miércoles, 11 de octubre de 2017

Palabras de Francisco Martínez Cuadrado en la presentación de 'La piel profunda'


[Nunca le agradeceré lo suficiente a Francisco Martínez Cuadrado las palabras que nos dedicó a mi libro y a mí el pasado día 5 en el Museo Ramón Gaya. Aquí las dejo para que quienes las escuchasteis de su propia voz podáis leerlas ahora en soledad y en silencio, pero también para que participéis de ellas quienes no pudisteis venir a la presentación. Sólo diré que a mí me emocionaron hasta el desbordamiento. Juzgad por vosotros mismos.]

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Presentación del libro 
LA PIEL PROFUNDA, DE SEBASTIÁN MONDÉJAR
Museo Ramón Gaya, Murcia, 5 de octubre de 2017

FRANCISCO MARTÍNEZ CUADRADO


Tengo el gusto de presentar en este museo Gaya, que merecería mejor trato del que se le viene dando en estos tiempos, La piel profunda, libro de poemas de Sebastián Mondéjar, el quinto que ve la luz. Poeta, músico, pintor… Sebastián es un artista integral, pero, sobre todo, es un artista íntegro que se acerca a la creación desde la más absoluta honestidad. De las muchas definiciones que se han dado de la poesía, la que mejor se aviene con la de Sebas es la que formuló Antonio Machado: “Unas pocas palabras verdaderas”. Es esa verdad poética y vital la que se impone en sus versos, una poesía donde no falta, desde luego el oficio, pero donde se destierra el artificio, poesía que transmite una impresión de sencillez, que no es facilidad, sino naturalidad, observación humilde de la vida y discurrir sereno de la inspiración. Poesía también comprometida, vehículo estético de una ética vital, porque como dice en uno de sus versos “Lo bello está al servicio de lo honesto” (“Víctor Hugo en Jersey”).

La piel profunda nos ofrece un repertorio de temas, debajo del cual subyace una profunda unidad que pretendo poner en evidencia en esta presentación. Por un lado, tenemos poemas que nos hablan del mundo personal del poeta: de sus hijos, de su ciudad, de su hermano. Los poemas dedicados al barrio de San Antón, a sus calles de la infancia son lo más alejado de ese manido localismo que en vano se buscará en los versos de Sebastián. Porque el poeta no solo se refugia en los recuerdos del pasado, en los olores de la infancia (“el azahar de otros tiempos”), en la huerta perdida, sino que tiende su mirada a la cotidianidad, a los “Transeúntes” anónimos, a los coches y los bajos comerciales, incluso a esos chinos que tienen tienda en su calle y en los que acierta a comprender, a pesar de la barrera lingüística, sus emociones y sentimientos, no diferentes de los nuestros (“Pequeña China”).

Los poemas dedicados a sus hijos, así como los que nos hablan de la enfermedad y muerte de su hermano están dotados de una fuerte carga emocional, aunque, o precisamente por eso, el poeta nunca se abandona al exhibicionismo sentimental.  “20 de marzo” es, ante todo, un canto a la bondad humana, al secreto de la filantropía que anidaba en su hermano Jesús, y por eso mismo su emoción es más honda y más sincera. Poesía de consuelo y de esperanza; no de pérdida sino de despedida amorosa.

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Pero Sebastián no es solo, como cabe esperar de un lírico, un poeta del yo, sino, ante todo un poeta del nosotros. Creo que este es su principal valor y su más importante aportación al mundo de la poesía. Tenemos, por un lado, un considerable número de poemas dedicados a los amigos y colegas, a la “tribu”, como él la llama. Compañeros de fatigas musicales en los conciertos o en animadas charlas junto a una hoguera (“Músicos”, “Sol sostenido”, “La tribu”, “Ahínco”). La dedicatoria del libro es clara: “A mi hermandad de amigos, músicos y poetas”. Amigos entre los que el poeta se deja llevar, creándose y creyéndose en ellos (“Amigos”).

Sin embargo, cuando defino a Sebastián como poeta del nosotros no me refiero solo a estos poemas de la amistad. “Me escribo en los demás” (“Dos apuntes para María Teresa”), proclama y, en efecto, nosotros somos todos los lectores, concernidos en una poesía que nos apela continuamente, que nos trata como semejantes y como hermanos (tal como Baudelaire se dirigía a su lector: “mon semblabe, mon frère”), mientras que nos obliga a afrontar las responsabilidades de nuestra vida. En efecto, hay en el libro una defensa de la vida que se transforma en necesidad, en exigencia. Todos tenemos la obligación de apurar esa vida que como inesperado don hemos recibido. Y vivir la vida es hacerlo en armonía con los seres que nos rodean, seres de los que en realidad formamos parte: la piedra, la flor, el cielo, la nube, el mar, especialmente presente en el libro, un mar concreto, reconocible en sus lebeches y sus gaviotas. Hay un poema titulado precisamente "Concordia", hermosa palabra derivada de cum- con-, ‘unidos, juntamente’, y cor, cordis, ‘corazón’: la concordia es la fusión de los corazones en uno solo, como cuando describiendo una gaviota, escribe: “Siento que con sus alas acompasa / el pulso mudo de mi corazón” (“Suspensión”).

El poeta nos llama a fundirnos con el mundo circundante, pues tanto nosotros formamos parte de la naturaleza, cuanto la naturaleza forma parte de nosotros:

¿No sois también mi cuerpo?
¿No sois también mi alma?

le dice a unos “Girasoles”. E insiste en otros poemas:

Todo el cielo en mis ojos.
Todo el mundo en mi oído (“De camino”).

Todo cuanto habitamos nos habita.
Somos huella del paso que hemos dado.

De ahí la necesidad de diluirse en ella:

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas…  (“Parsimonia”).

Fúndeme con el aire y con la luz (“Rezo al sol”).

Otras veces, las propias cosas nos llaman, nos impelen a actuar, a darles la voz que ellas no tienen. Lo vemos en el poema “Víctor Hugo en Jersey”:

Hay horas en las que parece oírse
murmurar a las piedras
contra la lentitud del hombre:
¿A qué esperáis para esforzaros?
Andar, correr, volar, esa es la ley.
Vivir es el deber de todo.

Alcanzamos así a penetrar los hermosos misterios de la vida y de la naturaleza: la luz que nos atraviesa, el silencio del cactus al crecer, la paz solitaria de las playas y de las flores.  Soledad, silencio, paz, los tres dones que pide también para su hijo en el impresionante poema que le dedica (“Versos para mi hijo”).

*

El silencio ocupa un lugar primordial en el libro. Parece una paradoja que un poeta y un músico aspiren precisamente al silencio. Para el caso de la música, la paradoja se resuelve ya en la cita inicial de Ramón Gaya:

La música verdadera… no es algo que suena y que sucede en el tiempo… [es] algo que ya existe, sin duda, antes de sonar… en una especie de silencio vivo.

En cuanto a la poesía, el libro proclama el rechazo de la palabrería, de la grandilocuencia tanto retórica como personal:

Un poeta no es una luminaria
ni porta antorcha alguna; es, a lo sumo,
… una ventana
que no estorba a la luz (“El poeta”).

Preferiría el poeta no tener siquiera que escribir, dejarse atravesar simplemente por esa luz:

Ya casi nunca escribo mis poemas.
Los vivo, me atraviesan, me circundan.

E insiste:

No son tan necesarias las palabras…
Todo lo que escribo es un silencio… (“Dos apuntes para María Teresa”).

Y en otro poema todavía aúna silencio, música, poema y vida, cuatro pilares de su poética:

Yo quiero que la vida sea una música,
un abrazo por dentro.
Yo quiero que la vida sea un poema
que se escribe a sí mismo. (“Un lugar para el alma”).

Parece que en este camino hacia una poesía del silencio, el poeta ha decidido hacer estación en el haiku, esa breve composición que concentra en diecisiete sílabas un destello de esa luz que debe ser la poesía. Sebastián llega de un modo natural al haiku a partir de la copla, especialmente de la soleá, que ya había cultivado en su anterior libro Coplas de arena y del que ofrece alguna muestra en el poemario, como “Intromisión”, o “Escala natural”, formado por haikus que poseen la asonancia de la soleá.

Hay una nutrida colección de haikus en el libro, incluso poemas formados por tres o cuatro de ellos utilizados como forma estrófica. Se une también el haiku a una presencia de lo oriental que se desarrolla en una media docena de composiciones que son versiones de antiguos poetas chinos. Como cabe esperar no hay en estos poemas ningún deseo de exotismo ni de erudición poética. El haiku nos descubre una naturaleza al mismo tiempo sencilla y deslumbrante, tan cercana a los poetas japoneses como pudiera estarlo del Canto de las criaturas del santo de Asís, cuyo ideal de sencillez y armonía natural no es muy diferente del que descubrimos en este poemario.  Ocurre también con los dos poemas inspirados en cantos navajos, donde no se busca lo diferente y extravagante, sino precisamente lo que hay en ellos de universal, de anhelo humano de armonía, felicidad y belleza. Lo vemos, por ejemplo, en “El coro”: inspirado en un canto navajo, alberga también dos haikus y algunos endecasílabos, siempre excelentes en la pluma de Mondéjar. La tradición literaria de tres continentes se une en este poema, en un proceso que debe ser lo que los músicos llaman fusión, aunque lo que realmente le importa al poeta no es lo extraño y peregrino, sino lo que me atrevo a llamar el universal humano.

De silencio se forma también esa piel profunda (nueva paradoja, pues asociamos la piel con lo superficial, lo epidérmico), que da título al libro:

Un silencio tras otro.
Una cueva dentro de otra cueva.

Esta piel es su frontera y su reverso, su corazón callado. Es, sobre todo, la conciencia del poeta. La componen capas de pensamiento y de vida, pues si, por una parte, está formado por la introspección y la mirada interior, por otra se teje con los hilos de la vida, tanto la que se descubre en la armonía con la naturaleza, como la que es suma de todas las vivencias cotidianas, de las cosas menudas pero importantes de nuestros días. En este sentido me parece especialmente revelador el poema titulado “Tejido”: el tejido de esa piel profunda es la lluvia y las hojas, pero también los hijos y sus problemas, los ruidos de la calle, hasta la voz de un camarero, porque nada es intrascendente en el mundo que se nos ha dado vivir:

Todo se mezcla, todo se sucede,
todo late en mi piel como una música
que escucho y hago mía en el silencio.

Esta es la esencial unidad del libro a la que me refería al principio de la presentación. Volverá a reunir estas ideas en el poema que cierra el libro “Coda”, donde incluye también esa apelación al lector, al nosotros esencial de su poesía. Pero este poema es tan importante que creo que corresponde leerlo al propio poeta.

*

He intentado ofrecer en esta presentación una lectura e interpretación personales del libro de Sebastián Mondéjar. Quedan otros aspectos del poemario por explorar: los temas de la desposesión y la desnudez, de la memoria (en el excelente “Parsimonia”) y, desde luego, de la música, sobre la que he pasado de puntillas en esta presentación, pese a su importancia.

Y, por supuesto, quedan otras lecturas, convergentes o no con la que yo he hecho. Por eso os invito a todos a sumergiros en esta piel profunda, a leer estos versos, que Sebastián nos ofrece —y termino con un verso suyo—  como las flores sus pétalos: “lo más bellos y exactos que se pueda”.

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[Fotografias: Raspabook.]

domingo, 20 de marzo de 2016

20 de marzo

















Quién lo diría... Hoy se cumple un año de la muerte de mi hermano Jesús, tras un duro y largo proceso en el que jamás dejó de darnos una enorme lección de vida, valentía y dignidad. Aquel 20 de marzo, de madrugada, unas horas antes de que nos dejase, escribí este breve poema que hoy comparto por primera vez...
Muchos besos y abrazos, querido hermano... Siempre fuiste un hombre de pocas palabras. Tu sonrisa y tus ojos lo decían todo. Estés donde estés, sigues vivo e indemne en nuestro recuerdo, libre y alegre en nuestro corazón...


20 DE MARZO

A mi hermano


Es madrugada y llueve.
Por la gasa del cielo
sólo asoma una estrella.

Siento que es tu mirada, tu adiós último.

Nunca pudo el dolor
arrancarle a tus ojos
la flor de tu bondad.



(Murcia, madrugada del 20 de marzo de 2015).

Fotografía: Parque de la Seda, 1 de febrero de 2014.

martes, 2 de febrero de 2016

La cabina



Observad a este hombre. Tal vez algunos (muy pocos) lo reconozcáis, y es probable que a otros os suene de algo, sobre todo si sois de mi generación u otra colindante. Lo cierto es que a mí me acompaña como una segunda piel desde hace treinta y cinco años, aunque nunca nos hayamos conocido ni visto frente a frente. Y eso que un día nuestros destinos se cruzaron (¡y de qué modo!) y llegamos a estar durante escasos segundos a apenas metro y medio de distancia. Él, sin embargo, ni supo entonces ni sabe aún de mi existencia, lo que no deja de ser una paradoja teniendo en cuenta que gran parte de ella, al menos tal y como la he vivido hasta hoy, se la debo a él precisamente. A él y a los dioses de la divina tragedia de la vida que repartieron los roles y determinaron sin previo aviso los acontecimientos que voy a relataros, por los cuales no he dejado de tenerlo muy presente a lo largo de todos estos años. El otro día, por fin, decidí indagar en la Red para saber qué es de su vida. No tuve que enredarme mucho para dar con él, ya que se trata de un veterano periodista y un escritor reconocido, con una trayectoria humana y profesional y una hoja de servicios impresionante, que ha dado y sigue dando aún mucho que hablar... ¡No es para menos! 

Yo hice la mili en Madrid, en la Compañía Nº 11 de la Policía Militar de Campamento. Sí, la misma que acordonó el Congreso la noche que éste fue secuestrado por Tejero (una historia que, como la que os quiero confiar ahora, sólo conocen unos pocos amigos y familiares y a la que me referiré en otra ocasión). El 29 de diciembre de 1980 cargaba ya a mis espaldas un eterno año de mili (me licencié el 27 de febrero de 1981, cuatro días después de la intentona) y me encontraba casualmente de permiso, pasando la tarde en casa de unos amigos en la calle Bernardo López García, en el castizo Barrio de San Bernardo, cuyas cuestas desembocan en la Gran Vía y en la Plaza de España. Alrededor de las 21:30 decidí salir a llamar a mis padres por teléfono, pues tenía que darles una mala noticia: me habían asignado varias guardias casi seguidas durante esos días y no podría pasar el fin de año con ellos. Me puse el chubasquero militar y, como hacía bastante frío, me cubrí con la capucha la cabeza rapada y las orejas. Bajé raudo por las calles Juan de Dios y San Leonardo y llegué a Princesa, bordeé la fachada del Edificio España hasta su esquina con la calle Reyes y me dirigí a la cabina situada junto a la boca del metro. Cuando llegué frente a ella, vi que estaba ocupada por un hombre. Nadie más esperaba. Yo no tenía prisa alguna, pero tras permanecer allí unos segundos giré la cabeza y advertí que en la acera de enfrente, justo a orillas de la Plaza de España, había un par de terminales exteriores, por aquel entonces aún muy novedosos, protegidos tan sólo por una pequeña mampara... No recuerdo exactamente qué me impulsó a desistir tan pronto de la espera y decidirme a atravesar la calle Princesa, siempre abarrotada de gente y de vehículos pero más si cabe durante las fiestas navideñas... Sí, claro: aquellos terminales estaban libres; y es posible que el frío y lo poco que me gustan los plantones hiciesen el resto. Lo cierto es que me bastaron unas pocas zancadas para atravesar la calzada y en un santiamén había descolgado ya el teléfono y comenzado a marcar el número de mi casa..., nueve, seis, ocho, dos, uno... Y de repente... 

La explosión fue descomunal, indescriptible... Por suerte para mí, la pequeña mampara telefónica amortiguó la onda expansiva. Asomé, incrédulo y aturdido, la cabeza y contemplé un espectáculo dantesco, cuasi virtual: una enorme y densa columna de humo y metralla lo cubría todo y superaba con creces la altura del Edificio España, mucha gente corría despavorida..., pero el tiempo se había congelado. Porque esa gente corría, sí, pero absolutamente quieta. El humo y los miles de fragmentos de metralla permanecían inmóviles, suspendidos en el aire, como en una gigantesca imagen tridimensional... En aquel instante eterno, mientras todo permanecía así, mudo y estático, comencé a escuchar gradualmente cláxones, gritos, silbatos y sirenas de la policía o de las ambulancias y volví a la realidad, esto es, a tener conciencia de lo que en verdad había pasado... Solté el teléfono, lo dejé colgando y, obedeciendo únicamente a mi instinto, eché a correr como si me fuera la vida en ello hacia el único lugar en el que podría sentirme a salvo en aquel momento: la casa de la que había salido diez o quince minutos antes. Pero de pronto, en el fragor de mi huida de aquella escena terrible, pertrechado y encapuchado como iba, me vi a mí mismo como a un sospechoso y, pese a mi conmoción y mi desasosiego, frené bruscamente mi carrera. 

Mis amigos de la calle Bernardo López, claro, fueron los primeros a los que conté lo sucedido. En un principio creímos que el atentado había sido, una vez más, obra de ETA, ya que en aquellos tiempos asesinaba día sí y día no. Los segundos en enterarse fueron mis padres, a quienes llamé al día siguiente nada más leer en la prensa el verdadero relato de los hechos... 

El martes, 30 de diciembre de 1980, El País titulaba en su edición madrileña: “Siete heridos por la explosión de dos bombas en Madrid. El subdirector de Pueblo, José Antonio Gurriarán, grave. Un grupo armenio reivindica los atentados”. Intentaré ahora resumir esta y otras noticias difundidas en los días, meses e incluso años posteriores, ya que estos atentados trajeron tanta cola, es decir, tuvieron tantas consecuencias, que la última de ellas (hasta el momento) la conocimos hace apenas unos meses... 

Bien. El lunes 29 de diciembre de 1980, alrededor de las 21:30, José Antonio Gurriarán, a la sazón subdirector del diario madrileño Pueblo, salió de su trabajo con la intención de ir con su esposa a ver una película de Woody Allen. Sobre las 21:35, estando ya a las puertas del cine Pompeya, escuchó una explosión muy próxima. Su curiosidad y su compromiso profesional hicieron que se acercara a ver lo sucedido: acababa de estallar una bomba en las oficinas de la compañía aérea norteamericana TWA, sita en la Gran Vía. Sin pensárselo dos veces, corrió a la cabina más cercana para avisar al diario de lo sucedido. «Acaba de estallar una bomba”, alcanzó a decir; pero su llamada quedó interrumpida por la explosión de un segundo artefacto de mayor potencia ante las oficinas de la compañía Swissair, ubicada en el Edificio España. La bomba estaba colocada en el suelo, al pie de la cabina ocupada por Gurriarán, en el hueco que había entre ésta y la barandilla de la boca de metro. La cabina saltó por los aires, y José Antonio Gurriarán sufrió heridas muy graves (sobre todo en ambas piernas) que casi le cuestan la vida y le dejaron secuelas de las que nunca ha conseguido recuperarse del todo. Pero sobrevivió... 

«He pasado la situación más dura y, a la vez, más interesante de mi vida, porque he visto muy cerca el calor de la muerte. Me he salvado porque me he negado a morir», confesaba Gurriarán en una entrevista al poco de regresar a su domicilio (casualmente pocas horas antes de la intentona golpista), tras permanecer dos meses internado en el Hospital Clínico de Madrid, en el transcurso de los cuales tuvo que someterse a cuatro complicadas operaciones quirúrgicas y a numerosas transfusiones de sangre. Pero tanto sufrimiento comenzó a dar pronto sus frutos... «El bombazo me ha hipersensibilizado contra la violencia y el terrorismo. Rápidamente pensé que tenía la obligación moral de escribir un libro pacifista dedicado, sin rencor, a todos los terroristas del mundo. Por eso, a partir del séptimo día de estar hospitalizado empecé a grabar en un magnetófono algunas ideas que me surgían entre nebulosas”, afirmaba en aquella entrevista. Un año después, ya mucho más recuperado, Gurriarán se reunió en Líbano con los autores del atentado, el grupo terrorista Octubre 3, fracción del ESALA (Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia), algo que en algunos foros fue calificado poco menos que como “el colmo del síndrome de Estocolmo”. Pero, fruto de aquel encuentro, en 1982 salió a la luz La Bomba, publicado por la Editorial Planeta, un libro en el que contaba toda su odisea y que ha llegado a alcanzar gran repercusión internacional, ya que hace unos años fue reeditado en Armenia y, más recientemente, en Francia. Más aún: en mayo de 2015 el director de cine Robert Guédiguian presentó en el Festival de Cannes la película Une histoire de fou, basada en este libro, que aún no he visto pero que tengo muchas ganas de ver...


Robert Guédiguian y José Antonio Gurriarán




En fin..., hasta aquí mi relato (absolutamente verídico) de toda aquella experiencia. Sólo añadir que, en mis ya muchos pero cortos años de existencia, he pasado por no pocos trances tan imprevisibles como peligrosos y he salido indemne de todos ellos por los pelos (de ahí, seguramente, mi calvicie). La vida da muchas vueltas, sí, pero siempre he sido consciente de que en cualquier momento se puede detener de un modo brusco. Aquel lunes, 29 de diciembre de 1980, yo vi cómo el mundo se paraba. Y aquí sigo todavía, treinta y cinco años después, sano y salvo para contarlo; o, dicho de otro modo, vivo aún por accidente... Porque el azar no hace distingos. De haber llegado a la cabina tan sólo unos segundos antes, la habría encontrado vacía y la bomba me habría estallado a mí. También si hubiese esperado a que se desocupara. En el primer supuesto, he imaginado muchas veces a José Antonio Gurriarán, movido por el apremio de informar a su periódico tras escuchar la primera explosión, corriendo en busca de esa cabina, llegar ante ella y, al ver que estaba ocupada por mí, hacer exactamente lo mismo que hice yo cuando lo vi a él dentro: esperar unos instantes eternos a que la desocupase, girar instintivamente la cabeza, percatarse de que al otro lado de la calzada había un par de terminales libres, dirigirse hacia ellos sin dudarlo (aun teniendo que atravesar la concurrida calle Princesa, tan saturada de gente y tráfico en aquellas fechas) y, una vez allí, mientras marcaba el número de su periódico para informar del atentado, escuchar la impresionante segunda explosión, sentir cómo se paraba el mundo y permanecer unos instantes aturdido..., salvo que él no habría soltado el teléfono ni huido de la escena tan atemorizado como yo. Al día siguiente, los periódicos y los noticiarios habrían hablado de mí, y no de Gurriarán. A él sólo le habría correspondido ejercer su apasionante y comprometido oficio, informar de ambos atentados y narrar lo cerca que estuvo de que aquella segunda bomba le estallase también a él, bien por haber encontrado vacía la cabina, bien por haber esperado tan sólo unos segundos a que yo la dejase libre. Y pienso que es más que probable que, en tales circunstancias, José Antonio Gurriarán se hubiera preocupado por mí y hubiera incluso procurado conocerme personalmente, a fin de contármelo todo más o menos como yo os lo he contado ahora...


jueves, 18 de octubre de 2012

Adiós a José Luis Parra


José Luis Parra [Fotografía: Susana Benet]

Cómo es la vida. Hoy he recibido de manos y boca de mi amigo José Rubio el último poemario publicado por José Luis Parra y, a la vez, la noticia de su muerte. Sí. Ayer, 16 de octubre de 2012, falleció en Valencia el poeta José Luis Parra, nacido en Madrid en 1944, "víctima de una larga enfermedad", como anuncian eufemísticamente los periódicos. Su cuerpo ha sido inhumado hoy al mediodia en el cementerio de Quart de Poblet.

José Luis vivió la mayor parte de su vida en Valencia, pero solía visitar con relativa frecuencia Murcia, donde tenía y seguirá teniendo muchos lectores y un grupo considerable de amigos y poetas muy queridos; de hecho, llegó a vivir en Murcia una larga temporada a principios de la década de los ochenta (yo lo conocí en esa época, aunque no llegué a entablar con él amistad alguna), años antes de publicar su primer libro, Más lisonjero me vi (1989). Posteriormente fueron apareciendo en Ediciones de la Guerra/Café Malvarrosa títulos como: Un hacha para el hielo (1994), Del otro lado de la cumbre (1996) y La pérdida del reino (1997); y en la editorial Pre-Textos: Los dones suficientes (2000), Tiempo de renuncia (2004) y De la frontera (2009), hasta desembocar en Inclinándome, que terminó de imprimirse el 17 de septiembre de 2012 y ha salido a la luz hace apenas unos días.

La última vez que lo vi fue, se dice pronto, hace once años y medio, exactamente el 6 de febrero de 2001, con motivo de la presentación de Los dones suficientes en el Museo Ramón Gaya. Fue entonces cuando por primera vez pude intercambiar con él unas pocas palabras, nuestras direcciones postales y nuestros números de teléfono. Unos años antes ya lo había conocido como poeta gracias a Eloy Sánchez Rosillo, quien tuvo la gentileza de regalarme Del otro lado de la cumbre. En ese libro descubrí desde el primer verso a un poeta hondo, humano, lúcido y verdadero que, de uno u otro modo (releyendo sus poemas, recordando su figura o su manera de ser y de vivir la vida) ya nunca ha dejado de acompañarme.

De su último libro, su título nos lo dice todo. Pero esa inclinación no obedece tanto a un servil o derrotado acatamiento como a una digna y reverencial aceptación ante la muerte; por eso he optado por recoger aquí este breve poema, esta pequeña joya en la que el poeta, precisamente, se inclina para regar sus macetas y siente que, así, el mundo se renueva:


REGAR LAS PLANTAS

                                   A Elena Cortell

Primeros trinos,
ténues, en el alba estival.

Salgo al balcón y riego las macetas.
Al inclinarme noto que envejezco.
Pero cómo consuela, con los años,
esta alegría, este ritual, el chorro
de agua sobre las hojas.

Qué verde y fresco,
como recién creado,
gotea el mundo.


JOSÉ LUIS PARRA
Inclinándome
Pre-Textos
(2012)


* * *

viernes, 18 de mayo de 2012

'La traición de la memoria', de Antonio Gómez

Desde el pasado 20 de abril y hasta el próximo 26 de junio, el pintor Antonio Gómez Ribelles muestra en el Palacio Molina de Cartagena su obra más reciente, titulada La traición de la memoria. Se trata de una exposición poliédrica, un conjunto armónico y multidisciplinar concienzudamente proyectado y articulado en el que se aúnan pintura, poesía, fotografía, escultura, diseño gráfico, imagen y sonido, y en el que he tenido el privilegio de colaborar con una modesta ambientación sonora para el vídeo “Parsimonia”.

En La traición de la memoria, claro, el traicionado es el olvido. Antonio Gómez ha rescatado antiguas fotografías familiares que luego ha desmenuzado y reinterpretado, entretejiéndolas y reordenándolas con sus recuerdos y vivencias interiores, y ha hecho emerger en nuestro ahora un mundo, un tiempo y un espacio de otro ahora plenos de símbolos, luces, sombras y sueños de la razón que nos acogen como un paisaje orgánico, una casa de campo, una entidad viva.

En suma, un otro ahora atemporal que sigue estando aquí, que es siempre ahora.

En este enlace podéis ver el catálogo completo de la exposición: http://wwwe.cartagena.es/invitacion/agomez.pdf, que, como comprobaréis, contiene unos textos preciosos de José Luis Martínez Valero y el propio Antonio Gómez.

Por lo demás, me he atrevido a pergeñar este poema, nacido de las impresiones que la exposición suscitó en mí:


PARSIMONIA

Para Antonio Gómez


Sin memoria no hay juicio, no hay conciencia.

La memoria es aljibe
de una casa viviente.

Eco que nos traduce.

Todo cuanto habitamos nos habita.
Todo paso que damos deja huella.

Saca del continente el contenido, extrae
del corazón del fruto la simiente
y ocupa su oquedad.

La semilla eres tú.

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas.

Surca el mar de la luz y de la sombra,
navega con sigilo en el silencio
que todo lo circunda e, igual que un caracol,
imprime en el estuco de la noche
-blanco velo lunar de la memoria-
la estela luminosa
que una conciencia agreste y distraída
descubrirá en el borde del aljibe.


[Murcia, 8 de mayo de 2012.]


domingo, 13 de mayo de 2012

Dos poemas de José Moreno Villa


Abro al azar Poesías completas de José Moreno Villa y leo estos dos poemas:


ENTEREZA

En el nombre del verbo que a la rosa espolea,
que al mastuerzo fustiga y al heliotropo empuja,
quiero animar el coro, y no aventar más lágrimas
si no son como estrellas.

¿Qué más da que la nube cubra el signo del alba?
También las olas tapan árboles de corales.
Y nosotros tapamos las ramas coralinas
que nos dan existencia.

Lo importante es saber que las cosas se esconden;
y después, descubrirlas; y despues, manejarlas:
situar el lucero sobre vivos corales
y avanzar lentamente.

La vida es un poema trágico -ya lo sé-,
pero, habiendo pasión, la tragedia es hermosa.
Vengan, vengan misterios, nubes, telones, gasas,
y pasión para henderlos.

* * *

NO HAY CONSEJO POSIBLE

Fuera lógico, amigo, que al final de la vida
pudiéramos legar una norma o un consejo,
práctico, de moral o de táctica alegre;
algo para vivir con dignidad y gusto.

Porque mi angustia es ver con entera evidencia
que la vida es más grande, más llena de posibles,
más honda, más extensa, más íntima y sensual
que la tocada en suerte a cada ser humano.

Pero, amigo, no hay lógica. La experiencia no sirve.
Cada momento es nuevo hasta el rato final.
Todo cambia al contacto de nuevas convergencias.

Por eso los abuelos decían "Ya veremos...
Ya veremos qué día se presenta mañana."
Y es que cada minuto viene en combinaciones.

* * *

[José Moreno Villa en Voz en vuelo a su cuna (1955).
Poesías completas. Edición de Juan Pérez de Ayala.
COLEGIO DE MÉXICO / RESIDENCIA DE ESTUDIANTES, 1998.]


lunes, 23 de abril de 2012

Un poema de 1986




LOS CIELOS INQUIETANTES

Los cielos inquietantes se asoman a los días,
al barro de los días, a nuestra edad sin tiempo.
Los cielos inquietantes nos muestran silenciosos
nuestro destino extraño, nuestro único fin.


[Publicado en En un camino en el aire, Editora Regional de Murcia, 1994]


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lunes, 9 de abril de 2012

Dos poemas de 1977




ADELFAS

Dos a dos nuestras horas cantan a la luna, el miedo
coge adelfas por entre los vientos.
Dos a dos se alejan las aves hacia las mil noches,
sus alas cruzándose amorosas, rozando la cabeza
de la eternidad.
En una noche sembraré rocíos de mi cuerpo vivo,
cuando en mi soledad me conozca tanto
como conozco las estrellas.

Ercid Scaguer, entre los hombres te vi pasar como alegre,
abriendo tus manos hacia todo con mágica destreza.
Oh, brujo, se produce el milagro del verso.
El ave grande te subió a su espalda tranquila, el sol
tímido tomó tus cabellos de oro,
bordó los suburbios de azares, de símbolos, de frescura.
Ercid Scaguer, y tú habías muerto.

Sí y no sufro por la cortedad de tu olor y el tiempo escaso.
¿Qué me sucede estos días, amor, de fruto en vano y de silencio?
Me dicen las hojas, amor, devotamente me lo dicen,
que tu pureza de ahora y tu suspiro,
tu ternura y tu océano más bello
arrancan de las nubes caricia inmensa.
Me dicen los gamos que siembras dibujos y estrellas
y que hasta mí desciendes desde el Mediterráneo.

Cogió el ballestero las redes y las casillas. De su pecho
crecieron las piñas y el hacha,
de su tronco la gris arena, el agua amarga
y los desdenes.
Corrieron al monte las adelfas, pobremente calladas,
sufriendo al sol.
Llevaron marinas a Carmen Rózar the column,
que estaba celando a su hombre muerto
en una noche de febrero.


[Murcia, 24 y 27 de junio de 1977. Publicado en Un camino en el aire. Editora Regional de Murcia, 1994]


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LIBERTAD HACIA DENTRO
(Inédito)


I

Por qué el sol es esta soledad que te circunda como un reptil de fuego que reposa en las plantas. Vas hacia tu reencuentro y te ilumina. Siempre con esa fuerza que te pica, siempre con ese atril de luz que te provoca. Estás confuso. No dudas en decirlo. Y sin embargo todo eso te es inevitable y te anuncia la hora, que es mentira, pues sabes bien que no es definitiva.

Te busco y te deseo, pérdida entre las nubes. Con mis manos, con mi boca. Tal vez ya estás aquí. Recorro con los ojos las distancias. Son enormes.

- ¿A quién llamas?
- A nadie.
- Yo soy Nadie.

De una estrella a otra, de un alud a una ladera mi cuerpo permanece inmóvil. ¿Es esto un comienzo o una continuación? De nuevo estaré solo. Escucho los fraseos de una alondra. Partículas de ritmo. De desintegración.

La lluvia es un extenso pasadizo, un cauce al mar, y cada gota un poderoso océano. Las aves comprendieron el riesgo de ser libres. Acróbata en el agua, tus ojos entornados no trazan un camino. Aprecias el peligro, la sal en la saliva. Sientes tus propios límites tan pronto como saltas, sientes tu propio juego tan pronto como asombras. Transcribirlo te llevaría siglos. Escucha el corazón de las arenas, escucha cómo laten los instantes. Descifra lo inefable de un segundo. Penetrará en tu alma.

Cuántos años, cuántos y pocos años en tu cuerpo.

Y contemplas las piedras que a menudo acaricias para sentir su peso, la vívida presencia del peligro que dilata las horas.

Los ritos se insinúan, los instantes, los posibles disfraces de la cara, los pómulos, la boca. Nuestros hábitos, nuestras obligaciones. Ya se irá todo, lo impreciso, lo ingenuo, la vigilia. Habrá una puerta que se abre no sé cómo hacia un mar, un estante vacío, algún libro en tus manos. Esto es. Y sin embargo sé que es algo más, tanto más cuanto que desaparece, una lluvia o un riego en la sangre. Y se adivina cada gesto, cada relación inclinada al vacío. Allí es fácil que algo se repita. O carecer de alma, extraviarse allí donde uno es arbolado, volcado en las ideas.

Y te abandonaré al azar de un mañana intranquilo, para que verifiques. Tus deseos desbordan los lenguajes. Para que no suprimas las voces de la sombra. Descifra sus mensajes, lo nocturno, las frases encauzadas al olvido. Y no preguntes, no escuches el tiempo. Yo abrazaré tu cuerpo ausente. Yo te veré en la sombra.



II

Siempre cercano al agua, como el fuego egipcio, como el fuego que viaja entre los árboles, siempre cercano al cielo, abrazado a las piedras, consumiendo las ramas y las hojas con la ayuda del viento. Qué te dicen, tan lejos y tan cerca del lenguaje, los símbolos, tan vivos. Ocultan algún rastro, destruyen los caminos. Las voces de la hiedra, los trazos de la hiedra son tu nombre. Y por qué te sonríen. Por el mar, por tu alma de mar. Tú callas y te olvidas, y es lo mismo. Ni el túnel, ni la luz de los espejos. Te alejas de las horas, de las torres, del mar y de las naves hacia el cielo versátil, impreciso. Tus ojos en declive descansan en la bruma. O buscan otro fuego.

La soledad es tu reino, es tu riesgo, es el viento. Sí, la realidad es muda como el aire. Pero el viento transporta las palabras y su frío te hace sonreír: regresa a la ceniza, se esparce de la tierra a las estrellas. Flamígera alegría. Contemplas el desorden, la plata que se esconde indiferente, pues qué importa. Qué importa tu mirada tan sola hacia el silencio. Los ríos y la noche no los expresa el hombre. Me llega tu mirada, solitaria nieve. Eres música sobre las profundas aguas.

Libertad hacia dentro. Donde el silencio es un dios y la soledad un sueño único.


[Murcia, 1977]

lunes, 5 de diciembre de 2011

Dos coplas con telón de fondo


Eduardo Rosales: El naranjero de Algezares (1872).

[A UN CUADRO DE ROSALES]

¿Como se llamó este hombre
que pintó el maestro Rosales?
Sólo nos queda este nombre:
Naranjero de Algezares.

Miradlo, se le ve el alma.

Y junto a él, pensativo,
su asno dignamente orlado,
tan cabal y recogido
que al verlo me he preguntado:

"Y el burro..., ¿cómo se llama?".



* * *




Alejandro Franco: Calabaza (2011).

[A UNA CALABAZA QUE PINTÓ ALEJANDRO FRANCO]

Esta va para Alejandro,
pues sé que le gustará,
porque revela de un tajo
una rotunda verdad:

El que te echó en su capaza,
por ella se fijó en ti.
¡Cómo luces, calabaza,
tu profunda cicatriz!



[S. M., noviembre de 2011]


* * *

lunes, 28 de marzo de 2011

Greguería de Ortega


"Va tan tranquilo el caminito de tierra, y de repente -¡zas!- el camino de hierro lo atraviesa. Es cuestión de un instante, pero muy dolorosa, muy quirúrgica. Es una doble inyección de hierro que perfora el cuerpo del camino de tierra, lo traspasa de parte a parte. El pobre camino queda para siempre enfermo de aquel sitio, y es preciso entablillarlo con las dos vallas del paso a nivel y ponerle un practicante que vigile al lado. Con frecuencia, al pasar, vemos el trapo empapado en sangre que el practicante agita en señal de peligro."


[José Ortega y Gasset en Notas del vago estío (1925)]


sábado, 29 de enero de 2011

La soledad de las estatuas


Carmen Piqueras (foto: Marina Nicolás)

Anoche, unos cuantos amigos recibimos un precioso correo de nuestra querida amiga Carmen Piqueras. El asunto rezaba: "Como no tengo un blog...", de modo que, tras animarla una vez más a que se hiciera uno, le pedí permiso para publicar su poético reportaje en este casi olvidado y solitario camino, a lo que ella accedió de inmediato. Lo transcribo, pues, íntegramente antes de que se arrepienta. Gracias, Mamen.

* * *

"En los últimos días he hablado con Antonio Gómez y Sebas sobre lo que significa ser poeta, pintor..., artista en suma. Sobre la íntima y maravillosa sensación de "crear" y hacerlo con pasión y honestidad, sobre la felicidad que procura compartirlo con otros seres que de una forma intensa y profunda lo "re-crean" con nosotros, de la suerte que supone la existencia de tantos libros, discos, cuadros, pelis, teatro (bueno, en Murcia es un decir) que nos quedan por visitar y de los que revisitamos porque suponen nuestra memoria afectiva, sentimental, hondamente humana. También hablamos de lo cansado y frustrante que debe ser poner tu vida, tus anhelos, incluso las triquiñuelas más indignas al servicio de una vida pretendidamente artística.

Paseaba por Murcia bajo la lluvia y pensaba en la esmeralda y magnifica soledad que procura el agua a los jardines, a los bancos de piedra... y a las estatuas de los prohombres. Sentí una punzada de ternura por ellos, tan considerados en vida y ahora invisibles entre el ir y venir de los transeúntes, del tráfico. No pude, o no quise, resistirme al deseo de fotografiar a los que me fui encontrando. He aquí algunos poetas patrios que adornan plazas y jardines de Murcia. No sé si fueron artistas a "tiempo completo", todas las horas de su vida, si soñaban con la gloria póstuma, si se consideraban la
cooltura murciana, los más modernos..., pero ¡ay el tiempo! han quedado, en el mejor de los casos, como ignorado mobiliario urbano, nadie recuerda sus poemas (suponiendo que se sepa que son poetas) y ni el verdín ni las palomas sienten el menor respeto por ellos. ¡En fin! Madrigal solo reverdece con las escasas lluvias de por aquí, cuando leo "A SELGAS" añado siempre "con sardinas saladas" y Jara Carrillo es el recuerdo de unos versos pavorosos de mi infancia sobre un inclusero al que, debido a la vestimenta que las monjas le habían puesto y que delataba su origen, no le permitían el paso a la residencia donde su madre servía. Del escultor Garrigós diré que es antepasado de menda y por tanto me callo prudentemente.









Y con las fotos (tiradas con el móvil y literalmente "a ciegas"), un poema posromántico de siniestra belleza.


LA CUNA VACIA


I

Bajaron los ángeles,
besaron su rostro,
y, cantando a su oído, dijeron:
vente con nosotros.

Vio el niño a los ángeles
de su cuna en torno,
y agitando los brazos, les dijo:
Me voy con vosotros.

Batieron los ángeles
sus alas de oro,
suspendieron al niño en sus brazos,
y se fueron todos.


II

De la aurora pálida
la luz fugitiva,
alumbró a la mañana siguiente
la cuna vacía.


[José Selgas]


La verdad es que, ubicado en su contexto, le encuentro valores líricos muy reseñables pero qué cabrones los ángeles, no?

Finalmente os envío el monumento al Conde de Floridablanca a cuya "erección" colaboró el pueblo de Murcia."




Carmen Piqueras
Murcia, 28 de enero de 2011


miércoles, 29 de diciembre de 2010

"Cualquiera de nosotros"


Miquel Martí i Pol dibujado a lápiz sobre papel por Adolf.



A MODO DE EXORDIO

Cualquiera de nosotros, perdedores
irreverentes y lúcidos, y también
cualquiera de ellos, los otros, instalados
en castas de poder y privilegio,
una mañana cualquiera, desde la triste
permuta del espejo, podemos sentirnos
exiliados sin salir de casa.
¿Y qué haremos, entonces? ¿Invocaremos
leyes y preceptos? ¿Pediremos cuentas
a los descreídos? ¿Renegaremos de los dioses?
Así se expresa el tiempo, sin ningún tipo
de impiedad, y es bueno saberlo y decirlo
para probar a vivir con los sentidos
y los sentimientos en perpetua vigilia.
Mirar a la vida cara a cara es un
recomendable y prudente ejercicio
de humildad, una activa y discreta
conspiración que nos acerca a aquel núcleo
tan olvidado de nosotros mismos
en el que a veces es duro descubrirse.
Crecer es también saber que la tristeza
e incluso la afrenta no son, por suerte,
exclusiva de los viles, sino un grotesco
patrimonio de todos, y que por los ojos
de los marginados, de los pobres, de los vencidos,
se nos va a todos el gozo de vivir
armoniosamente y con alegría.


Miquel Martí i Pol
Después de todo
Premio Internacional de Poesía Laureà Mela 2002
DVD ediciones /Barcelona, 2002


lunes, 1 de noviembre de 2010

"Muertos del mundo, uníos"



‎1 de noviembre. Abro al azar 'Hojas de Madrid', de Blas de Otero, y aparece este soneto:


Invasión

Maravilloso mar el de la muerte.
Tocar el fondo, al fin, tocar el fondo.
No hender las olas en que hoy me escondo,
sino hacer pie pisando, ahondando fuerte.

Entro en el centro de la sombra inerte,
y, desde allí, retorno al aire, rondo
la luz, revivo y vivo en el más hondo
maravilloso mar: el de la muerte.

Muertos del mundo: uníos, emerged
entre sangre y cadenas; renaced
de las revoluciones invencidas.

Renaceré yo, mar, en las arenas
de Playa Larga, rotas las cadenas
de las olas que invaden nuestras vidas.



Blas de Otero
Hojas de Madrid con La Galerna
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2010

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Uvas



El lunes pasado me entretuve fotografiando las uvas que había comprado para el postre. Pocas horas más tarde me reencontré casualmente con este breve poema de Rilke, escrito en el château de Muzot durante el invierno de 1923 (la versión es de Jaime Ferreiro Alemparte):

Terrazas de viñedos como teclados:
todo el día pulsados por el sol.
Y de la pródiga vid al frutero,
transposición sonora.

Oído al fin en las bocas receptoras
para el cumplido tono de las uvas.
¿Qué ha dado a luz el grávido paisaje?
¿Siento a la hija? ¿Reconozco al hijo?

jueves, 3 de junio de 2010

El poeta según Keats



WHERE'S THE POET? SHOW HIM, SHOW HIM

Where's the poet? Show him, show him,
Muses nine, that I may know him!
'Tis the man who with a man
Is an equal, be he king,
Or poorest of the beggar-clan,
Or any other wondrous thing
A man may be 'twixt ape and Plato.
'Tis the man who with a bird,
Wren or eagle, finds his way to
All its instincts. He hath heard
The lion's roaring and can tell
What his horny throat expresseth,
And to him the tiger's yell
Comes articulate and presseth
On his ear like mother-tongue.

* * *

¿DÓNDE SE HALLA EL POETA? ¡MOSTRÁDMELO, MOSTRÁDMELO!

¿Dónde se halla el poeta? ¡Mostrádmelo, mostrádmelo,
oh, musas, que yo pueda conocerlo!
Es aquel hombre que, en presencia de otro,
se sentirá su igual, sea éste el rey
o el más pobre del clan de los mendigos,
o cualquier otra cosa sorprendente
que entre un mono y Platón el hombre pueda ser.
Es aquel que ante un pájaro,
águila o reyezuelo encuentra su camino
a todos sus instintos. Le ha escuchado
al león su rugido y puede hablar
de lo que su garganta endurecida expresa.
A él el grito del tigre
le llega articulado y se abre paso
como lengua materna entre su oído.

* * *

[JOHN KEATS en Belleza y verdad
Versión en castellano de LORENZO OLIVÁN
Colección LA CRUZ DEL SUR
Editorial PRE-TEXTOS
Madrid - Buenos Aires - Valencia
1ª edición: enero 1998
2ª edición corregida: enero 2010]


jueves, 25 de marzo de 2010

'LIENZOS EN BLANCO', de Félix Amador Gálvez



Félix Amador Gálvez
Lienzos en blanco
Colección de Narrativa "Gerión"
Diputación Provincial de Huelva
Servicio de Publicaciones
2009

* * *

La primera impresión, nada más sostener entre las manos este libro y leer su título, tan feliz, tan fecundo, es que su autor, necesariamente, ha acertado de lleno al elegirlo. Pero conforme nos vamos adentrando, línea tras línea, entre sus páginas, esa primera impresión se confirma como una evidencia, una verdad incontestable.

Y es que, fiel a su nombre, Félix Amador Gálvez, escritor y pintor moguereño, amigo y camarada cibernauta que ya anduvo por este camino hace un par de años con ocasión de la publicación de su novela Las palabras mágicas, ha conseguido reunir en este libro una pulida colección de relatos, pacientemente guardados en un cajón durante más de una década y escritos en muy diversos registros (aunque con igual maestría) a partir de un leitmotiv común: el arte de la pintura.

Debajo de todo cuadro, debajo de cada trazo o pincelada, subyace siempre un lienzo en blanco, un espacio desnudo que es su fondo y a la vez la superficie sobre la que cada cual lo reinterpreta a su manera. Un cuadro no es nada, ni siquiera un cuadro, si no tiene delante a alguien que lo mira; pero llegará a ser tantos cuadros distintos como ojos se detengan para contemplarlo. Porque en realidad un cuadro no es más que una mirada. Y una mirada es un espejo.

Así, cada palabra, cada frase de Félix es un trazo preciso y respetuoso sobre el fondo blanco de un lienzo. En verdad puede afirmarse que Félix pinta cuando escribe. Sus historias no se leen: se viven, se contemplan. Fluyen como el pensamiento. Y todas ellas encierran claves y reflexiones sumamente sutiles y atractivas sobre la utilidad, la trascendencia y la razón de ser del arte.

Lo cierto es que Lienzos en blanco funciona como una amplia y luminosa galería por la que desfilan numerosas pinturas emblemáticas en las que hallamos correspondencias con todos y cada uno de los relatos [1]. Leyéndolos, tenemos la sensación de estar dando un paseo a través de la historia de la pintura, que es también la historia de la humanidad; un paseo íntimo, ameno, culto y placentero, aderezado con las dosis justas de suspense, acción, ficción y realidad.

Por ejemplo, en "Entre tinieblas, una luz", podemos seguir los pasos de Murillo por las hambrientas calles de Sevilla, ser testigos de su confesión en una pequeña iglesia que le coge de camino y entender mejor las razones por las que reclutaba a alcahuetas, pícaros o pordioseros como modelos para sus pinturas por encargo...







En "El rostro de Dios" nos subimos con el mismísimo Miguel Ángel al andamio mientras pinta su famosa escena de La Creación en la bóveda de la Capilla Sixtina...



En "La dama del cuadro" cobra vida la hermosa y hechizante Venus de Urbino, de Tiziano...



En "Déjà vu", el protagonista experimenta un enigmático reencuentro consigo mismo cuando, impulsado a seguir a "una joven alta, vivaracha y algo extravagante en el vestir" con la que tropieza por la calle, es conducido por ésta ante la pintura de Sir Edward Coley Burne-Jones El rey Cophetua y la mendiga...



Y creo igualmente necesario reseñar lo bien traídas que están todas las citas que encabezan estos Lienzos en blanco, como marcos elegidos con sentido de la oportunidad y del buen gusto. El primero de los relatos, "El dibujante de la Plaza Mayor", va presidido por unos versos espléndidos de Juan Ramón: "Yo no soy yo. / Soy este / que va a mi lado sin yo verlo; / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces, olvido". [2]

Y en "El rostro de Dios", Félix, que es también un gran cinéfilo, coloca esta impagable cita de la película Perversidad, de Fritz Lang, puesta en boca de su protagonista, el inefable y descomunal actor Edward G. Robinson: "A mí nadie me enseñó a dibujar. Trazo una línea alrededor de lo que siento al ver las cosas".

En fin, yo sólo soy un lector; y como afirma Reñé, personaje principal de "La revolución del viaducto" (único relato que toma el título del cuadro sobre el que trata), "los libros no se han escrito para que se hable de ellos, sino para ser leídos"; así que, ante todo, confío en haber conseguido transmitiros lo mucho que he aprendido y disfrutado ante estos Lienzos en blanco [3], una obra que, de haber sido escrita y publicada en otros pagos, habría obtenido, sin duda, mayor repercusión. Pero eso también forma parte de su mérito. Desde su intimidad, allá en Moguer, y su modestia, Félix nunca se ha considerado un escritor profesional (lo que ya dice mucho a su favor); a lo sumo, ha llegado a definirse a sí mismo como "lector compulsivo" desde la infancia y, por tanto, "escritor por contagio". En todo caso, suma ya en su haber numerosos premios y publicaciones que acreditan su dedicación y la calidad de cuanto escribe.

Lo cierto, repito, y con esto termino, es que leerlo es un placer... ¿Hay quien dé más...? Su prosa fluye siempre serena y melodiosa, como un arroyo de palabras que discurren por un cauce natural.

¡No creo que pueda decirse lo mismo de muchos profesionales!



Os dejo con un fragmento de "Acuarela", uno de los relatos más intimistas de los diez que componen este espléndido libro.

* * *



"Si fuera un filósofo, me preguntaría a cada paso quién es cada uno de los que camina delante de mí por la acera, qué lo mueve, hacia dónde va realmente, pero no lo soy, y hace tiempo que la gente me trae sin cuidado. He aprendido a mirarla con otros ojos. La calle ofrece mejores perspectivas que la de cuestionarse el sino de los demás, la calle es el paisaje por el que me veo obligado a discurrir cada día, el mundo que me rodea. Si fuera pastor tendría que atravesar cada mañana una cañada o un valle. Las calles son mis cañadas y las plazas mis valles, y no hay diferencias, pues encuentro tanta belleza en los verdes como en los grises.

Al llegar al mercado, la niebla se hace más espesa. Si uno quisiera, podría apreciar la calle como una de esas pinturas de William Turner con un barco en medio de la tormenta. Pero la niebla en la ciudad es más ordenada y apenas rompe la sólida simetría de líneas rectas del viejo edificio del mercado. Por encima de la bruma, el sol intenta dibujar los colores de todos los días, pero se ve impotente. Ajenos a su lucha, los tenderos despliegan un amanecer más sus mercaderías en espera de los clientes. A pesar de que paso a su lado, mi retina apenas responde a sus formas, difuminadas a mi alrededor por la persistente neblina."

* * *

Todos los interesados en adquirir un ejemplar de Lienzos en blanco pueden probar suerte en estas direcciones:

Excma. Diputación Provincial de Huelva
Servicio de Publicaciones
www.diphuelva.es/publicaciones
Contactar: javila@diphuelva.org
Tlfno: 959 494 759
Fax: 959 494 760

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Distribuidores

España

EGARTORRE LIBROS
C/ Primavera, 2 (NAVE 31). P.I. El Malvar
28500 ARGANDA DEL REY
Madrid
Tfno: 918 729 390
Fax: 918 719 399
E-mail: egartorre@egartorre.com
Web: www.egartorre.com

Extranjero

LIBRERÍA DISTRIBUIDORA RENACIMIENTO
Sevilla
Polígono Nave Expo 17
41907 Valencina de la Concepción (Sevilla)
Tel.: (34) 955 99 835
Fax: (34) 955 99 835
Web: www.libreriarenacimiento.com

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Para conocer mejor a Félix Amador Gálvez:

http://felixamadorgalvez.blogspot.com/
http://diariodeunfeoreciendivorciado.blogspot.com/
http://jazzeseruido.blogspot.com/
http://elviajeropasional.blogspot.com/


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[Notas a pie de página]

[1] Estas pinturas no vienen reproducidas en el libro (el autor llegó a plantearse la posibilidad de hacerlo, pero, con buen criterio, optó finalmente por dejar trabajar a la imaginación), sino que son fruto de una reconfortante y entretenida búsqueda personal por Internet.

[2] Precisamente, mientras corregía estas líneas, me ha llegado el último libro de Félix, juanramoniano de pro: El Moguer de Juan Ramón Jiménez [Breve Guía para el Viajero Pasional]. Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez / Diputación Provincial de Huelva / Consejería de Cultura-Junta de Andalucía. Moguer, Huelva, 2010.


[3] Lienzos en blanco me llegó en diciembre pasado de manos de su autor, y desde entonces lo he releído varias veces. Por diversas razones, estas líneas, junto a otras muchas, llevaban en reposo un par de meses a la espera de ser revis(it)adas.


viernes, 12 de marzo de 2010

Recital de Carmen Piqueras en La Cañica



El pasado (y lluvioso) 18 de febrero me acerqué a Los Dolores de Cartagena para escuchar el recital poético que mi querida amiga Carmen Piqueras, acompañada por su hermano José Manuel a la guitarra, ofreció en la Cafetería La Cañica con ocasión del IV Ciclo "Poetílico de Divan", en su apartado Musiversando, coordinado por el poeta Antonio Marín Albalate y organizado por la Asociación Cultural Diván. A la cita acudieron también otros muchos amigos, entre los que se encontraban los poetas José Antonio Martínez Muñoz y Ángel Paniagua y el pintor cartagenero Antonio Gómez Rivelles. Fue una velada espléndida, verdaderamente amena y entrañable, en la que Carmen leyó poemas de su libro Oficios de derrota (2001), galardonado en su día con el Primer Premio de Poesía "Dionisia García" de la Universidad de Murcia, más un buen manojo de poemas aún inéditos, entre los que se encontraba este precioso homenaje a la casa que la vio crecer. En él palpita con fuerza esa Murcia que fue y que aún todos llevamos dentro. Gracias, Carmen, por dejarme traerlo aquí; porque esa casa es, en gran medida, la mía, la nuestra...

Aprovecho para ilustrar el poema con uno de los vídeos que José Manuel tiene colgados en YouTube, en el que interpreta un tema que tocó precisamente aquella noche: el aria inmortal de George Gershwin, "Summertime".

(Ahora que lo pienso..., ¡esta entrada también habría quedado de perlas en mi blog de jazz!).

* * *




LA CASA ERA ALTA Y ERA ROJA,
era una península de dichosa orografía
unida a la ciudad que sesteaba
por un istmo de casitas humildes
y algún ruinoso palacete.

Rodeada de huertos milagrosos
era la casa a su vez milagro:
de piratas navío o tren expreso,
castillo en la isla de Kirrin
o pagoda de la China.

Tenía la casa baldosas amarillas,
ventanas volanderas y paredes
por cuyo albor un sol de miel se derramaba.
Era un útero luminoso y cálido
que acogía nuestros sueños cada tarde
y nos nacía intactos con la aurora.

La casa era a veces una torre.
Vigilábamos los pueblos que dormían
indolentes al abrigo de los montes,
las acequias perezosas que quebraban
los huertos salpicados de palmeras,
faros o vigías jubilosas
que estallaban rotundas en lo azul.

Había en la casa una azotea,
patrimonio de los gatos y las sábanas
que tendidas al sol eran heraldos
de la primavera por llegar.

La casa tenía un balcón y por la tarde,
cuando abril despertaba al limonero,
en una mecedora sin brazos nos cantaba
viejas canciones del rey Balaor o de la infanta
que prefería a un reino un mirlo blanco.

La casa era buena y nos nutría,
ofrecía chocolate y pan tostado,
un brasero de picón, fragantes lápices,
cuentos en la cama y oraciones atendidas.
Y cuando al fin la calma, como un velo,
ingrávida posaba su mano en nuestros ojos
susurraba la casa su canción nocturna
de crujidos tiernos y aleteos de ángeles…

La casa era inconquistable fortaleza
que defendía nuestra infancia.


–CARMEN PIQUERAS–

* * *