Lo primero que hago todas las noches antes de acostarme y todas las mañanas después de levantarme es salir al balcón y mirar el cielo. Día tras día y noche tras noche les voy diciendo hola y adiós a todos los cielos de todos los días y todas las noches de todos los meses del año. Pero ayer, a las ocho de la mañana, fue octubre quien me dio los buenos días de este modo. Para despedirse a lo grande. Ayer precisamente, víspera de Todos los Santos... ¡Eso si que fue un camino en el aire!
En la mitología de numerosas culturas, el arco iris es el puente que liga lo temporal con lo espiritual, el símbolo de la unión entre el cielo y la tierra. Para los antiguos, su aparición después de una tormenta significaba la presencia de una divinidad benefactora. Sin ir más lejos, para los cristianos simboliza el perdón de Dios. Según la tradición tántrica hindú y budista, el estado más elevado que se puede alcanzar con la meditación es el llamado cuerpo-arco iris, mediante el cual el cuerpo se disuelve en la luz del arco iris y la vida terrestre se muestra como insustancial.
"Pues parece que todo nos esconde / en esta encrucijada que habitamos". Así comenzaba uno de los poemas de Álvaro Valverdeaparecidos en abril de 1987 en aquel número 12 de El Urogallo que ambos compartimos junto a otros poetas, casi todos, por entonces, absolutamente inéditos. Hasta ese momento, Álvaro sólo había publicado un libro (Territorio) y dos 'plaquettes' (Límites y Sombra de la Memoria), pero ya advertíamos en él a un poeta serio, profundo y contemplativo. El paso de los años, su lealtad. su constancia, nos han dado la razón y hoy es, además, un poeta maduro y consagrado, autor de libros como Las aguas detenidas, Una oculta razón, A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre y el que ahora nos ocupa, Desde fuera, que ha visto la luz en Tusquets hace sólo unos meses.
El libro, escrito entre los años 2000 y 2007, está dividido en seis partes. Para esta muestra he escogido seis poemas pertenecientes a tres de ellas. El primero, que corresponde a Desde dentro, fue leído por Álvaro en el Museo Ramón Gaya el pasado día 7 y tuve la osadía de grabarlo con mi pequeña cámara de fotos digital. La calidad de imagen y sonido, que ya dejaba mucho que desear, disminuyó considerablemente al volcar el vídeo en la red; pero ahí queda como testimonio de aquella entrañable lectura en su primera visita a Murcia. He ilustrado el poema, además, con una de las muchas estampas que el magistral Santiago Rusiñol realizó de los Jardines de Aranjuez.
El segundo poema que he seleccionado es el tercero de los cuatro que componen Entonces la muerte, una de las secciones con las que más me identifico. Su forma de hablar de la muerte, de entenderla y sentirla, se parece mucho a la mía. Perdonadme la inmodestia, pero creo que en estos poemas hay versos que podría haber escrito yo. La fotografía que lo acompaña es una composición mía realizada con una calavera de plástico y un esqueleto fluorescente con los que suele jugar mi hijo.
Finalmente, he elegido cuatro poemas de la serie Imaginario, otra de las que por su fuerza y hondura más me gustan. Se trata de poemas inspirados en cuadros del pintor extremeño Godofredo Ortega Muñoz, paisajes secos y semidesérticos que inmediatamente me transportaron a las tierras baldías y los campos de secano de nuestra región, ese otro rostro desnudo del paisaje murciano que tanto atrajo a uno de nuestros mejores paisajistas: Manuel Avellaneda. Es por ello que me he tomado la libertad de ilustrar los poemas con dos pinturas suyas: el tríptico "Entre Albudeite y Campos del Río" y "Tierra seca, I". Estoy seguro de que Álvaro Valverde se estremecería ante esos mares sedientos de Albudeite, Cieza, Blanca, Archena, Campos del Río…, o contemplando desde lo más alto de la Cresta del Gallo lo que nosotros llamamos El Paisaje Lunar. A ver si vuelve pronto a Murcia y los conoce.
* * *
(De DESDE DENTRO)
MEDITACIÓN EN LOS JARDINES DE ARANJUEZ
No es la estación del año más propicia para que el esplendor de estos jardines se muestre por entero. En primavera, el verde renovado de las hojas contrasta con los tonos de las flores; en otoño, es la gama de ocres quien impone belleza a esa nostalgia que destila su zumo de las sombras frondosas del verano. Pero ahora, en invierno, ni siquiera la luz de este sol de febrero, ni la seca y solemne majestad de los árboles, ni el silencio escondido tras el canto de un pájaro son capaces de dar la medida precisa de ese sueño que alguien ideó como réplica del viejo paraíso.
Y, sin embargo, ahí
es donde en realidad está el sentido de esta creación del ser humano: en la apagada música que brota del fondo de un jardín cuando el mundo dispone una ausencia de vida y parece que todo permanece en la muerte.
* * *
(De ENTONCES LA MUERTE)
3
En realidad, no sé si vamos al encuentro de la muerte o si venimos ya de su certeza. No me recuerdo ajeno, de algún modo, a su alargada sombra sigilosa. Estaba allí en lo oscuro, en las estancias, al fondo del pasillo, en la penumbra de aquel mismo rincón en el que ahora estoy acurrucado contra el tiempo. Estaba en las palabras susurradas y estaba en los silencios clamorosos y en los ojos tristísimos y húmedos de mis padres volviendo de la iglesia sin más explicaciones que las tópicas. Estaba allí, sin duda, y siempre ha estado haciéndome la misma compañía y sé perfectamente cómo huele, y las formas que adopta y reconozco, como si fueran mías, sus mentiras. Por eso dudo si vamos a morir o de una vez por todas dejaremos de estar ya en vida muertos.
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(De IMAGINARIO)
II
Otra vida secreta crece ahí, bajo las piedras abrasadas, por entre las retamas.
Ése es el reino oscuro del sombrío alacrán. El luminoso del lagarto ocelado, que bebe el sol candente sobre las rocas.
VI
Amo la sequedad.
Es una mancha que se adhiere indistinta a la propia mirada y produce en el alma un estado sereno.
Es como un filtro ocre que tiñe cuanto vemos del color de las cosas que de veras importan.
Es la clara noticia de la otra ladera: donde ocurren sucesos que carecen de nombre.
X
Este es el negativo de una imagen real.
Detrás de este paisaje desierto y destruido está la fuente umbría que vi entre los alisos.
Tras el eco monótono de la agreste cigarra se esconde el canto puro de un pájaro emboscado.
Oculta este olor seco de hierbas agostadas el aroma fragante de las flores silvestres.
XVIII
Es de otro mar del que proviene este desierto: de un mar originario, anterior inclusive al de las aguas.
El pasado día 7 conocí en persona al poeta Álvaro Valverde, con quien hace más de veinte años compartí un número especial de la revista El Urogallo en el que se hacía un repaso de la poesía joven de entonces. Vino a presentar al Museo Ramón Gayasu último libro, Desde fuera (Tusquets Editores, 2008), y me tomé la libertad de hacerle algunas fotos y grabar con la propia cámara la lectura de uno de los poemas, "Meditación en los Jardines de Aranjuez", que posiblemente reproduzca en este blog siempre que a él no le parezca mal. Después de la lectura, aproveché para presentarme, mostrarle un ejemplar de aquella antología de El Urogallo en la que salían nuestras fotos y regalarle mi último libro, La herencia invisible. Sobre su visita a Murcia ya había hablado Álvaro puntualmente en su cuaderno de bitácora (http://mayora.blogspot.com/2008/10/carta-de-murcia.html), pero hace unos días me dió una sorpresa muy grata publicando esta reseña. No acabo de acostumbrarme a que se hable de mí por mi poesía, pero confieso que me gusta mucho el cariz de los comentarios que hasta ahora ha suscitado mi libro. Muchas gracias, Álvaro. Brindo por un pronto reencuentro.
El pasado 23 de septiembre tuvo lugar en el Museo Ramón Gayala presentación, de la mano de Soren Peñalver, del último libro de poemas de Pascual García, Alimentos de la tierra. El título nos remite de inmediato al de aquel acendrado poema en prosa publicado por André Gideen 1897, Les nourritures terrestres ("Los alimentos terrestres"), del que treinta años después, en el prólogo de la edición de 1927, Gide confesaría: “Escribí este libro en un momento en que la literatura olía furiosamente a artificio y encierro, cuando me parecía urgente hacerla tocar tierra de nuevo y colocar sencillamente en el suelo un pie desnudo”.
Tal vez cabría preguntarse a qué huele y a qué sabe hoy la literatura; pero lo único que realmente me importa es que, con este libro, Pascual García ha colocado y hundido sus pies desnudos, sus manos desnudas y su alma entera desnuda en la tierra que le vio nacer, crecer y hacerse hombre y poeta.
Alimentos de la tierra no tiene prólogo ni le hace falta en absoluto, porque se abre con un verso impresionante que define y concentra como ningún otro el espíritu y la poética que lo alientan: “El agua de la acequia nos bautiza”. Confieso que después de leer tan magnífico endecasílabo, uno de los más logrados, certeros y sobrecogedores (por lo mucho que me concierne) de cuantos he leído en mi vida, no pude dejar de leer Alimentos de la tierra de un tirón.
Poesía de raíz, de savia, tronco, ramas, hojas, frutos. Poesía telúrica. Poesía con denominación de origen. Un tributo a la tierra que nos nutre y a la casa de quienes, labrándola y regándola, nos alumbraron a la vida.
Sirvan estos dos impecables poemas como muestra:
EL PAN DE LA MERIENDA
Nunca olvidaré que fui un niño entre los brazos de una madre buena, que recibí sus caricias en la forma de un don, naturalmente, como nos llega el aire a los pulmones, e ilumina la luz de la mañana nuestro cuarto en penumbra.
Ahora que no está, sé que estuvo siempre entonces, y que su mano guió mis días con cuidado, con ternura, como si fueran mías todas sus horas y todo su afán. Tengo el olor del pan y de sus manos como se tiene una reliquia sacra, y el tacto de su pecho y de sus labios sobre mi piel de niño amedrentado.
Ahora que no está, sé que permanece cerca, junto a mi cama en las noches de fiebre, mientras salmodia unas palabras mágicas y reza por el niño de aquel tiempo que soporta la carga de ser hombre, y que en su memoria y en la mía no se han ido, continúa en la casa de mi infancia y me espera como lo hacía entonces para lavar mi ropa presurosa y preparar la cena y hablar conmigo.
No importa que no esté porque yo sigo volviendo a la casa donde vivió ella; un sillón, una estufa y una mesa es cuanto queda de aquel tiempo antiguo. No han pasado los años, ha pasado aquel tiempo de manos entregadas, el pan de la merienda y las mañanas claras a su lado, el invierno y la escuela, mientras ando por calles empinadas cogido de su mano, bajo un cielo de escarcha y de ceniza, y convengo en que el futuro no existe, que todo es ella en ese tiempo justo y yo soy parte de ese tiempo, de aquella casa, de la nieve en las frías mañanas de febrero, de sus manos entregadas y cálidas en la memoria de su ausencia en vano.
* * *
ANIMALES DE HUMO
Fumaban los hombres en el trabajo y paraban el tiempo; se clausuraba la recolección de la almendra o de la oliva, el tiempo cesaba en el agua detenida, en los bancales áridos, en las acequias impuras de noviembre, donde caían las hojas del otoño. También los albañiles, nosotros los peones dejábamos la carga y nos sentábamos a mirar el cielo, tan fatigados que sólo el humo del tabaco nos consolaba. Fumábamos los hombres y se paraba el tiempo; liaban sus cigarros los ancianos parsimoniosamente, como si el rito de sus dedos fuera una señal del cielo, y hablaban de otra edad, de otras costumbres, del trabajo duro, de las mujeres. Era el humo el olor del pasado y de la tierra. Parados, fumábamos mientras caía la tarde en la extensa orfandad del horizonte. Tosían los hombres y respiraban humo a medianoche, pero en la madrugada, sacaban sus petacas y liaban cigarrillos de sueño y de fatiga. La vida no era un cómputo de días, una sucesión de años sin ventura. Vivíamos con los pies en la tierra y el trabajo en las manos, en la espalda, y un cigarro en los labios encendido. Después, hemos fumado en el amor y en la guerra, en lo bueno y en lo malo, mientras envejecíamos y nada cambiaba a nuestro lado, el sabor del tabaco en las mañanas, el aroma del trabajo y los viajes, las mujeres y el tiempo, todo el humo en la desdicha de reconocernos efímeros, diluidos en el aire, casi espíritus, mientras tosen los hombres, fuman y aguardan el amanecer sumisos como esclavos de la tierra, insomnes, animales de humo, criaturas de ceniza.
PASCUAL GARCÍA, Alimentos de la tierra. HUERGA & FIERRO editores, 2008.
Dos momentos de la presentación de Alimentos de la tierra.
Pero la sorpresa más grande, el acontecimiento literario más importante que septiembre ha propiciado ha sido, sin duda, la aparición del último libro de Eloy Sánchez Rosillo, Oír la luz (Tusquets Editores, 2008), del que os traigo, de la mano de Juan Ballester, una generosa muestra: un total de cuatro poemas que con motivo de la publicación el poeta leyó ante la cámara y que Juan ha tenido a bien colgar en dos blogs: Ramón Gaya(dedicado a la vida, obra y pensamiento del pintor) y Murcia útil(cuyo lema reza: "Un sitio útil para encontrar lo que buscas sin rodeos, pero también un sitio inútil porque sirve para perder un poco el tiempo sin rodeos").
Es preciso que todo en apariencia acabe
para que al fin comience.
Sólo entonces los hechos
de nuestro acontecer desordenado
adquieren poco a poco
la rara consistencia indestructible
del sueño o la leyenda; sólo entonces podemos
comprender lo vivido, completarlo,
y soñar sin temores ni asechanzas,
interminablemente,
la maravilla cierta del vivir.
Cuando pienso, Ramón —después del trance
natural de tu muerte—, en los años aquellos
en los que coincidimos en el mundo,
siento que me estremece
el misterio absoluto que es la vida.
Qué suerte para mí tan inmensa y extraña,
inexplicable y misericordiosa,
fue el que nos condujeran nuestros pasos
—a través de avatares cuyo oculto sentido
cifrado permanece—al día y a la hora y al lugar
en que nos conocimos;
y qué providencial para el que soy
resultó que en sí mismo llevara nuestro encuentro
la bendita semilla
de una amistad tan larga y luminosa.
¿Es esto mero arbitrio
de la casualidad? Es destino y enigma.
A cierta edad, un hombre no se engaña
y sabe lo que ha sido en su existencia
de veras decisivo. No ignoro que sin duda
tú en la mía lo fuiste,
y es imposible y triste imaginarla
sin tu ejemplo constante,
y sin la relación tan duradera
que mantuve contigo y con tu obra.
Sí, yo he estado muy cerca muchas veces
de increíbles prodigios.
Vi surgir tu pintura del abismo del lienzo
y pude contemplar cómo sus formas vivas
lentamente empezaban a respirar despacio
al llegar a este mundo.
Con frecuencia, asimismo,
sabía del fulgor de tus escritos nuevos
antes de publicarse,
y tuve el privilegio de escuchártelos.
Tu obra es patrimonio
de cuantos quieran que les pertenezca.
Pero, además de compartir tan fértil
y tan bella heredad con los que la hacen suya,
yo fui también testigo de tu vida,
y eso sólo unos pocos lo hemos sido.
Ineludible obligación gustosa
y legítimo orgullo
mueven y moverán mi ánimo y mi lengua
al testimonio fiel.
No encuentro en la memoria
lances que te afectaran
y en los que tu persona rayase por debajo
de ti, de la alta imagen
que en quienes te tratamos proyectabas.
Hondura y gravedad no te impedían
ser diáfano y alegre. Nunca he visto
a nadie menos dado a complacerse
en sus propias miserias y desdichas,
aunque al igual que a todos,
e incluso más que a muchos,
la angustia y la tragedia te salieran al paso
y en tu ser pretendieran en vano agazaparse.
Severo y exigente contigo y con los otros
hasta extremosos límites,
mas generoso y comprensivo al cabo,
sin componendas ni renunciaciones.
Ahora estoy acordándome de tus ojos vivísimos,
que hasta el fondo miraban con rigor y ternura.
Y recuerdo tu voz tan íntima y serena,
tu voz que por costumbre, sin excepciones, iba
a buscar las palabras
hasta el origen mismo sagrado de las cosas.
Nada de cuanto digo
se extingue con tu muerte.
Tras esa puerta estrecha, oscura y necesaria
que un día atravesaste,
continúa el camino, ya sin riesgo ninguno
de que discurra por lugar baldío
ni de que, como pudo suceder,
nos resultara ajeno su trazado.
Que los muertos entierren a sus muertos
y la ceniza vaya a la ceniza.
Tu luz y tu verdad
entre nosotros siguen
y han de seguir, tan vivas y tan puras
como en cualquier momento,
limpias de escorias y de contingencias.
Es preciso que todo transcurra y se remanse,
que al parecer concluya para que al fin empiece.
Porque todo está siempre comenzando.
Porque nada termina.
He vuelto a este lugar del corazón, y hay
una luz semejante a la que había aquí
en mis años primeros. Nunca puede olvidarse
la luz de los orígenes:
la recuerdan por sí mismos los ojos.
Tan viva y tan alegre como aquella de entonces,
cae sobre mí, me dora la cabeza
y me ampara las manos.
Pero hoy,
aunque piadosa y dulce,
me llena el pecho de melancolía.
* * *
PALABRAS DE AMOR
Las palabras de amor que pronunciaron
tantos y tantos labios, ¿dónde están?
Surgieron siempre como surgen hoy,
vivas y arrebatadas, misteriosas
ascuas del corazón que dan origen
al más hermoso y poderoso fuego.
Eran y son eternas, pero mueren
a cada instante, cuando las apaga
el tiempo en el ahora tan sombrío
de quienes luminosos las dijeron.
¿Qué sucede con ellas?
¿En qué enigma
se funda su fulgor inextinguible?
¿Qué ley las desbarata y las avienta?
* * *
OÍR LA LUZ
Debo decir que cuando yo era niño
y en el campo veía la densa muchedumbre
de estrellas en los cielos del verano,
además de mirar tanto fulgor,
podía oír la luz: se escuchaba allí arriba
como un rumor de enjambre laborioso.
* * *
ELOY SÁNCHEZ ROSILLO
(De Oír la luz, Tusquets Editores, 2008)