sábado, 12 de julio de 2008

Quinta reseña


Faro de Punta Almina (Ceuta).

El martes pasado me llevé una gran sorpresa: entré en uno de los blogs jazzeros que visito habitualmente, Jazz Ceuta, y me encontré con que su titular, Santiago, dedicaba su última entrada a La herencia invisible, con una sencillez, un orden, una intensidad y una capacidad de síntesis que ya desearían para sí muchos críticos –y criticados– profesionales. Pero Santiago no es crítico literario: es farero. Farero del Faro de Punta Almina, en Ceuta.

Os cuento.

Santiago Tortosa Muñoz es murciano, y durante nuestra infancia y primera juventud fuimos vecinos. Vivíamos a orillas de la huerta, casi rodeados por ella, en el viejo barrio de San Antón. Su padre y el mío eran amigos, pero Santiago y yo, aunque teníamos la misma edad, por el sólo hecho de estudiar en colegios diferentes nos movíamos en distintas direcciones en aquel paraíso que era entonces Murcia. Él tenía sus primos, sus amigos; yo los míos. Nos veíamos, claro, y coincidíamos a veces, incluso compartimos mesa en más de una comida familiar, pero nunca terminamos de cuajar una amistad propiamente dicha.


Cabecera de Jazz Ceuta.

Una amistad que ahora, al cabo de los años, ha cuajado y crecido a raudales en los últimos meses a raíz de que Santiago, gran aficionado al jazz e impulsor del Festival Jazz Ceuta, diera un buen día con mi blog Sopa de Hielo y tuviera la iniciativa de enviarme un entrañable e imprevisible correo.

Resultado: un reencuentro mágico. Y el martes voy y me doy de bruces con esto.

Gracias, amigo.

¡Y pensar que un ejemplar de mi libro ha llegado hasta allí!

Los libros son palomas mensajeras... Recuerda, Santiago, las nubes de palomas sobrevolando permanentemente nuestro barrio...


El Estrecho de Gibraltar visto por la paloma de la NASA.

jueves, 3 de julio de 2008

Cuarta reseña


(Para leer el artículo, pinchad sobre la imagen.)

El sábado pasado apareció una nueva reseña a La herencia invisible. En esta ocasión, en el suplemento Ababol del periódico La verdad. La firmaba José Belmonte Serrano, profesor de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Murcia, escritor, crítico literario y editor de la sección de libros del citado suplemento, quien hace sólo unas semanas ya nos entrevistó a Javier Orrico y a mí en su programa de Televisión Murciana con motivo de la concesión de los premios de la primera edición de "Los Odres".

Lo que más me gustó fue que destacara, ya desde el titular, un poema tan breve como Ala (cuyo primer verso, por cierto, dice "Ala quieta de instante", no "del instante"). Creo que en esos dos versos se condensa muy bien todo el espíritu del libro.

Gracias, Pepe, una vez más.

martes, 1 de julio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (y 4)


Llegando y despidiéndonos
llegando y despidiéndonos
llegando y despidiéndonos
desde que nacemos
estamos llegando y despidiéndonos.
–ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA-


y IV

Y se hizo de noche. Las casetas comenzaron a cerrar. Y la Feria del Libro terminó de impregnarse de la callada soledad de los cementerios.

Emilio Torné nos propuso entonces a Alexis, a Xino y a mí irnos a cenar de tapas a la castiza y celebérrima Taberna de La Dolores. Por supuesto, accedimos y salimos a paso ligero del Retiro, dejando atrás los libros, nuestros libros, en el sereno reposo de sus panteones, bajo el cielo nublado, sobre la tierra húmeda...

Pero estábamos contentos... La vida, nuestra vida, continuaba. La vida era al mismo tiempo todo lo vieja y todo lo nueva que podíamos desear.

Durante el trayecto, en otra suerte de repentismo eufórico, Xino y Emilio no dejaron ni un momento de contar chistes –algunos, desternillantes– con sus respectivos acentos cubano y jerezano.

La Taberna de La Dolores, sita en la Plaza de Jesús, en el emblemático barrio de las letras de Madrid, es para mí desde esa noche la madre de todas las tabernas. ¡Qué tapas! ¡Qué cerveza! ¡Y encima pagó Emilio!

Una vez saciada nuestra gula, Xino nos dijo: “¡Ahora vamos al bar de unos amigos míos!”. Y nos llevó en un santiamén a un no menos ilustre y popular local de la calle Huertas llamado La Colonial, una coctelería cubana que hace también las veces de restaurante.

Todo lo que sucedió en La Colonial es secreto de confesión. Sólo diré que cerramos el local y que hacía mucho, mucho tiempo que no saboreaba unos mojitos tan genuinos.

Pero Alexis y yo habíamos acordado levantarnos a una hora prudente, rehacer el equipaje y acercarnos de nuevo a media mañana, ya como meros visitantes, a la Feria del Libro. Si queríamos descansar, no nos quedaba mucho margen...

Pedimos un taxi. Xino nos acompañó hasta el hotel. Llovía. Fue entonces cuando me percaté de que había perdido mi paraguas. “¡Hasta siempre, hermano! ¡Cuídate!”.

Una vez en la habitación, le confié a Alexis, como ahora a vosotros, un sueño que había tenido la noche anterior; un breve sueño en el que mi madre, sujetándome el rostro con ambas manos, me decía: “Todo es tuyo porque tú lo haces tuyo”. (¡Cuántos años sin verte, Dolores, ni aun en sueños! ¡Pero qué presente y qué viva te sentí!).

Eran las cuatro de la madrugada. Programé la alarma del móvil para que me despertara a las nueve y, en un cerrar de ojos, nos pusimos a roncar, mecidos por el ronroneo del mar de ron en el que se habían sumido nuestras almas.



A la mañana siguiente, la Feria del Libro parecía otra. Madrid entero estaba allí. Las casetas, los libros, el Retiro..., todo, incluso el sol, parecía haber resucitado de otra época, renacido en un nuevo día sin edad. Almudena Grandes, Rosa Montero, Fernando Sánchez Dragó, Julio Llamazares..., firmaban ejemplares a diestro y siniestro en sus casetas; grandes olas de gentes iban y venían, fluyendo espontáneamente en una suerte de marea natural.

¿Cómo habrían transcurrido los acontecimientos de habérnosla encontrado así el día anterior?

Teníamos poco tiempo. En pocas horas, Alexis tenía que tomar un avión para iniciar una gira como repentista por el archipiélago canario; y yo, el talgo de regreso a Murcia.

Alexis se movía con soltura por entre la multitud. Compró bastantes más libros que yo y fue reconocido en más de una ocasión por dependientes y libreros.

Pero la hora de partir no se hizo esperar. Habíamos quedado en una de las salidas del Retiro con Juan Pablo Muñoz Zielinski para comer. Le pedimos a una buena mujer que nos orientara, pero nos envió hacia otra zona y nos perdimos. Qué gran invento, el móvil. “¡Me he vuelto a perder!”. “¡Sebas, eres la hostia!”. Exactamente igual que cuando llegué, Juan Pablo me fue indicando por teléfono la ruta que debíamos seguir –conoce Madrid al milímetro, lo lleva impreso en su retina– mientras él salía con su furgoneta a nuestro encuentro.

Con Juan Pablo nos esperaba su entrañable y sosegada amiga Oti, violinista, profesora y compañera de viajes musicales. Esa mañana habían estado ensayando juntos.

Comimos en la terraza de un restaurante muy próximo a la estación de Atocha, junto a una curva, sobre la acera. Era una calle estrecha. Los autobuses pasaban a escasos centímetros de donde estábamos sentados. El cielo amenazaba encapotándose. La aventura culminaba. Pero estábamos contentos...

Terminamos de comer con el tiempo justo. Comenzó a llover y Alexis tomó un taxi a Barajas. "¡Te mando un SMS en cuanto llegue!". Temerosos de que, con toda probabilidad, me perdiera de nuevo, Juan Pablo y Oti me acompañaron hasta la entrada al andén desde el que debía tomar el talgo de regreso.

Cuando subí al tren, sentí que la misma lluvia que me recibió me despedía. Me acomodé en mi asiento con la sensación de que mi primera experiencia en la Feria del Libro de Madrid había sido más musical que literaria; me sentía como cuando regreso de un bolo en el que todo ha salido bien, baldado pero feliz, como si me hubieran dado un masaje en el alma, con la inusitada novedad de que ahora no tenía que conducir.

Realicé todo el viaje semidormido, pensando, sobre todo, en los encuentros y reencuentros que me había proporcionado esta aventura...

Conocí personalmente a Esther y a Troglo, fui salvado una vez más por Juan Pablo en el laberíntico Madrid, pude ver de nuevo a Alexis y hablar y convivir con él como con un amigo antiguo...

Y en no pocas ocasiones me encontré, también, conmigo mismo...



viernes, 6 de junio de 2008

Mi paso por La Feria del Libro de Madrid (3)


III

Entre el público se encontraban dos amigos: mi ya mencionado y siempre inaudito ángel de la guarda –como nuevamente apreciaréis más adelante– Juan Pablo Muñoz Zielinski, quien por razones de trabajo se marchó antes de terminar yo mi lectura, y mi fotógrafa de jazz predilecta, Esther Cidoncha, hasta entonces amiga meramente virtual, con quien comparto desde hace aproximadamente un año un diálogo fructífero y una leal complicidad a través de nuestros correos y nuestros blogs; y asistió también un peculiar personaje bíblico, un silencioso Job de ojos azules y largas barbas blancas (me recordó igualmente al mago Merlín, incluso al mismísimo Leonardo da Vinci), quien después de la lectura se nos acercó a Esther y a mí con pasos lentos, sonriendo y mirándonos fijamente, y sin pronunciar palabra comenzó a escribir en trozos de papel, girándolos sin cesar buscando espacios, todo cuanto nos tenía que decir, en términos en verdad metafísicos y poéticos, cuando no ininteligibles.









Después, como exigía el protocolo, Alexis y yo nos fuimos a firmar ejemplares a la caseta de Calambur, con la Feria del Libro pasada por agua y prácticamente desierta. Firmé, en total, ocho ejemplares: cuatro que compraron los amigos más cuatro que regalé yo; ¡lo que no es mal número, teniendo en cuenta que un ocho es un infinito vertical!

Al poco de estar allí, Esther llamó a otro amigo bloguero común (“Se llama Miguel Ángel”, me confesó) al que hasta entonces yo sólo conocía por su alias, Troglo Jones, El Director de Operaciones, gran aficionado al jazz, conversador mordaz e improvisador nato; y cuando éste llegó nos hicimos unas fotos y pasamos el resto de la tarde tapeando y bebiendo fresquísimas cervezas en la carpa-bar de enfrente, charlando mayormente de jazz y brindando a cada momento por nuestro propicio encuentro. “Antonio”, le dije acompañándome con señas a Antonio García, el joven empleado de la editorial, “si alguien quiere que le firme un libro, llámame”. “Vale, descuida”, me respondió cordialmente.

Y llegó la hora cabal. Las aletargadas casetas comenzaron a cerrar sus párpados humedecidos.

Una última cerveza...

“Hasta siempre, Esther... Hasta siempre, Sr. Troglo... Ha sido un inmenso placer conoceros...”.

Después de seis días aún perdura nuevo en mí el sentimiento de celebración por nuestro encuentro, nuestra primera tertulia real, sin píxeles de por medio, brindando con cervezas rebosantes... ¡y con la Feria y el Retiro para nosotros solos!


(Continuará)

jueves, 5 de junio de 2008

Mi paso por la Feria del Libro de Madrid (2)

Cartel del año en que nací

“La lluvia ha sido un elemento prácticamente omnipresente en todas las ediciones de la feria. En 1956 la inauguración tuvo que retrasarse cuatro días por este motivo. Más de un humorista afirmó que la lluvia representaba la reacción de la Naturaleza ante la masiva tala de los bosques para obtener la celulosa con la que se hace el papel. El cómico Evaristo Acevedo incluso propuso —con mucha sorna— que la feria se organizara en ciudades y comarcas con problemas de sequía, y así convertirlas en zonas de regadío.”

Elena Mengual, Carteles con memoria



II

Las 15:15 y Alexis no llegaba. Sonó el móvil: “¡Poeta, voy en taxi y estoy en un atasco! ¡Calculo que en diez o quince minutos estaré allí!”. “He reservado mesa en un bar-restaurante que hay frente al hotel”. “¡Allí nos vemos!”.

Rozando ya las cuatro de la tarde, cargados de maletas y guitarra, hicieron su aparición el poeta Alexis Díaz-Pimienta y su amigo y compatriota Xino Carrasco, compositor, cantante y guitarrista, pidiéndome disculpas entre risas y abrazos.

Comimos, sin duda, mejor que en el hotel. Y al menos cinco veces más barato. Los menús recién cocinados resultaron copiosos y exquisitos, y fueron servidos con sencillez y naturalidad envueltos en un diálogo austero y franco por el camarero.

En el transcurso de la comida, Xino me regaló su primer disco en solitario, Shake it out, e intercambiamos las tarjetas con los correos y los números de teléfono sin dejar de hablar ni un momento, como si nos conociéramos de toda la vida.


“¡Las cinco y media! ¡La presentación es a las seis!”, reparé tras los cafés. Alexis se empeñó en pagar y cruzamos pitando hacia el hotel. Llovía. Xino nos esperó en el vestíbulo tomando un güisqui mientras subíamos a la habitación para que Alexis dejara sus cosas. En una exhalación emprendíamos, a mi paso (¡que Cuba me perdone!), camino hacia el Retiro, muy próximo también, lloviendo copiosamente y con un sólo paraguas –el mío– para los tres. En un recodo del parque salió a nuestro encuentro, sonriente, Juan Pablo Muñoz Zielinski. Y el trío se convirtió en cuarteto.

A las seis menos diez llegamos, renqueantes, a la Feria del Libro. Estaba prácticamente desierta, con todas sus casetas cerradas. "Ya te dije, poeta, que no eran necesarias tantas prisas", dijo Alexis jadeando. Así que, recelosos de que todos los actos hubieran sido cancelados, consultamos al respecto con un vigilante embutido en un impermeable transparente, quien nos tranquilizó diciéndonos que las casetas se abrían a las seis en punto. En efecto. La de Calambur fue de las primeras. Apareció Javier Orrico, director del Premio "Los Odres", paseando plácidamente con su mujer, Teresa, y con su hija; aparecieron Fernando Sáenz y Emilio Torné, los directores de la editorial, serenos y muy cordiales; y poco a poco el inmenso recinto de la feria, rociado por la lluvia, fue salpicado también por pequeños grupos de visitantes que tímidamente pasaban frente a las casetas al tiempo que éstas abrían somnolientamente sus párpados.

El acto de presentación de nuestros libros comenzó a las 18:30 en el cálido Pabellón Carmen Martín Gaite, sobriamente decorado con verdaderas obras de poesía visual. Habló Emilio Torné. Habló Javier Orrico. Torné me presentó. Balbuceé cuatro palabras y leí dos poemas, Losas sueltas y Libélula dorada; el primero lo ilustró musicalmente, con sensibilidad y discreción, Xino Carrasco; el segundo lo ilustré yo mismo con el sanza. Aplausos. Acto seguido presenté yo mismo a Alexis y le pasé el testigo. Leyó al azar siete u ocho magníficos poemas de su libro, acompañado también por la guitarra sutil de Xino. Al finalizar, Emilio y Javier le pidieron, cómo no, que repentizara algo. "¿Sin un triste trago de ron que llevarse a la boca? Bueno, probaremos con agua".

Y de pronto el pabellón ardió con la llama portentosa e integradora del corazón del gran maestro. Xino y yo acompañamos, con guitarra y percusión, aquel mágico torrente surgido del misterio más recóndito, el don arcano de un poeta excepcional. Emilio y Javier se echaban las manos a la cabeza.

Aplausos, sonrisas, más sonrisas y aplausos... Las nueve o diez personas que asitieron al acto desde su comienzo se habían multiplicado por dos cuando finalizó.

(Continuará)

HOTEL VÍA LÁCTEA. La revista 'El coloquio de los perros' dedica un gran monográfico a José Óscar López (Murcia, 1973-2024).

Portada del monográfico realizada por ÁNGEL MATEO CHARRIS. El pasado día 11, auspiciado por la Feria del Libro y el Aula de Poesía de la Uni...