lunes, 26 de marzo de 2007

La salvaje divisa



Abro al azar El sueño verdadero, de Vicente Gallego, y leo:


HOMO SAPIENS

A Luisa Carrillo


¿Desde qué afueras hondas,
desde qué sombra acaso de un reptil primitivo,
desde qué sangre fría,
sangre fría del mundo, o más atrás,
desde qué vida ciega de la primera célula,
desde qué ancestros tuyos,
arrastrando el dolor de la carne mutante,
desde dónde te rapta
la melodía amarga que resuena en el pozo
de tu humana extrañeza?

Cierra ahora los ojos, y déjala que suene
muy crecida en tu sangre la vigorosa voz
que por la sangre clama de los tuyos:
por el cuerpo inocente de aquel antepasado
que la remota bestia devoró junto al río
proceloso del tiempo, por su simiesco cráneo,
por el humano asombro que al sentirse morir
en sus ojos brilló por vez primera,
por la cena caníbal que ilumina la antorcha,
por la antorcha que prende en la piel de una bruja,
por la piel que la espada desmorona de un sueño
que tu alegría entone, imperturbable,
su irreverente salmo en la noche feliz,
que tatúe su fuego en el pecho del mundo
para darle un sentido,
mientras tatúa el mundo en el pecho del hombre
su sin sentido ufano, su salvaje divisa.


* * * * *










Gallego, Vicente: El sueño verdadero
(Poesía 1998-2002)
Volumen DXXIII de la Colección Visor de Poesía
Madrid, 2003

miércoles, 21 de marzo de 2007

La joven de la perla mira a Zagajewski



Casi todos lo días abro un libro al azar. Es una forma de leer muy socorrida cuando se tiene poco tiempo, pero también muy emocionante. A veces aparece milagrosamente lo que busco; otras veces, sencillamente, encuentro; o tengo la sensación de que son los textos los que me encuentran a mí. He pensado que podría ser un juego interesante traer aquí de vez en cuando esas lecturas e intentar ilustrarlas con el tema o motivo a que hagan referencia.

La de hoy ha sido fácil.

He abierto Tierra del fuego, de Adam Zagajewski y he leído:


LA MUCHACHA DE VERMEER

La muchacha de Vermeer, famosa ahora,
me está mirando. La perla me mira.
La muchacha de Vermeer tiene los labios
rojos, húmedos y brillantes.

Muchacha de Vermeer, perla,
turbante azul: eres la luz,
y yo estoy hecho de sombra.
La luz mira a la sombra con altivez,
con indulgencia, quizá con tristeza.


* * * * *







Seguramente, la joven de la perla que en aquel preciso instante miraba a Zagajewski no era otra que la actriz Scarlett Johansson, que interpretó magistralmente a Griet en la célebre película de Peter Webber. Pero he preferido ilustrar esta entrada con la auténtica muchacha del turbante pintada por Johannes Vermeer en 1665.












Zagajewski, Adam:
Tierra del fuego
.

Traducción de Xavier Farré.
Barcelona, 2004.
Editorial Acantilado.




viernes, 16 de marzo de 2007

La mirada sabia


"Roma, 25 de febrero de 1957.

Las piedras de la escalinata de Trinità dei Monti.
Las hierbas entre los escalones me producen
una especie de agradecimiento."

-RAMÓN GAYA, Retales de un diario (1956-1963)-



La editorial Pre-textos acaba de publicar el Tomo V de la Obra Completa de Ramón Gaya (Murcia, 10 de octubre de 1910-Valencia, 15 de octubre de 2005), que recoge las entrevistas concedidas por el pintor a periodistas que, en gran parte, son también poetas. Digo también porque Ramón Gaya fue, además de un pintor verdadero como pocos, un grandísimo poeta y un pensador excepcional, que escribió durante toda su vida y afrontó la escritura con la misma lucidez y trascendencia con que se entregó a la pintura. Los pensamientos de Gaya parecen pinceladas en forma de palabras; sus anotaciones, cartas, ensayos, poemas, diarios, semblanzas, son también pinturas ejecutadas a pulso por su conciencia y su sentimiento de pintor. Velázquez, pájaro solitario; El sentimiento de la pintura; El silencio del arte; Tropiezo y contrariedad de la belleza; Diario de un pintor..., son lienzos, láminas, esbozos o paisajes para nuestro pensamiento con los que Ramón Gaya consigue hacernos ver.

Tal vez sea esta la mayor cualidad del arte verdadero, su fuerza más potente: hacernos ver.

Los pinceles de Ramón Gaya estaban hechos con pestañas de ojos que lo veían todo. Sus pinceladas ágiles y precisas parecen trazos de un delicado alfabeto oriental. Su sensibilidad, su carácter, su presencia, su manera de estar, eran muy orientales -más allá de lo mediterráneo, más allá de lo levantino. Parecía poseer un alma milenaria.


El mundo necesita miradas como la suya.

Por ello no me resisto a transcribir aquí íntegramente su Fragmento de un escrito inédito, en el que profundiza sobre el sentido último de la creación artística, recogido en el Tomo II de su Obra Completa. La editorial Pre-textos me perdone. Al fin y al cabo, tan sólo es un fragmento.

También adjunto, como muestra de su exquisito quehacer poético, su soneto Mansedumbre de obra, en donde reflexiona magistralmente sobre esa cita íntima del pintor con su obra y nos confía de nuevo una enseñanza sin duda extrapolable a cualquier modo de creación.


* * * * *


Fragmento de un escrito inédito


Puede, eso sí, juzgarse lo que hacemos, pero no lo que somos –y aquí es donde se encuentra el nudo de la cuestión–, pues la verdad es que la poesía, la música, la pintura, la escultura, no son en absoluto, como se ha dado por descontado siempre, actividades, las muy bellas y elevadas actividades de ciertos seres de excepción –los artistas–, sino inactiva, pasiva naturaleza carnal, animal, del hombre… común.

No haber visto, no haber comprendido el carácter “común” del arte creador, del acto creador, es lo que más contribuye a desviarnos de su naturaleza verdadera, de su verdadera identidad, de su razón de ser, ya de por sí escondidas y misteriosas. El arte ha sido visto siempre como la meritoria inclinación de unos cuantos –de esa clase especial de hombres que llamamos artistas– y se supone que esa clase de hombres se desvive por componer unas sonatas, escribir unos poemas, pintar unos cuadros; que se las ingenia como puede para fabricar unas “fantasías”, unas “bellezas” con las cuales pagar las ansias de esos otros que llamamos gustadores, amadores, consumidores; todo sucedería, pues, dentro del más perfecto mecanismo económico-social de la oferta y la demanda.

Pero la realidad de verdad es muy otra.; la creación artística no es un asunto personal del artista creador, ni un asunto privado entre el artista creador y el gustador o consumidor de su obra, mas tampoco se trata de nada… social, general; lo “común” de la creación no tiene ningún estrecho carácter… socialista, sino extensamente humano.


La poesía, la música, la pintura, han sido siempre realizadas por unos pocos, sí, pero en nombre de todos. Si se hubiese tenido en cuenta que el arte creador –no el arte artístico, ya que éste si va destinado y dado a un público– no se ha hecho jamás para unas gentes, sino en lugar de ellas, nos habríamos evitado tanta palabrería sobre arte social, o minoritario, o revolucionario, o aristocrático, o burgués, o puro, o útil, o… moderno. El arte creador, hacedor de criaturas, no se dirige a nadie ni a lugar alguno conocido; podría decirse que la creación no va a ninguna parte, sino que… viene, viene de muy lejos y muy dentro hasta alcanzar una superficie real, de la realidad. Es sumamente tonto decir que la obra de Miguel Ángel se hizo al servicio de unos papas o la de Velázquez al servicio de unos reyes; Juan Van Eyck, por ejemplo, pudo él mismo, de buena fe y con ingenua modestia, pensar que trabajaba para unos comerciantes, pero hoy sabemos que no es verdad; el retrato de los esposos Arnolfini fue emprendido, no por honesto y vil encargo, sino porque necesitaba urgentemente pintarse, realizarse; pero no se trataría de una necesidad de los Arnolfini y tampoco de una más extensa necesidad medieval, histórica, ni siquiera de una íntima necesidad del pintor como pintor, del artista como artista, sino de una primaria y tiránica energía del hombre como especie pura, bruta. Escuchar esa voz originaria, antigua, perenne, sustancial, esencial, y obedecer a ella, es lo propio del creador, pero la verdad es que esa voz suena para todos, y lo que pide –porque viene a pedir, a exigir–, nos lo pide a todos; no es una voz especialmente destinada a los artistas creadores, sino una imperiosa voz que suena para el oído total humano, aunque sea, eso sí, oscura, subterránea, que se oye apenas. Es entonces cuando el creador –ese vívido hombre común a quien después llamaremos creador– da un paso decidido, decisivo, hacia delante, y se destaca a pesar suyo de los demás, de todos esos demás que también son creadores, pero creadores mudos, sordo-mudos; es entonces cuando, pasivamente, el creador se decide a tomar en sus manos la enigmática acción creadora. Pero lo que hace no lo hace para sí –¡qué tontería!–, ni para los otros, sino porque… tiene que ser hecho sin remedio, porque ha de estar haciéndose continuamente, y los demás, al parecer, viven distraídos, ofuscados. No es tanto que Fidias, Juan Van Eyck, Miguel Ángel, Cervantes, Velázquez, San Juan de la Cruz, Shakespeare, Rembrandt, Mozart, Tolstoi, hayan hecho esas obras que sabemos, como que nosotros, los demás, los demás comunes mortales, hemos dejado de hacerlas; aceptando ellos, humildemente, pasivamente, ser los autores de esas obras –esas obras que no son obras, sino criaturas–, nos han dispensado de tener que llevarlas a cabo nosotros, ya que se han prestado a realizarlas en su propio nombre y en el nuestro, pues en esos instantes impersonales de la creación, de la creación absoluta, nos representan.


Ramón Gaya
España, 1983


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Mansedumbre de obra


Acude entero el ser, y, más severa,
también acude el alma, si el trazado,
ni justo ni preciso, ha tropezado,
de pronto, con la carne verdadera.

Pintar no es acertar a la ligera,
ni es tapar, sofocar, dejar cegado
ese abismo que ha sido encomendado
a la sed y al silencio de la espera.

Lo pintado no es nada: es una cita
–sin nosotros, sin lienzo, sin pintura–
entre un algo escondido y lo aparente.

Si todo, puntual, se precipita,
la mano del pintor –su mano impura–
no se afana, se aquieta mansamente.


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Si aún no lo conoces o quieres saber más sobre Ramón Gaya, haz click en este título; es un buen punto de partida: Ramón Gaya en Wikipedia: Biografía, Bibliografía, Obra Literaria...


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Ilustraciones de esta entrada: 1. Ramón Gaya a pinceladas, sobre una fotografía de Guillermo Carrión; 2. Homenaje a Takanobu (1972), de Ramón Gaya; 3. Retrato de los esposos Arnolfini (1434) de Jan Van Eyck.

sábado, 10 de marzo de 2007

El comedor de estrellas



He aquí que soy poeta
y mi oficio es arder

-EFRAÍN BARTOLOMÉ-


Llevaba muchos días sin adentrarme en esta senda.
No quería seguir, por el momento, hablando sobre mí o editando cosas mías, y he estado todo este tiempo dudando sobre con qué texto o qué poemas podría inaugurar en este blog una nueva sección en la que dar entrada a aquellos poetas y escritores que a lo largo de mi vida me han tocado verdaderamente el alma. Pero hoy he visto el cielo abierto. Gracias a un amigo ha caído en mis manos El ser que somos, una antología del poeta mexicano Efraín Bartolomé, preparada por él mismo y publicada por la editorial Renacimiento en septiembre de 2006, que he devorado de arriba abajo y sin pestañear.

A Efraín Bartolomé hemos tenido la suerte de tenerlo en Murcia,
gracias a la gestión de un gran amigo suyo, el poeta Eloy Sánchez Rosillo -quien lo había conocido en México en 1999-, en un par de ocasiones, cuando su obra era aún escasamente conocida en nuestra península: la primera, en una lectura programada por el Museo Ramón Gaya el 28 de octubre de 2002; la segunda, tres años después -el 21 de octubre de 2005- en un recital privado para los alumnos de Eloy en su aula de la Facultad de Letras, al que tuve el privilegio de asistir, invitado por éste, junto a un reducido grupo de amigos y poetas. Escuchar de viva voz a Efraín Bartolomé fue en ambos casos una experiencia profundamente gratificante que dejó en mi memoria huellas imperecederas. Porque Efraín pertenece a esa rara estirpe de poetas inmensos que recita con la misma clara y honda perfección con la que escribe.

Nacido en Ocosingo, Chiapas, en 1950, Efraín Bartolomé, psicoterapeuta de profesión, inició su trayectoria literaria en 1982 con la publicación de Ojo de jaguar. Posteriormente publicó Ciudad bajo el relámpago (1983), Música solar (1984), Cuadernos contra el ángel (1987), Mínima animalia (1991), Cantos para la joven concubina y otros poemas dispersos (1991), Cirio para Roberto (1993), Ala del sur (1993), Partes un verso a la mitad y sangra (1997) y Avellanas (1997). En 1999 reunió en un sólo volumen, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, toda su obra poética bajo el título Oficio: Arder. Ha recibido importantes premios literarios, entre los que se encuentran el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1984), el Premio nacional de Poesía Carlos Pellicer (1992) el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (1993) y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1996).


De su extensa y magna obra he seleccionado un poema, el que abre la citada antología publicada en Renacimiento, Invocación, de su libro Partes un verso a la mitad y sangra, que es por sí solo toda una poética. Y, como muestra de su impecable y exquisita manera de recitar, os he procurado un enlace con ese extenso portal mexicano de poesía llamado Palabra Virtual, realizado por Blanca Orozco de Mateos con la colaboración de Dina Posada, en el que se puede encontrar lo más representativo de la poesía hispanoamericana de todos los siglos. De entre los muchos poemas de Efraín Bartolomé que allí aparecen, he escogido El poeta revela a las criaturas el nombre de su amada, de su libro Música Lunar; pero os aconsejo que aprovechéis la visita para conocer más a fondo a este sabio poeta mexicano que ha dicho de sí mismo: "Pero como me conozco bien, he aquí lo que ambiciono ser: un comedor de estrellas, un Balam Quitzé: tigre de la risa dulce. Un servidor fiel de la Gran Madre".


INVOCACIÓN



Lengua de mis abuelos habla por mí


No me dejes mentir

No me permitas nunca ofrecer gato por liebre
sobre los movimientos de mi sangre
sobre las variaciones de mi corazón

En ti confío
En tu sabiduría pulida por el tiempo
como el oro en pepita bajo el agua paciente del claro río

Permíteme dudar para creer:
permíteme encender unas palabras para caminar de noche

No me dejes hablar de lo que no he mirado
de lo que no he tocado con los ojos del alma
de lo que no he vivido
de lo que no he palpado
de lo que no he mordido

No permitas que salga por mi boca o mis dedos una música falsa
una música que no haya venido por el aire
hasta tocar mi oreja
una música que antes no haya tañido
el arpa ciega de mi corazón

No me dejes zumbar en el vacío
como los abejorros ante el vidrio nocturno

No me dejes callar cuando sienta el peligro
o cuando encuentre oro

Nunca un verso permíteme insistir
que no haya despepitado
la almeja oscura de mi corazón

Habla por mí lengua de mis abuelos
Madre y mujer

No me dejes faltarte
No me dejes mentir
No me dejes caer
No me dejes
No.


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(Haz click en este título) EL POETA REVELA A LAS CRIATURAS EL NOMBRE DE SU AMADA

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Nota: la fotografía de esta entrada es obra de Guadalupe Belmontes Stringel, esposa de Efraín, a la que el poeta se ha referido entrañablemente en alguna ocasión como "envés de mi alma".