“La lluvia ha sido un elemento prácticamente omnipresente en todas las ediciones de la feria. En 1956 la inauguración tuvo que retrasarse cuatro días por este motivo. Más de un humorista afirmó que la lluvia representaba la reacción de la Naturaleza ante la masiva tala de los bosques para obtener la celulosa con la que se hace el papel. El cómico Evaristo Acevedo incluso propuso —con mucha sorna— que la feria se organizara en ciudades y comarcas con problemas de sequía, y así convertirlas en zonas de regadío.”
–Elena Mengual, Carteles con memoria–
II
Rozando ya las cuatro de la tarde, cargados de maletas y guitarra, hicieron su aparición el poeta Alexis Díaz-Pimienta y su amigo y compatriota Xino Carrasco, compositor, cantante y guitarrista, pidiéndome disculpas entre risas y abrazos.
Comimos, sin duda, mejor que en el hotel. Y al menos cinco veces más barato. Los menús recién cocinados resultaron copiosos y exquisitos, y fueron servidos con sencillez y naturalidad envueltos en un diálogo austero y franco por el camarero.
En el transcurso de la comida, Xino me regaló su primer disco en solitario, Shake it out, e intercambiamos las tarjetas con los correos y los números de teléfono sin dejar de hablar ni un momento, como si nos conociéramos de toda la vida.
A las seis menos diez llegamos, renqueantes, a la Feria del Libro. Estaba prácticamente desierta, con todas sus casetas cerradas. "Ya te dije, poeta, que no eran necesarias tantas prisas", dijo Alexis jadeando. Así que, recelosos de que todos los actos hubieran sido cancelados, consultamos al respecto con un vigilante embutido en un impermeable transparente, quien nos tranquilizó diciéndonos que las casetas se abrían a las seis en punto. En efecto. La de Calambur fue de las primeras. Apareció Javier Orrico, director del Premio "Los Odres", paseando plácidamente con su mujer, Teresa, y con su hija; aparecieron Fernando Sáenz y Emilio Torné, los directores de la editorial, serenos y muy cordiales; y poco a poco el inmenso recinto de la feria, rociado por la lluvia, fue salpicado también por pequeños grupos de visitantes que tímidamente pasaban frente a las casetas al tiempo que éstas abrían somnolientamente sus párpados.
El acto de presentación de nuestros libros comenzó a las 18:30 en el cálido Pabellón Carmen Martín Gaite, sobriamente decorado con verdaderas obras de poesía visual. Habló Emilio Torné. Habló Javier Orrico. Torné me presentó. Balbuceé cuatro palabras y leí dos poemas, Losas sueltas y Libélula dorada; el primero lo ilustró musicalmente, con sensibilidad y discreción, Xino Carrasco; el segundo lo ilustré yo mismo con el sanza. Aplausos. Acto seguido presenté yo mismo a Alexis y le pasé el testigo. Leyó al azar siete u ocho magníficos poemas de su libro, acompañado también por la guitarra sutil de Xino. Al finalizar, Emilio y Javier le pidieron, cómo no, que repentizara algo. "¿Sin un triste trago de ron que llevarse a la boca? Bueno, probaremos con agua".
Y de pronto el pabellón ardió con la llama portentosa e integradora del corazón del gran maestro. Xino y yo acompañamos, con guitarra y percusión, aquel mágico torrente surgido del misterio más recóndito, el don arcano de un poeta excepcional. Emilio y Javier se echaban las manos a la cabeza.
Aplausos, sonrisas, más sonrisas y aplausos... Las nueve o diez personas que asitieron al acto desde su comienzo se habían multiplicado por dos cuando finalizó.







