"Va tan tranquilo el caminito de tierra, y de repente -¡zas!- el camino de hierro lo atraviesa. Es cuestión de un instante, pero muy dolorosa, muy quirúrgica. Es una doble inyección de hierro que perfora el cuerpo del camino de tierra, lo traspasa de parte a parte. El pobre camino queda para siempre enfermo de aquel sitio, y es preciso entablillarlo con las dos vallas del paso a nivel y ponerle un practicante que vigile al lado. Con frecuencia, al pasar, vemos el trapo empapado en sangre que el practicante agita en señal de peligro."
[José Ortega y Gasset en Notas del vago estío (1925)]
Anoche, unos cuantos amigos recibimos un precioso correo de nuestra querida amiga Carmen Piqueras. El asunto rezaba: "Como no tengo un blog...", de modo que, tras animarla una vez más a que se hiciera uno, le pedí permiso para publicar su poético reportaje en este casi olvidado y solitario camino, a lo que ella accedió de inmediato. Lo transcribo, pues, íntegramente antes de que se arrepienta. Gracias, Mamen.
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"En los últimos días he hablado con Antonio Gómez y Sebas sobre lo que significa ser poeta, pintor..., artista en suma. Sobre la íntima y maravillosa sensación de "crear" y hacerlo con pasión y honestidad, sobre la felicidad que procura compartirlo con otros seres que de una forma intensa y profunda lo "re-crean" con nosotros, de la suerte que supone la existencia de tantos libros, discos, cuadros, pelis, teatro (bueno, en Murcia es un decir) que nos quedan por visitar y de los que revisitamos porque suponen nuestra memoria afectiva, sentimental, hondamente humana. También hablamos de lo cansado y frustrante que debe ser poner tu vida, tus anhelos, incluso las triquiñuelas más indignas al servicio de una vida pretendidamente artística.
Paseaba por Murcia bajo la lluvia y pensaba en la esmeralda y magnifica soledad que procura el agua a los jardines, a los bancos de piedra... y a las estatuas de los prohombres. Sentí una punzada de ternura por ellos, tan considerados en vida y ahora invisibles entre el ir y venir de los transeúntes, del tráfico. No pude, o no quise, resistirme al deseo de fotografiar a los que me fui encontrando. He aquí algunos poetas patrios que adornan plazas y jardines de Murcia. No sé si fueron artistas a "tiempo completo", todas las horas de su vida, si soñaban con la gloria póstuma, si se consideraban la cooltura murciana, los más modernos..., pero ¡ay el tiempo! han quedado, en el mejor de los casos, como ignorado mobiliario urbano, nadie recuerda sus poemas (suponiendo que se sepa que son poetas) y ni el verdín ni las palomas sienten el menor respeto por ellos. ¡En fin! Madrigal solo reverdece con las escasas lluvias de por aquí, cuando leo "A SELGAS" añado siempre "con sardinas saladas" y Jara Carrillo es el recuerdo de unos versos pavorosos de mi infancia sobre un inclusero al que, debido a la vestimenta que las monjas le habían puesto y que delataba su origen, no le permitían el paso a la residencia donde su madre servía. Del escultor Garrigós diré que es antepasado de menda y por tanto me callo prudentemente.
Y con las fotos (tiradas con el móvil y literalmente "a ciegas"), un poema posromántico de siniestra belleza.
LA CUNA VACIA
I
Bajaron los ángeles, besaron su rostro, y, cantando a su oído, dijeron: vente con nosotros.
Vio el niño a los ángeles de su cuna en torno, y agitando los brazos, les dijo: Me voy con vosotros.
Batieron los ángeles sus alas de oro, suspendieron al niño en sus brazos, y se fueron todos.
II
De la aurora pálida la luz fugitiva, alumbró a la mañana siguiente la cuna vacía.
[José Selgas]
La verdad es que, ubicado en su contexto, le encuentro valores líricos muy reseñables pero qué cabrones los ángeles, no?
Finalmente os envío el monumento al Conde de Floridablanca a cuya "erección" colaboró el pueblo de Murcia."
1 de noviembre. Abro al azar 'Hojas de Madrid', de Blas de Otero, y aparece este soneto:
Invasión
Maravilloso mar el de la muerte. Tocar el fondo, al fin, tocar el fondo. No hender las olas en que hoy me escondo, sino hacer pie pisando, ahondando fuerte.
Entro en el centro de la sombra inerte, y, desde allí, retorno al aire, rondo la luz, revivo y vivo en el más hondo maravilloso mar: el de la muerte.
Muertos del mundo: uníos, emerged entre sangre y cadenas; renaced de las revoluciones invencidas.
Renaceré yo, mar, en las arenas de Playa Larga, rotas las cadenas de las olas que invaden nuestras vidas.
El lunes pasado me entretuve fotografiando las uvas que había comprado para el postre. Pocas horas más tarde me reencontré casualmente con este breve poema de Rilke, escrito en el château de Muzot durante el invierno de 1923 (la versión es de Jaime Ferreiro Alemparte):
Terrazas de viñedos como teclados: todo el día pulsados por el sol. Y de la pródiga vid al frutero, transposición sonora. Oído al fin en las bocas receptoras para el cumplido tono de las uvas. ¿Qué ha dado a luz el grávido paisaje? ¿Siento a la hija? ¿Reconozco al hijo?
Where's the poet? Show him, show him, Muses nine, that I may know him! 'Tis the man who with a man Is an equal, be he king, Or poorest of the beggar-clan, Or any other wondrous thing A man may be 'twixt ape and Plato. 'Tis the man who with a bird, Wren or eagle, finds his way to All its instincts. He hath heard The lion's roaring and can tell What his horny throat expresseth, And to him the tiger's yell Comes articulate and presseth On his ear like mother-tongue.
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¿DÓNDE SE HALLA EL POETA? ¡MOSTRÁDMELO, MOSTRÁDMELO!
¿Dónde se halla el poeta? ¡Mostrádmelo, mostrádmelo, oh, musas, que yo pueda conocerlo! Es aquel hombre que, en presencia de otro, se sentirá su igual, sea éste el rey o el más pobre del clan de los mendigos, o cualquier otra cosa sorprendente que entre un mono y Platón el hombre pueda ser. Es aquel que ante un pájaro, águila o reyezuelo encuentra su camino a todos sus instintos. Le ha escuchado al león su rugido y puede hablar de lo que su garganta endurecida expresa. A él el grito del tigre le llega articulado y se abre paso como lengua materna entre su oído.
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[JOHN KEATS en Belleza y verdad Versión en castellano de LORENZO OLIVÁN Colección LA CRUZ DEL SUR Editorial PRE-TEXTOS Madrid - Buenos Aires - Valencia 1ª edición: enero 1998 2ª edición corregida: enero 2010]
Félix Amador Gálvez Lienzos en blanco Colección de Narrativa "Gerión" Diputación Provincial de Huelva Servicio de Publicaciones 2009
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La primera impresión, nada más sostener entre las manos este libro y leer su título, tan feliz, tan fecundo, es que su autor, necesariamente, ha acertado de lleno al elegirlo. Pero conforme nos vamos adentrando, línea tras línea, entre sus páginas, esa primera impresión se confirma como una evidencia, una verdad incontestable.
Y es que, fiel a su nombre, Félix Amador Gálvez, escritor y pintor moguereño, amigo y camarada cibernauta que ya anduvo por este camino hace un par de años con ocasión de la publicación de su novela Las palabras mágicas, ha conseguido reunir en este libro una pulida colección de relatos, pacientemente guardados en un cajón durante más de una década y escritos en muy diversos registros (aunque con igual maestría) a partir de un leitmotiv común: el arte de la pintura.
Debajo de todo cuadro, debajo de cada trazo o pincelada, subyace siempre un lienzo en blanco, un espacio desnudo que es su fondo y a la vez la superficie sobre la que cada cual lo reinterpretaa su manera. Un cuadro no es nada, ni siquiera un cuadro, si no tiene delante a alguien que lo mira; pero llegará a ser tantos cuadros distintos como ojos se detengan para contemplarlo. Porque en realidad un cuadro no es más que una mirada. Y una mirada es un espejo.
Así, cada palabra, cada frase de Félix es un trazo preciso y respetuoso sobre el fondo blanco de un lienzo. En verdad puede afirmarse que Félix pinta cuando escribe. Sus historias no se leen: se viven, se contemplan. Fluyen como el pensamiento. Y todas ellas encierran claves y reflexiones sumamente sutiles y atractivas sobre la utilidad, la trascendencia y la razón de ser del arte.
Lo cierto es que Lienzos en blanco funciona como una amplia y luminosa galería por la que desfilan numerosas pinturas emblemáticas en las que hallamos correspondencias con todos y cada uno de los relatos [1]. Leyéndolos, tenemos la sensación de estar dando un paseo a través de la historia de la pintura, que es también la historia de la humanidad; un paseo íntimo, ameno, culto y placentero, aderezado con las dosis justas de suspense, acción, ficción y realidad.
Por ejemplo, en "Entre tinieblas, una luz", podemos seguir los pasos de Murillo por las hambrientas calles de Sevilla, ser testigos de su confesión en una pequeña iglesia que le coge de camino y entender mejor las razones por las que reclutaba a alcahuetas, pícaros o pordioseros como modelos para sus pinturas por encargo...
En "El rostro de Dios" nos subimos con el mismísimo Miguel Ángel al andamio mientras pinta su famosa escena de LaCreación en la bóveda de la Capilla Sixtina...
En "La dama del cuadro" cobra vida la hermosa y hechizante Venus de Urbino, de Tiziano...
En "Déjà vu", el protagonista experimenta un enigmático reencuentro consigo mismo cuando, impulsado a seguir a "una joven alta, vivaracha y algo extravagante en el vestir" con la que tropieza por la calle, es conducido por ésta ante la pintura de Sir Edward Coley Burne-Jones El rey Cophetua y la mendiga...
Y creo igualmente necesario reseñar lo bien traídas que están todas las citas que encabezan estos Lienzos en blanco, como marcos elegidos con sentido de la oportunidad y del buen gusto. El primero de los relatos, "El dibujante de la Plaza Mayor", va presidido por unos versos espléndidos de Juan Ramón: "Yo no soy yo. / Soy este / que va a mi lado sin yo verlo; / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces, olvido". [2]
Y en "El rostro de Dios", Félix, que es también un gran cinéfilo, coloca esta impagable cita de la película Perversidad, de Fritz Lang, puesta en boca de su protagonista, el inefable y descomunal actor Edward G. Robinson: "A mí nadie me enseñó a dibujar. Trazo una línea alrededor de lo que siento al ver las cosas".
En fin, yo sólo soy un lector; y como afirma Reñé, personaje principal de "La revolución del viaducto" (único relato que toma el título del cuadro sobre el que trata), "los libros no se han escrito para que se hable de ellos, sino para ser leídos"; así que, ante todo, confío en haber conseguido transmitiros lo mucho que he aprendido y disfrutado ante estos Lienzos en blanco [3], una obra que, de haber sido escrita y publicada en otros pagos, habría obtenido, sin duda, mayor repercusión. Pero eso también forma parte de su mérito. Desde su intimidad, allá en Moguer, y su modestia, Félix nunca se ha considerado un escritor profesional (lo que ya dice mucho a su favor); a lo sumo, ha llegado a definirse a sí mismo como "lector compulsivo" desde la infancia y, por tanto, "escritor por contagio". En todo caso, suma ya en su haber numerosos premios y publicaciones que acreditan su dedicación y la calidad de cuanto escribe.
Lo cierto, repito, y con esto termino, es que leerlo es un placer... ¿Hay quien dé más...? Su prosa fluye siempre serena y melodiosa, como un arroyo de palabras que discurren por un cauce natural.
¡No creo que pueda decirse lo mismo de muchos profesionales!
Os dejo con un fragmento de "Acuarela", uno de los relatos más intimistas de los diez que componen este espléndido libro.
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"Si fuera un filósofo, me preguntaría a cada paso quién es cada uno de los que camina delante de mí por la acera, qué lo mueve, hacia dónde va realmente, pero no lo soy, y hace tiempo que la gente me trae sin cuidado. He aprendido a mirarla con otros ojos. La calle ofrece mejores perspectivas que la de cuestionarse el sino de los demás, la calle es el paisaje por el que me veo obligado a discurrir cada día, el mundo que me rodea. Si fuera pastor tendría que atravesar cada mañana una cañada o un valle. Las calles son mis cañadas y las plazas mis valles, y no hay diferencias, pues encuentro tanta belleza en los verdes como en los grises.
Al llegar al mercado, la niebla se hace más espesa. Si uno quisiera, podría apreciar la calle como una de esas pinturas de William Turner con un barco en medio de la tormenta. Pero la niebla en la ciudad es más ordenada y apenas rompe la sólida simetría de líneas rectas del viejo edificio del mercado. Por encima de la bruma, el sol intenta dibujar los colores de todos los días, pero se ve impotente. Ajenos a su lucha, los tenderos despliegan un amanecer más sus mercaderías en espera de los clientes. A pesar de que paso a su lado, mi retina apenas responde a sus formas, difuminadas a mi alrededor por la persistente neblina."
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Todos los interesados en adquirir un ejemplar de Lienzos en blanco pueden probar suerte en estas direcciones:
Excma. Diputación Provincial de Huelva Servicio de Publicaciones www.diphuelva.es/publicaciones Contactar: javila@diphuelva.org Tlfno: 959 494 759 Fax: 959 494 760
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[1] Estas pinturas no vienen reproducidas en el libro (el autor llegó a plantearse la posibilidad de hacerlo, pero, con buen criterio, optó finalmente por dejar trabajar a la imaginación), sino que son fruto de una reconfortante y entretenida búsqueda personal por Internet.
[2] Precisamente, mientras corregía estas líneas, me ha llegado el último libro de Félix, juanramoniano de pro: El Moguer de Juan Ramón Jiménez [Breve Guía para el Viajero Pasional]. Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez / Diputación Provincial de Huelva / Consejería de Cultura-Junta de Andalucía. Moguer, Huelva, 2010. [3] Lienzos en blanco me llegó en diciembre pasado de manos de su autor, y desde entonces lo he releído varias veces. Por diversas razones, estas líneas, junto a otras muchas, llevaban en reposo un par de meses a la espera de ser revis(it)adas.
El pasado (y lluvioso) 18 de febrero me acerqué a Los Dolores de Cartagena para escuchar el recital poético que mi querida amiga Carmen Piqueras, acompañada por su hermano José Manuel a la guitarra, ofreció en la Cafetería La Cañica con ocasión del IV Ciclo "Poetílico de Divan", en su apartado Musiversando, coordinado por el poeta Antonio Marín Albalate y organizado por la Asociación Cultural Diván. A la cita acudieron también otros muchos amigos, entre los que se encontraban los poetas José Antonio Martínez Muñoz y Ángel Paniagua y el pintor cartagenero Antonio Gómez Rivelles. Fue una velada espléndida, verdaderamente amena y entrañable, en la que Carmen leyó poemas de su libro Oficios de derrota (2001), galardonado en su día con el Primer Premio de Poesía "Dionisia García" de la Universidad de Murcia, más un buen manojo de poemas aún inéditos, entre los que se encontraba este precioso homenaje a la casa que la vio crecer. En él palpita con fuerza esa Murcia que fue y que aún todos llevamos dentro. Gracias, Carmen, por dejarme traerlo aquí; porque esa casa es, en gran medida, la mía, la nuestra...
Aprovecho para ilustrar el poema con uno de los vídeos que José Manuel tiene colgados en YouTube, en el que interpreta un tema que tocó precisamente aquella noche: el aria inmortal de George Gershwin, "Summertime".
(Ahora que lo pienso..., ¡esta entrada también habría quedado de perlas en mi blog de jazz!).
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LA CASA ERA ALTA Y ERA ROJA, era una península de dichosa orografía unida a la ciudad que sesteaba por un istmo de casitas humildes y algún ruinoso palacete.
Rodeada de huertos milagrosos era la casa a su vez milagro: de piratas navío o tren expreso, castillo en la isla de Kirrin o pagoda de la China.
Tenía la casa baldosas amarillas, ventanas volanderas y paredes por cuyo albor un sol de miel se derramaba. Era un útero luminoso y cálido que acogía nuestros sueños cada tarde y nos nacía intactos con la aurora.
La casa era a veces una torre. Vigilábamos los pueblos que dormían indolentes al abrigo de los montes, las acequias perezosas que quebraban los huertos salpicados de palmeras, faros o vigías jubilosas que estallaban rotundas en lo azul.
Había en la casa una azotea, patrimonio de los gatos y las sábanas que tendidas al sol eran heraldos de la primavera por llegar.
La casa tenía un balcón y por la tarde, cuando abril despertaba al limonero, en una mecedora sin brazos nos cantaba viejas canciones del rey Balaor o de la infanta que prefería a un reino un mirlo blanco.
La casa era buena y nos nutría, ofrecía chocolate y pan tostado, un brasero de picón, fragantes lápices, cuentos en la cama y oraciones atendidas. Y cuando al fin la calma, como un velo, ingrávida posaba su mano en nuestros ojos susurraba la casa su canción nocturna de crujidos tiernos y aleteos de ángeles…
La casa era inconquistable fortaleza que defendía nuestra infancia.
Si hace unos días reproduje en mi blog Sopa de Hielo el poema "Negro espiritual", de Blanca Andreu, con el que la poeta nos transportaba junto al Negro Billy a las raíces más profundas de la música afroamericana, hoy quiero traer aquí algunos de los poemas que dan cuerpo a la sección que abre (y de la que felizmente tomó el título) su último libro, Los archivos griegos, recientemente publicado por la Fundación José Manuel Lara.
Por un cúmulo de coincidencias, verdaderas rimas de los acontecimientos que la propia Blanca ya ha contado en su blog (aunque ha olvidado mencionar que también me dedica una de sus breves, hondas y delicadas Marinas), este libro me toca muy especialmente. Lo cierto es que he seguido prácticamente desde un principio su evolución y he sido testigo confidencial y afortunado de la ilusión, el esfuerzo, la entrega y los desvelos que Blanca ha ido depositando en él a lo largo de los últimos años. Como poeta y, sobre todo, como amigo, esta circunstancia constituye para mí, como supondréis, el mayor y más preciado privilegio.
Así que, poeta hermana, olvídate de aquello de pagarme unos royalties. Sólo espero no tener que pagarlos yo a la editorial por traer aquí dos nuevos poemas tuyos a fin de que tu Grecia, la Grecia que llevas dentro, insufle vida (o alma) y le dé alas a este carril inconstante.
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ODA A LOS PERROS DE ATENAS
A Vicente Ferrer
Montes en luz, Atenas, hija de la belleza primera la descubrí en mis recuerdos aunque nunca había estado alli desde lejos, con amour de loin, había saboreado su nombre hija de la primera belleza que tiene el grado de justicia.
Descubrí los caballos de piedra en los templos deteriorados descubrí una taberna de oro dentro de una calle de plata descubrí los perros de mármol que se han bajado de los frisos y se reúnen por la noche en cónclave y muestran su estirpe socrática filosofando en las esquinas.
Los he visto citarse en semáforos quedar en las encrucijadas parecen gente civilizada que acude al ágora y se atiene a lo que dictan los tribunales aunque vayan a cuatro patas.
Una vieja leyenda sostiene que son ellos los dioses antiguos que se negaron a partir de Grecia cuando fueron vencidos antaño que el luminoso Zeus Olímpico y la justa Atenea alada prefirieron ser perros atenienses antes que dioses bárbaros bebedores de sangre.
Esa vieja leyenda se cuenta mezclada con ouzo y con luna así que cuando me alejaba de Kiri Dimitrios y vi entre las callejuelas de Plaka en aquella noche estrellada acercarse aquel perro blanco esbelto como una gacela y majestuoso como la Acrópolis me atreví a tocar su cabeza y a susurrarle por si acaso: –Salve, Señor del Canto, tú que llegas semejante a la noche. Sólo una cosa de ti pido: Que sea alado mi poema y no volátil.
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TO SPITI TIS LOGOTEJNÍAS
Hace ya mucho tiempo naufragaron los hombres los hermanos de sangre dividieron sus viñas y el agua del idioma ardió como una estrella cuando la torre aquella se elevó contra el Dios. Y entonces, desde entonces como ángeles, como campanas navegaron bajeles contra Babel con espadas calientes conquistaron palabras llevando vida de una parte a otra trasladando los sueños de los hombres.
Así somos nosotros, guerreros, marineros escritores, traductores, poetas como ángeles, como campanas junto a la piel del cielo.
Igual que una paloma que ha volado a una higuera una luna de mármol nos vigila.
Aquí está nuestra casa que roza las estrellas como un barco en la noche un velero de piedra hermano de los pinos patriarcas y hay un rumor de hipálages y símiles que se abren como pétalos, que se alzan como cipreses que galopan como caballos entre los cipreses y un resplandor de extrañas metáforas y cantos que brilla en los pasillos.
Como flechas de un arquero sagrado atraviesan vencejos los altos corredores diciendo: ¡Buena suerte! ¡Encontrad la palabra! También, como nosotros anidan en la luz.
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BLANCA ANDREU Los archivos griegos Fundación José Manuel Lara Colección Vandalia (Sevilla, 2010)
Hoy es mi cumpleaños. Y también el tuyo, mi entrañable y exquisito amigo. Lo llevábamos discretamente a gala. Pero este año me has dejado solo. Así es la vida. Esta noche hablaré con el viento y brindaré por ti con los colegas.
Para ti, por siempre, Lolo...
I TALK TO DE WIND
Said the straight man to the late man Where have you been I've been here and I've been there And I've been in between.
I talk to the wind My words are all carried away I talk to the wind The wind does not hear The wind cannot hear.
I'm on the outside looking inside What do I see Much confusion, disillusion All around me.
You don't possess me Don't impress me Just upset my mind Can't instruct me or conduct me Just use up my time
I talk to the wind My words are all carried away I talk to the wind The wind does not hear The wind cannot hear.
KING CRIMSON: In The Court Of The Crimson King (1969). Track 2, "I Talk To The Wind". Robert Fripp, guitarra; Ian McDonald, vientos, teclados, melotrón y coros; Greg Lake, bajo eléctrico y voz; Michael Giles, batería y coros. Música de Ian McDonald. Letra de Peter Sinfield.
En verdad, amigos, los poemas de Szymborska y Valéry fueron toda una premonición: el mundo se detuvo y lo envolvió el silencio. Hace unas semanas comencé a redactar una entrada para tratar de justificar todo este tiempo de ausencia, pero tuve que desistir. ¿Cómo escribir desde el silencio? No desde un silencio puntual, interesado, propio..., sino desde el silencio del mundo, el silencio de todo, que no admite insurrección, ni justificación, ni insistencias, ni dudas; un muro de silencio..., un silencio de muro infranqueable, niebla muda de luz petrificada ante la que todo atisbo de razón, toda suerte de razonamiento, resulta una obviedad; un silencio que enmudece cualquier grito, cualquier conato de voz, incluso cualquier otro asomo de silencio. Cuando el mundo se calla, todo se calla, y es preferible esperar a que el mundo hable de nuevo por sí solo.
Lo cierto es que, en los últimos cuatro o cinco años, mis fases de silencio, o, mejor dicho, las fases en que he sentido ese silencio, han sido cada vez más frecuentes y duraderas. En todo este tiempo he escrito poquísimo. Pero el año 2009 se ha llevado la palma; tanto es así, que he llegado a temer muy seriamente ante la posibilidad de que el manantial (que otrora considerara inagotable) se seque para mí mucho antes de lo que esperaba.
Lo que tenga que pasar, pasará. En cualquier caso, y aunque no dependa de mi voluntad, no me rendiré fácilmente. Por lo pronto, durante las últimas semanas me he refugiado muchísimo en la música y he leído y releído textos magníficos que otros escribieron. Ya daré buena cuenta aquí de algunos de ellos.
En fin, no puedo en esta primera entradade MMX dejar de agradeceros a quienes compartís conmigo esta senda volátil vuestra lealtad, vuestra complicidad, vuestra generosidad y vuestro aliento. Me viene ahora el recuerdo de unos versos que escribí hace 25 años: "En toda ausencia, en toda voz, / en todos mis silencios os halláis".
En realidad, lo sabéis, vuestra amistad es lo único que el silencio no puede arrebatarme.
Sí, amigos. "Un latín bellamente estropeado". No quería dejar de traer aquí esta frase. Con ella describía nuestro idioma la poeta polaca Wislawa Szymborska (Kórnik, 2 de julio de 1923; premio Nobel en 1996) en su estimulante y lúcida última entrevista, concedida al periodista Javier Rodríguez Marcos para El País [fue publicada el pasado sábado 5 de diciembre en el suplemento Babelia] merced a la influencia del director del Instituto Cervantes en Cracovia, Abel A. Murcia Soriano, poeta a su vez y traductor, junto con Gerardo Beltrán, de la mayor parte de la obra de Szymborska editada en España. La más reciente acaba de aparecer en Bartleby Editores y se titula Aquí.
Así que aquí os dejo una muestra.
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Vermeer
Mientras esa mujer del Rijksmuseum con esa calma y concentración pintadas siga vertiendo día tras día la leche de la jarra al cuenco no merecerá el Mundo el fin del mundo.
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Wislawa Szymborska. Aquí. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Bartleby. Madrid, 2009.]
NOTA: La imagen de Wislawa Szymborska es una recreación sobre una de las fotografías de Witold Krassowski aparecidas en Babelia el pasado 5 de diciembre. El cuadro, obviamente, no es otro que el que inspiró el poema: "Mujer con jarro de leche", de Johannes Vermeer (1632-1675).
"Murcia podría haber sido una de las ciudades más bellas e interesantes de toda nuestra Península si hubiéramos sabido conservarla como merecía. Murcia es una ciudad musulmana ciento por ciento.
Colonizada por árabes puros venidos del Yemén y del Hedjaz, debió ir creciendo y desarrollándose hasta alcanzar esplendor inusitado en los tiempos de Almanzor y vida luego brillante como estado independiente, que prefería el tributo a Castilla para no depender de los almohades.
Era una de las ciudades mejor muradas del mundo y de las más sabias y cultas, algo que debió conocer Alfonso el Sabio, que gustaba de vivir entre unos hombres que podían aumentar sus conocimientos. Hasta la expulsión de los moriscos en 1609 eran de aquella raza más de la mitad de sus habitantes.
Si observamos el plano de la vieja Murcia notaremos cuán fuertes y decididas son sus características islámicas: calles con recodo que vuelven sobre sí mismas; multitud de callejones sin salida, acodándose y formando secretas rinconadas, plazuelas como breves ensanchamientos, calles bulliciosas con aire de zoco, que todavía conserva la archifamosa Trapería y un rincón de huertas feraces que llegaban hasta las mismas medianeras de las últimas casas y cuyas acequias convertían el campo circundante en un oasis oriental.
Todavía recuerdo la primera vez que siendo muy joven subí a la estupenda torre de la Catedral y pude divisar el espectáculo de la Huerta del Segura como un tapiz mágico cosido y recosido que se encerraba en un horizonte circunscrito de montañas. Todavía la Murcia musulmana, la hermosa Murcia que luego se vistió a la europea en el siglo XVIII, el siglo del Cardenal Belluga y Floridablanca, estaba intacta y armoniosa tendida en su plácida alfombra de verdura.
Pero luego, qué atrocidades se han hecho en Murcia en pocos años, qué desmanes, qué atropellos, qué infamias, qué avenida de José Antonio, rompiendo la vieja y delicada ciudad con un tajo atroz que nada respeta y que se convirtió en cauce abierto para saciar los apetitos de los especuladores, que al llenar sus bolsillos se convirtieron en unos ladrones más vituperables que los que en enero de 1977 robaban el tesoro de la Catedral. Porque el expolio llevado a cabo es infinitamente superior e infinitamente más irrecuperable: han robado y destruido -robo con asesinato- una hermosa ciudad que era obra de muchos siglos y de muchas culturas.
Grado de deterioro urbanístico: Gravísimo.
Índice: 9."
Fernando Chueca Goitia
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En mi segundo artículo como colaborador de Diario 16 de Murcia, titulado "La ciudad" y publicado el 11 de mayo de 1991, cité el comienzo y el fin de esta "Descripción de Murcia" escrita por el arquitecto Fernando Chueca para el libro Murcia: un concurso, una alternativa, editado por el Colegio Oficial de Arquitectos en 1980, cuando todavía era el "COAV y M", es decir, el Colegio Oficial de Arquitectos de Valencia y Murcia.
Siempre me apasionó la arqueología, y desde muy joven admiro y envidio sanamente a quienes se dedican a ella. La arqueología es la más fiel aliada de la historia, pues nos desvela con pruebas irrefutables no sólo una gran parte de lo que fuimos en el pasado, sino también el por qué de lo que somos en el presente y lo que podemos llegar a ser en el futuro. En mis casi cincuenta y cuatro años de vida he sido, por desgracia, testigo impotente de centenares de atentados arqueológicos, arquitectónicos y urbanísticos que terminaron por desfigurar irreversiblemente la imagen de la Murcia en que nací.
Así que, después de la conmoción por el reciente y valiosísimo hallazgo de una barriada árabe del siglo XIII en pleno centro de la capital, tenía razones más que fundadas para temerme lo peor...
Pero hoy ha sucedido lo más grande que ha pasado en nuestro apartado picoesquina en muchos, muchos años: por una vez hemos conseguido doblegar a los especuladores del hormigón y a los dilapidadores de la cultura; aquellos que, frente al inconmensurable interés general del yacimiento, han antepuesto sus intereses particulares y se han obcecado un día tras otro en arrasarlo.
¡Que los zurzan!
Para celebrarlo, he rescatado este breve poema que escribí en 1986 y al que los acontecimientos han devuelto una vigencia realmente inusitada.
¡Va por Murcia y por vosotros, amigos y ciudadanos de a pie!
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CUANDO TOQUES LA TIERRA
Cuando toques la tierra y tu silencio sea tierra y los siglos asomen entre piedras heridas, cuando mires la historia silenciosa en tus manos, la columna, la flecha, la escultura, los muros, comprenderás tu nombre, tu destino de luz.
Anoche, en la tradicional lectura poética que el primer martes de cada mes organiza el Museo Ramón Gaya, los amantes de la poesía tuvimos la fortuna de escuchar y conocer al poeta manchego Ángel Aguilar (Caudete, Albacete, 1958), de quien yo conocía tan sólo un puñado de poemas recogidos en el libro Grupo poético La Confitería, Segunda antología, editado por Almud en 2006.
"Es Aguilar Bañón el poeta más celebratorio de todos los que integran este grupo", afirma el también poeta José Luis Parra en su prólogo a la citada recopilación. Y no le faltan razones; aunque personalmente creo que León Molina, otro de los poetas de La Confitería, no le va a la zaga en ese sentido.
En todo caso, estos dos poemas que leyó anoche en el museo (uno de los cuales tuve la osadía de registrar con el micrófono de mi cámara de fotos) nos confirman que Ángel Aguilar es un poeta verdadero; un hombre continuamente emocionado y sorprendido ante la vida; un lúcido derviche que baila al son de la música del universo; un ser, en fin, enamorado del amor.
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DERVICHE (Al salir de la discoteca)
Para Rosa, Frutos, Carolina, Manolo, Justo, Carmen y Valentín.
Es madrugada. Lejos de todo daño vibran las calles, últimas hojas caen.
El otoño desprende sus culpas y se va. Un edredón de niebla, un vaho alcohólico lava las copas de los pinos. Sois como playas desde donde zarpar hacia la nada sabiéndose acogido. Somos este placer sin meta. Ahora hasta mis manos ocupan su lugar. Aún sudo, el rocío es la verdad más honda del paisaje. La misma música ensordecedora habita este silencio. Siento el embudo del infinito, el abrazo del remolino, el vertimiento loco de nuestros cuerpos, más lento de los árboles. Este placer que deshecho palpita, como un mar recién nacido, soy yo, sois vosotros en mí, es mi Hueco.
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ESTÁN SUCEDIENDO MILAGROS
Sólo deseo lo que tengo. Miro los hilos que nos unen en la penumbra de la discoteca, brillan indestructibles. Podemos ignorarlos y seguirán ahí. Esto es amor, la claridad que nos exige un salto al vacío para abrirse. Ganar rindiéndose. Sólo deseo lo que tengo. Todo lo que existía antes que la razón y que le sobrevivirá. Este caos de vasos comunicantes llenos de tequila, de entrega. No cabe en la razón lo ilimitado mas sí en nuestros cuerpos. Esta danza tribal es el amor, esta chica que no conozco y que conmigo frota su belleza es el amor. Este intercambio de átomos enloquecidos es el amor. ¿De qué sirve llamarlo por miedo de otra forma? No somos separados, seguirá siendo amor, amor que nos engulle. Sólo deseo lo que tengo. Dios goza en nuestros labios. Esta sal que da oleaje a nuestra piel es el amor. Esta necesidad de amor buscándose a sí mismo es el amor. Esta avenida abierta por donde el aire nos arrastra ébrios hacia el abrazo es el amor. Sólo deseo lo que tengo. Juntos, en la hierba tendidos, sintiendo el frío de la tierra no somos sino amor.
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[Obra publicada de Ángel Aguilar:
-Alas más grandes que el nido. Diputación de Albacete, 1992. (Poesía) -El dragón Cárpulas y otros cuentos. La Siesta del Lobo, 1997. (Cuentos). -Haikus del parque. Librería Popular, 2002. Al alimón con Frutos Soriano. -El libro del agua. Diputación de Albacete, 2003. (Poesía).
Aparece en las antologías:
-Antología poética de autores albacetenses. José Manuel Martínez Cano. Diputación de Albacete, 1983. -Poetas de La Confitería. Universidad de Castilla la Mancha, 1999. -Las 70 mejores poesías escritas por poetas de Albacete. Andrés Gómez Flores. Alessandri Editora, 2001. -Mar interior: poetas de Castilla-La Mancha. Selección de Miguel Casado. Junta de Comunidades de Castilla la Mancha, 2002. -Grupo poético La Confitería. Segunda antología. Almud, ediciones de Castilla-La Mancha, 2006.]
Y dale..., y venga a darle vueltas al tema de los crucifijos en las escuelas... ¡Señor, qué cruz! Como si no estuviera ya claro lo que tendríamos que hacer con ellos.
A mí se me ocurren (dentro, creo, del grado más elemental del sentido común) múltiples razones a favor de que los crucifijos desaparezcan de una vez por todas de los colegios públicos, pero me limitaré a dar una que considero por sí sola más que suficiente: porque pueden herir (y, de hecho, hieren) la sensibilidad de nuestros hijos.
¿Acaso no es consciente la Iglesia del daño psicológico, del impacto emocional que la imagen diaria de un hombre desnudo y torturado puede causarle a un niño o a una niña de tres, de cinco, siete, diez o doce años, y de las consecuencias que ello puede acarrearle en el futuro? Yo sí lo soy, porque he sido niño y he vivido ese infierno. Afortunadamente supe salir de él, ¡aunque me costó lo mío! ¿Pero quién o qué puede compensarme por todos aquellos momentos de dolor y confusión?
En realidad, qué diantres, los crucifijos no sólo deberían desaparecer de los colegios, sino de absolutamente todos los espacios y organismos públicos: jardines, calles, plazas, ayuntamientos, juzgados, hospitales, cuarteles o comisarías. Si la Iglesia y sus adeptos quieren muerte, represión, tortura, sangre, violencia o sadomasoquismo, que los exhiban en sus recintos, en sus templos -que no son pocos- o en sus casas, pero de puertas para adentro, y a los demás que nos dejen ya tranquilos de una vez; que dejen de imponernos sus ritos (¿hay algo más gore que una procesión de Semana Santa?), sus cánticos, sus rezos, sus ruidos, sus campanazos, sus exhibicionismos; que dejen de metérnoslos por los ojos y por los oídos como si los espacios públicos -e incluso los nuestros más recónditos y privados- fuesen de su propiedad.
Y es que la Iglesia nos exige mucho a los demás (dicta e impone sus normas tanto a sus fieles como a sus infieles), pero muy poco a sí misma. En realidad sólo quiere ovejas sumisas bajo su jerarquía ultra militar. En lo más hondo no busca nuestra salvación, sino la suya.
La Iglesia despotrica y abomina diariamente del aborto, de la homosexualidad, de los matrimonios gays..., pero nunca habla del machismo, de la violencia de género, de los derechos de la mujer o, sin ir más lejos, de la erradicación de la pobreza (porque sin ella no gozaría de su poder ni de su inconmensurable patrimonio).
Sí. Qué interés ha mantenido siempre la Iglesia por promocionar el dolor, la sangre, la muerte, el sacrificio... ¿Para justificarlos, tal vez? ¿Para justificarse por las veces que ella misma los ha infligido? "No os quejéis", parece querer decirnos incesantemente, "porque Jesucristo sufrió mucho más que vosotros".
La Iglesia comercia con la muerte. ¡Qué negocio, la muerte! Bien pudo -pero no quiso, o no le interesó- presidir sus templos con una imagen más feliz del nazareno. ¿Qué habría hecho si a Jesús, en vez de crucificarlo, lo hubiesen empalado, desollado, abierto en canal o descuartizado en pedacitos? Visto lo visto (y leído lo leído, y oído lo escuchado), no me cabe, por desgracia, duda alguna...
La Iglesia, pues, promueve, impone el sufrimiento. Se empeña en recordarnos todos los días del año y todas sus horas con todos sus minutos lo mucho que padeció Jesús; y, con la excusa de su divinidad (¡así cualquiera!, podríamos argüir), nos lo muestra como a un hombre... ojo, ciertamente atractivo y bien proporcionado..., constantemente desnudo, humillado, torturado, crucificado..., ¡y chorreando sangre por todos los poros de su piel! ¡Qué espectáculo!
Así que, entre otras cosas, a la Iglesia deberíamos exigirle discreción, pudor, consideración; y un mínimo de humildad y de presteza para reconocer y asumir sus errores. Resumiendo: "examen de conciencia"; y que deje en paz la nuestra.
Y cada vez que exhibe sus martirios, sus apocalipsis, sus infiernos y sus crucifijos en lugares públicos, nosotros, como buenos ciudadanos, responsable y respetuosamente deberíamos advertirle: "¡Cuidado, que hay niños delante!".
[NOTA: la ilustración es un boceto mío de 1985 que en su día titulé "Pelea de nazarenos".]
'Nisse (gnome)', por Jean-Noël Lafargue [en Wikipedia].
[Este cuento es -no me atrevo a decir que el último, porque Sebastián es muy prolífico- uno de los más recientes escritos por mi hijo, que ahora tiene 13 años y estudia 2º de la ESO. Como siempre, lo he encontrado por casualidad entre los documentos de mi ordenador.]
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EL GNOMO INCOMPRENDIDO
El hombre estaba cansado de la gente. Todo el mundo le menospreciaba, le reprochaba cada palabra que decía. Se sentían superiores frente a él, frente a su arte, frente a su incomprendida forma de pensar. Como si ellos fueran perfectos, como si lo hicieran todo bien, como si estuvieran más allá del pensamiento. Se fué de su lugar de trabajo y se dirigió a un parque cercano, a buscar la soledad, a comunicarse consigo mismo, ya que las demás personas no le tomaban en serio. Se sentó en el primer banco que vió, en un rinconcito guardado por la sombra. Meditó sólo pensando en lo bien que se sentía aislado de todo el mundo... Allí se sentía en paz y podía pensar libremente en lo que quería, sin que los demás le dijeran nada. Al mismo tiempo se preguntó a sí mismo si había alguien en el mundo que pudiera comprenderle...
De pronto oyó un fuerte ruido entre el siseo de la suave brisa. El ruido le hizo reaccionar de manera que se fué de sus pensamientos, girando la cabeza a todas partes en busca de la causa del estruendo. Pero no vió nada, con lo que se volvió a centrar en sus reflexiones. Retomó su meditación..., pero su calma cesó otra vez. Aquel ruido sonó de nuevo. El hombre buscó por todas partes con la vista y sin levantarse del asiento, pero tampoco vió nada raro. Nuevamente el ruido sonó, pero esta vez golpeó contra su pierna. "¡Eh, oiga!" -dijo una voz muy infantil- "¡Oiga! ¿tiene un trozo de pan?" El hombre bajó la cabeza y vió algo que le impresionó: un extraño hombrecito de, aproximadamente, veinticinco centímetros, estaba apoyándose en la parte baja de su fémur como quien se apoya en una pared. El pequeño ser tenía perilla y una cara verdusca de expresión tan antipática como cansada. Parecía estar desesperado por algo, aunque su caracter desprendía mucha fuerza. Volvió a preguntar lo mismo con un tono maleducado: "¡Usted, el idiota de la pierna grande! ¿Tiene o no tiene un trozo de pan?". El pequeño personajillo se hartó y se apartó de la pierna del hombre. "¿Acaso le parece estúpida mi pregunta?" -dijo, furioso- "¡Seguro que es usted como todas las personas!". El extraño ser recogió su vieja mochila y se marchó con resignación.
El hombre no salía de su asombro. ¿Quién y qué sería ese hombrecillo? Sin poder contenerse y sin saber por qué, se levantó del banco y dijo: "¡No te vayas!". Sentía mucho interés por el extraño ser y no puedo evitar reaccionar de inmediato. "¿Qué demonios quieres?" -dijo el diminuto personaje, con tono más que de enfado. El hombre estaba tan asombrado y se sentía tan extraño en ese momento, que se le quedó la mente en blanco de repente. Deseaba bombardear a preguntas a ese extraño ente, y estaba tan nervioso que ya no sabía qué decirle. "¡Buf...!" -dijo el excéntrico individuo- "¿Todos los seres del planeta sois iguales? Os creéis demasiado con vuestra mente perfecta, pero, ¿qué sois realmente? NO SOIS NADA". El hombre no sabía qué decir en ese momento. Estaba incomodando al personaje y tenía que hacer algo para calmarlo. "Oiga, perdone..." -dijo, confuso- "Yo no quería ofenderle..., no tengo ningún trozo de pan..., sólo es que nunca antes había visto a ningún hombre así, con su aspecto..., y quería preguntarle". El hombrecito se enojó aún más y más. "¡¿Cómo dice?! ¡¿Alguien con mi aspecto?! No, si encima es usted un clasista y un despectivo... ¿Y para esto ha servido la humanidad? En lugar de proponerse ser mínimamente perfectos de verdad, utilizan el cerebro para creer directamente en ello... ¡Así va el mundo, por vuestra culpa!"-dijo, y luego se fué refunfuñando. El hombre no se aguantó y quiso acompañarle. "Oiga...¡yo no soy de esas personas!" -dijo, mientras intentaba ir a su ritmo dando pequeños pasos- "Es más, yo también estoy bastante cansado de la gente ignorante y de su complejo de superioridad. Dígame, ¿de dónde viene usted?". "De Setósina" -dijo el hombrecillo, con un tono muy natural. Justo después intentó ir más rapido, pretendiendo alejarse del hombre y moviendo torpemente sus cortas piernas. "¿Setósina?... No me suena de nada" -le respondió él, sin ni siquiera percatarse de que le estaba huyendo - "¿Está lejos de aquí?". El personajillo puso cara de sorpresa. "¿Que si está lejos? Pues está donde hay setas, naturalmente. ¿Nunca has oído hablar de nosotros, los gnomos?". El hombre no pudo evitar reírse un poco. "¿Gnomos?" -se rió aún más- "Eso son historias infantiles." El pequeño personaje no salía de su asombro. "¡¿COMO?!" -gritó éste, más furioso que nunca- "¡Usted no se burle de mí! En el fondo todos los humanos son unos maleducados...¡A veces me pregunto si hay alguien que comprenda mis lamentos, y no me tome como un viejo cascarrabias!".
El hombre comenzó, de repente, a identificarse con el supuesto gnomo. Creyó que había encontrado a su verdadera alma gemela, alguien con el que compartir sus pensamientos. Pero todavía tenía que convencer al ser de que era una persona comprensiva. "¿Y cómo es que estás aquí, con esa mochila y no estás en tus tierras?" -le preguntó por curiosidad. El pequeño gnomo hizo al principio como que no le escuchaba, pasando del tema. Pero segundos después se dignó a contestar. "Me fuí porque quería estar solo" -respondió con tono desesperado. El hombre entendía perfectamente al personaje, y comenzó a darse cuenta. "Quizás la gente te menosprecie, ¿no es así?" -le dijo- "No comprenden tu forma de pensar y por eso se creen superiores ante ti, ¿no es cierto?". El hombrecito notó bastante comprensividad. "¡Así es! Es exactamente lo que siento" -dijo- "Vaya...parece que al fin y al cabo, sabes reconocer una realidad.... algo que me causa impresión, tratándose de una persona." El gnomo parecía ir haciendo buenas migas, pero aún filosofaba refunfuñante. "Nadie en el mundo aguantaba mis ideas"-continuó diciéndole- "Las veían estúpidas. No me dejaban expresarme, porque al fin y al cabo, ¿qué les iba a dar yo? La gente necesita cosas que no se encuentran en mis palabras, ni en mi arte. Pero esas cosas que necesitan, ¿qué les dan? En el fondo tampoco les dan nada. Sólo hacen de la persona la artificialidad". Después de hablar el gnomo, el hombre se percató de lo sabias que eran sus palabras. No tenía duda de que había encontrado la otra cara de su libro, la otra mitad de su mandarina, algo que las demás personas no podían tener: Su más única alma gemela. "¿Y los demás gnomos también te trataban así?" -le preguntó el hombre. El gnomo le miró y soltó un supiro. "Sí" -dijo- "Todo el mundo, mi mujer, mis hijos y los vecinos de Setósina, mi tierra. Nadie me soportaba..., pero ahora que les pudran. No quiero volver a saber nada de ellos, nunca más. No pienso volver ya a mi seta."
El hombre y el gnomo salieron del parque.Ya no existían las mentes incomprendidas, ni el oscuro banco. Ahora estaba la amistad.
Sí, amigos, el próximo sábado estaré en Madrid, concretamente en el castizo Café Concierto La Fídula, invitado por mis amigos de Banda Inaudita para participar en un nuevo y estimulante proyecto poético-musical.
Juan Pablo Muñoz Zielinski, Laura Villa y Santiago Puente (y copio literalmente de mi blog de jazz, en donde también he destacado la noticia) han preparado un programa con un repertorio mixto en el que interpretaremos algunos fragmentos de "La Reina de las Hadas", de Henry Purcell; "Youkali", de Kurt Weill; temas propios de Banda Inaudita y más de una sorpresa jazzística; todo ello aderezado con la lectura de algunos poemas míos. Una auténtica jam de emociones en la que también colaborará la excelente violinista Oti Fidalgo.
A principios de verano, durante una animada fiesta de cumpleaños en casa de mis amigos Emilio y María en Los Alcázares, nos pusimos todos de repente a hablar de flora, fauna, insectos, jardinería y otros temas colindantes. ¿Quién no tiene anécdotas que contar en torno a esos asuntos...?
Ah..., ya lo recuerdo. Todo empezó porque les enseñé unas fotografías con la cámara y una de ellas era de una tijereta, hecha con macro. El caso es que, entre anécdota y anécdota, terminé por contarles la visita que hace años hizo una libélula dorada al balcón de nuestra casa, en Murcia. La única libélula dorada que he visto hasta ahora en vivo y en directo. Para mí fue impactante, como un encuentro iniciático. Tanto fue así, les dije, que escribí un poema; además, en aquel momento no disponía de ninguna cámara; la digital estaba rota y la Praktica sin carrete... Una tragedia... ¡Me gustaría tanto que pudiéseis verla ahora!
Al cabo de unos días, recibí un correo de María remitiéndome a una entrada de Frikosal, el magnífico e interesantísimo blog de un conocido suyo, Manel Soria, agrimensor de profesión y gran experto en fotografía de la naturaleza. La entrada llevaba por título Otros éxtasis: las libélulas doradas, y en ella aparecían las tres asombrosas fotografías que, con el consentimiento de Manel, os traigo aquí junto con mi poema. La libélula que yo vi no era exactamente igual a esta, que al parecer es una Orthetrum brunneum; no tenía esos ojos ni esos adornos blancos, era absolutamente dorada, de un intenso oro macizo levemente esmerilado.
"Como una diosa verdadera", decía acertadamente Manel a pie de foto, "estaba posada en su atalaya, alzando el vuelo de vez en cuando para capturar una presa y comérsela".
La libélula que yo vi permaneció inmóvil durante horas en la persiana del balcón, en un quinto piso, en pleno centro de la ciudad de Murcia. Sin duda se detuvo para descansar, extenuada, y reponerse tras una larga travesía; porque después de aquello he sabido que las libélulas, para cambiar de clima, migran como las aves; de hecho, sus patrones de migración son similares a los de ciertas especies de aves, lo que sugiere a los expertos que existe un vínculo evolutivo en sus comportamientos. Las libélulas pueden llegar a recorrer en torno a los 140 kilómetros en un día. Casi nada. En esta época es fácil verlas. El otro día salí al balcón y vi una sobrevolándolo. Tenía una considerable envergadura. Tal vez quiso posarse en alguna de mis plantas y mi presencia la asustó. Recordé a aquella libélula. "¿Será la misma?", pensé romántica, infantilmente. Hoy quiero pensar que sí; que todas las libélulas del mundo son ya esa libélula.
Bueno..., os dejo con mi poema. Salud y ¡larga vida a las libélulas!
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LIBÉLULA DORADA
A Antonio Moreno
A medida que crece mi jardín, crecen también sus diferentes huéspedes.
Mi pequeño jardín son veinte o treinta macetas de distintas proporciones distribuidas por las dos terrazas.
Muchas de ellas albergan insectos que no encubren lo bastante su liviana presencia, o que se amparan, precisamente, en ella: hormigas que desfilan por las ramas, mosquitos apostados en las hojas, minúsculas arañas al acecho;
y, en una jerarquía superior, a menudo aparecen mariposas, avispas, abejorros, saltamontes, coleópteros diversos...
Tampoco nos sorprende ver, de noche, quieta tras la maceta del aloe, una salamanquesa de piel pálida y grandes ojos llenos de misterio.
Pero, a veces, se dejan ver especies que parecen venidas de otros mundos, heraldos de una vida más atávica y más indescifrable que la nuestra.
Y nos quedamos todos boquiabiertos.
Ayer por la mañana descubrimos, posada en la persiana del balcón, una enorme libélula dorada, estática, majestuosa como una joya única, prodigio de la más excelsa orfebrería; un broche fascinante de oro puro, ofrenda repentina del aire y de la luz.
Y estuvo allí, prendida en la madera, todo el día; brillando ante nosotros, iluminando nuestras vidas.
Qué profundo silencio compartimos.
Libélula dorada, libélula dorada de la vida...
En mi jardín todo se queda quieto, mirándose, mirándonos vivir.
Después de algún tiempo (no hay término medio), he vuelto a sentir la tentación de escoger al azar una de mis carpetas y mirar en su interior. Escondido en un caos de manuscritos, recortes, dibujos y fotos ha aparecido, escrito con bolígrafo en el reverso de un pequeño recibo amarillento, este breve poema o apunte de poema sobre el que no guardaba memoria alguna. Mi hija tenía entonces cuatro años.
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Hija: siento tu soledad como algo mío.
Te veo jugar en campos de mi infancia.
El sol en tus mejillas, el viento en tus oídos y en tus ojos la luz que abraza cuanto toca.
Las vidas se repiten y siento en ti mi vida.
Cómo te quiero, hija, y qué mal lo demuestro.
Es así de sencillo: te dejo sola, como yo me siento.