse que Félix pinta cuando escribe. Sus historias no se leen: se viven, se contemplan. Fluyen como el pensamiento. Y todas ellas encierran claves y reflexiones sumamente sutiles y atractivas sobre la utilidad, la trascendencia y la razón de ser del arte.

Lo cierto es que Lienzos en blanco funciona como una amplia y luminosa galería por la que desfilan numerosas pinturas emblemáticas en las que hallamos correspondencias con todos y cada uno de los relatos [1]. Leyéndolos, tenemos la sensación de estar dando un paseo a través de la historia de la pintura, que es también la historia de la humanidad; un paseo íntimo, ameno, culto y placentero, aderezado con las dosis justas de suspense, acción, ficción y realidad.

Por ejemplo, en "Entre tinieblas, una luz", podemos seguir los pasos de Murillo por las hambrientas calles de Sevilla, ser testigos de su confesión en una pequeña iglesia que le coge de camino y entender mejor las razones por las que reclutaba a alcahuetas, pícaros o pordioseros como modelos para sus pinturas por encargo...







En "El rostro de Dios" nos subimos con el mismísimo Miguel Ángel al andamio mientras pinta su famosa escena de La Creación en la bóveda de la Capilla Sixtina...



En "La dama del cuadro" cobra vida la hermosa y hechizante Venus de Urbino, de Tiziano...



En "Déjà vu", el protagonista experimenta un enigmático reencuentro consigo mismo cuando, impulsado a seguir a "una joven alta, vivaracha y algo extravagante en el vestir" con la que tropieza por la calle, es conducido por ésta ante la pintura de Sir Edward Coley Burne-Jones El rey Cophetua y la mendiga...



Y creo igualmente necesario reseñar lo bien traídas que están todas las citas que encabezan estos Lienzos en blanco, como marcos elegidos con sentido de la oportunidad y del buen gusto. El primero de los relatos, "El dibujante de la Plaza Mayor", va presidido por unos versos espléndidos de Juan Ramón: "Yo no soy yo. / Soy este / que va a mi lado sin yo verlo; / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces, olvido". [2]

Y en "El rostro de Dios", Félix, que es también un gran cinéfilo, coloca esta impagable cita de la película Perversidad, de Fritz Lang, puesta en boca de su protagonista, el inefable y descomunal actor Edward G. Robinson: "A mí nadie me enseñó a dibujar. Trazo una línea alrededor de lo que siento al ver las cosas".

En fin, yo sólo soy un lector; y como afirma Reñé, personaje principal de "La revolución del viaducto" (único relato que toma el título del cuadro sobre el que trata), "los libros no se han escrito para que se hable de ellos, sino para ser leídos"; así que, ante todo, confío en haber conseguido transmitiros lo mucho que he aprendido y disfrutado ante estos Lienzos en blanco [3], una obra que, de haber sido escrita y publicada en otros pagos, habría obtenido, sin duda, mayor repercusión. Pero eso también forma parte de su mérito. Desde su intimidad, allá en Moguer, y su modestia, Félix nunca se ha considerado un escritor profesional (lo que ya dice mucho a su favor); a lo sumo, ha llegado a definirse a sí mismo como "lector compulsivo" desde la infancia y, por tanto, "escritor por contagio". En todo caso, suma ya en su haber numerosos premios y publicaciones que acreditan su dedicación y la calidad de cuanto escribe.

Lo cierto, repito, y con esto termino, es que leerlo es un placer... ¿Hay quien dé más...? Su prosa fluye siempre serena y melodiosa, como un arroyo de palabras que discurren por un cauce natural.

¡No creo que pueda decirse lo mismo de muchos profesionales!



Os dejo con un fragmento de "Acuarela", uno de los relatos más intimistas de los diez que componen este espléndido libro.

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"Si fuera un filósofo, me preguntaría a cada paso quién es cada uno de los que camina delante de mí por la acera, qué lo mueve, hacia dónde va realmente, pero no lo soy, y hace tiempo que la gente me trae sin cuidado. He aprendido a mirarla con otros ojos. La calle ofrece mejores perspectivas que la de cuestionarse el sino de los demás, la calle es el paisaje por el que me veo obligado a discurrir cada día, el mundo que me rodea. Si fuera pastor tendría que atravesar cada mañana una cañada o un valle. Las calles son mis cañadas y las plazas mis valles, y no hay diferencias, pues encuentro tanta belleza en los verdes como en los grises.

Al llegar al mercado, la niebla se hace más espesa. Si uno quisiera, podría apreciar la calle como una de esas pinturas de William Turner con un barco en medio de la tormenta. Pero la niebla en la ciudad es más ordenada y apenas rompe la sólida simetría de líneas rectas del viejo edificio del mercado. Por encima de la bruma, el sol intenta dibujar los colores de todos los días, pero se ve impotente. Ajenos a su lucha, los tenderos despliegan un amanecer más sus mercaderías en espera de los clientes. A pesar de que paso a su lado, mi retina apenas responde a sus formas, difuminadas a mi alrededor por la persistente neblina."

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Todos los interesados en adquirir un ejemplar de Lienzos en blanco pueden probar suerte en estas direcciones:

Excma. Diputación Provincial de Huelva
Servicio de Publicaciones
www.diphuelva.es/publicaciones
Contactar: javila@diphuelva.org
Tlfno: 959 494 759
Fax: 959 494 760

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Para conocer mejor a Félix Amador Gálvez:

http://felixamadorgalvez.blogspot.com/
http://diariodeunfeoreciendivorciado.blogspot.com/
http://jazzeseruido.blogspot.com/
http://elviajeropasional.blogspot.com/


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[Notas a pie de página]

[1] Estas pinturas no vienen reproducidas en el libro (el autor llegó a plantearse la posibilidad de hacerlo, pero, con buen criterio, optó finalmente por dejar trabajar a la imaginación), sino que son fruto de una reconfortante y entretenida búsqueda personal por Internet.

[2] Precisamente, mientras corregía estas líneas, me ha llegado el último libro de Félix, juanramoniano de pro: El Moguer de Juan Ramón Jiménez [Breve Guía para el Viajero Pasional]. Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez / Diputación Provincial de Huelva / Consejería de Cultura-Junta de Andalucía. Moguer, Huelva, 2010.


[3] Lienzos en blanco me llegó en diciembre pasado de manos de su autor, y desde entonces lo he releído varias veces. Por diversas razones, estas líneas, junto a otras muchas, llevaban en reposo un par de meses a la espera de ser revis(it)adas.


viernes, 12 de marzo de 2010

Recital de Carmen Piqueras en La Cañica



El pasado (y lluvioso) 18 de febrero me acerqué a Los Dolores de Cartagena para escuchar el recital poético que mi querida amiga Carmen Piqueras, acompañada por su hermano José Manuel a la guitarra, ofreció en la Cafetería La Cañica con ocasión del IV Ciclo "Poetílico de Divan", en su apartado Musiversando, coordinado por el poeta Antonio Marín Albalate y organizado por la Asociación Cultural Diván. A la cita acudieron también otros muchos amigos, entre los que se encontraban los poetas José Antonio Martínez Muñoz y Ángel Paniagua y el pintor cartagenero Antonio Gómez Rivelles. Fue una velada espléndida, verdaderamente amena y entrañable, en la que Carmen leyó poemas de su libro Oficios de derrota (2001), galardonado en su día con el Primer Premio de Poesía "Dionisia García" de la Universidad de Murcia, más un buen manojo de poemas aún inéditos, entre los que se encontraba este precioso homenaje a la casa que la vio crecer. En él palpita con fuerza esa Murcia que fue y que aún todos llevamos dentro. Gracias, Carmen, por dejarme traerlo aquí; porque esa casa es, en gran medida, la mía, la nuestra...

Aprovecho para ilustrar el poema con uno de los vídeos que José Manuel tiene colgados en YouTube, en el que interpreta un tema que tocó precisamente aquella noche: el aria inmortal de George Gershwin, "Summertime".

(Ahora que lo pienso..., ¡esta entrada también habría quedado de perlas en mi blog de jazz!).

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LA CASA ERA ALTA Y ERA ROJA,
era una península de dichosa orografía
unida a la ciudad que sesteaba
por un istmo de casitas humildes
y algún ruinoso palacete.

Rodeada de huertos milagrosos
era la casa a su vez milagro:
de piratas navío o tren expreso,
castillo en la isla de Kirrin
o pagoda de la China.

Tenía la casa baldosas amarillas,
ventanas volanderas y paredes
por cuyo albor un sol de miel se derramaba.
Era un útero luminoso y cálido
que acogía nuestros sueños cada tarde
y nos nacía intactos con la aurora.

La casa era a veces una torre.
Vigilábamos los pueblos que dormían
indolentes al abrigo de los montes,
las acequias perezosas que quebraban
los huertos salpicados de palmeras,
faros o vigías jubilosas
que estallaban rotundas en lo azul.

Había en la casa una azotea,
patrimonio de los gatos y las sábanas
que tendidas al sol eran heraldos
de la primavera por llegar.

La casa tenía un balcón y por la tarde,
cuando abril despertaba al limonero,
en una mecedora sin brazos nos cantaba
viejas canciones del rey Balaor o de la infanta
que prefería a un reino un mirlo blanco.

La casa era buena y nos nutría,
ofrecía chocolate y pan tostado,
un brasero de picón, fragantes lápices,
cuentos en la cama y oraciones atendidas.
Y cuando al fin la calma, como un velo,
ingrávida posaba su mano en nuestros ojos
susurraba la casa su canción nocturna
de crujidos tiernos y aleteos de ángeles…

La casa era inconquistable fortaleza
que defendía nuestra infancia.


–CARMEN PIQUERAS–

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