lunes, 19 de febrero de 2007

Coplas de arena




Nada soy para el mundo.
Todo en mí empieza y termina.
Soy un granito de arena
y soy la playa infinita.


-JUAN PEÑA-



Coplas de arena, mi tercer y -hasta el momento- último libro publicado, es un pequeño volumen que salió a la luz en junio de 2002 en la colección Ciclos, dirigida por el poeta y traductor Carlos Vitale para Emboscall Editorial (Vic, Barcelona), aunque este título es, en realidad, el título genérico de una colección de coplas más extensa (aún inédita) de la que extraje un muestrario de cuarenta de ellas para la composición de ese librito, confeccionado artesanalmente y por el que siento un afecto especial.

Por su sencillez, brevedad, ligereza y ausencia de retórica, la copla es para mí el equivalente del haiku, ese poemita leve de la lírica japonesa que cabe holgadamente en una hoja de cerezo.

Decía aquel coloso de nuestra literatura que fue Rafael Cansinos Assens (Sevilla, 19882-Madrid, 1964) que la copla "se identifica de tal modo con el poema ingenuo y breve que no cabe distinguirlos como no sea apelando al popular contraste, pues en su origen y esencia son la misma cosa. Toda poesía sencilla y apasionada tiende a la copla, al versículo. ¿Qué es el Cantar de los cantares sino un centón de coplas admirables, cada una de las cuales tiene su sentido perfecto y habla y se responde a sí misma sin necesidad de la siguiente? De ahí la aparente incoherencia del libro, su aire enigmático y cifrado, con ese algo de sobreentendido que siempre tiene la copla y esa traza de decir ocioso". Y también decía que "el triunfo supremo del poeta hecho coplero es que sus canciones corran anónimas en labios de la multitud".


Yo no aspiro a tanto. Escribo coplas desde hace muchos, muchos años. No las busco. Acuden a mi mente en los momentos más insospechados y casi siempre íntegramente y de sopetón, como si ya hubiesen sido escritas, como dictadas por alguien que habita en mi interior. Aquí os dejo unas cuantas, algunas aún inéditas, sencillamente para compartir en el silencio un poco más de lo mío con vosotros.



Yo busco la soledad
porque es lo único en el mundo
que me dice la verdad.



El camino que tomé
es el que sigo;
pero a veces me dan ganas
de no ir conmigo.


Cuando me fumo un cigarro

siento que la vida es humo,
fuego que se está apagando.




A veces rompo a cantar

para acallar pensamientos
que no me dejan en paz.



Las coplas son los balcones
por los que el pueblo se asoma
para cantar sus canciones.


Hoy yo te canto una copla,
mañana me la cantas tú;
así de simple es la cosa.


Pero si ya no me acuerdo,
no me acuerdo de la copla
que cantaba hace un momento.



Todas las coplas que tienen
un tono muy personal,
al llegar a su destino
cogen y echan a volar.



La copla que se improvisa
se debe cantar con tiento;
si se provoca con prisa
se desperdicia el momento.



De madrugada,
frío en el cuerpo,
fuego en el alma.



Cuerpo en el alma,
frío en el fuego
de madrugada.



Soy obrero de la vida.

Trabajo en todo momento.
Y cuando se me interrumpe
me resulta muy violento.



Nunca he sabido venderme.
Trabaje en lo que trabaje,
no sé qué precio ponerme.



A mí no me compra nadie.
Sólo me vendo a mí mismo,
aunque alguna vez me estafe.


Somos todos marionetas,
porque a todos se nos sienten
los hilos que nos sujetan,
aunque sean transparentes.


Por no parecer ingrato
abrí mi puerta al deseo
y ahora no sé cómo echarlo.


Yo a ti te quiero querer,
pero como tú me quieres
no sé si voy a poder.


Dices que me quieres,
pero no es verdad;
queriéndote menos,
yo te quiero más.


¿Cómo puede ser
la misma naranja
una mitad dulce
y la otra amarga?


Ya mil veces te arranqué,
pero tú sigues brotando
donde nunca te sembré.


La palmera y el ciprés
llevan juntos veinte años
sin preguntarse por qué.


Dos cactus guardan la reja
de tu ventana cerrada;
uno es tu orgullo, y el otro
el miedo que yo te daba.


La sombra de la persiana
dibujándose en tu rostro
es la cárcel de tu alma.


Yo tengo una cicatriz
remendadita por ti.


Como si nada
te sueltas tu pelo negro
y me das la espalda.



Amor, cierra los ojos.
Somos oscuridad.
Sólo en ella nos vemos.
La luz es soledad.



Me dan pena las estatuas,
solas en su pedestal,
marginadas por su hazaña.



Agua sucia del río
regando la placeta
de nuestro sinsentido.


Por las ramblas del viento
silba rauda la arena

camino del desierto.


Nota: la fotografía de esta entrada, titulada "Sandwellen" y conseguida
en Wikipedia, es obra de Manfred Morgner.

lunes, 12 de febrero de 2007

Poemas a mis hijos



La humanidad podría dividirse entre quienes somos padres y quienes no lo son. Yo estuve mucho tiempo sin serlo (exactamente, 34 años). Cuando se es padre comienza uno a valorar y a comprender más fácilmente a sus padres. Las alegrías y emociones que un hijo te producen no tienen parangón. Los poemas que siguen los escribí a pie de obra. Los tres primeros salieron a la luz en El jardín errante (aunque La terraza ya apareció en Un camino en el aire, cerrando el libro), y Fruición y Exhalación permanecen aún inéditos (los he incluido en La herencia invisible, mi cuarto libro, que está a la espera de ser editado). Entre los dos poemas dedicados a mi hija pasó un período de diez años. Cuando escribí La terraza, ella tenía tres; cuando escribí Exhalación, trece. El primero de los poemas a mi hijo lo compuse en el hospital, el día que nació; el segundo, cuando contaba uno o dos años; el tercero, con cuatro o cinco. Hoy Elena tiene dieciséis, y Sebastián once. La fotografía de arriba es un autorretrato más o menos reciente.


LA TERRAZA
a mi hija Elena

Subes las escaleras. La terraza
ha abierto para ti toda su luz.
Te miro desde abajo, y tú te vuelves
a ver si soy testigo de tu audacia.
Eres un ángel libre.
Tu cuerpo iluminado
proyecta una gran sombra.
Y regreso a tu edad.
Esa terraza es tuya para siempre
y yo me quedo abajo contemplándote.
Has cruzado la puerta. Oigo tus risas.
Y veo también tu sombra en la pared.
Tu edad es mía, Elena.
Juega, juega, amor mío.
Regresa siempre alegre
de tus altas andanzas.


1 DE ENERO DE 1996
a mi hijo

La luna es una gota de tu sangre.
El silencio es tu ritmo.
Todo el cielo te mira.
Te acarician las nubes, corazón de montaña.
Eres hijo del sol.
Se han erguido las flores con tu sangre.
Vienes a un mundo en movimiento,
un mundo en suspensión.
Has nacido otra vez, primavera invernal.
Eres todos los hombres
que regresan incógnitos.
De tu aliento se nutren,
del aire de tu sangre.
Hasta el aire se nutre de tu sangre.
Ha nacido el deseo
cuando todos lo esperan.
Ha nacido el secreto
donde la luz es libre.
Esta noche es antigua.
La familia nos mira,
los amigos nos miran.
Las estrellas celebran tu inocencia.
Este mundo que nace
necesita dormir,
aprehender bien su sueño.
Necesita callar.
Soledad sin cadenas.


HIJO MÍO

Hijo mío, te miro
y me lleno de ti.
Tu mirada de luz
ilumina mis ojos.
Como una hoguera nueva
resplandece mi sangre.


FRUICIÓN
A mi hijo Sebastián

Inmerso con denuedo en tus hazañas,
ufano equilibrista en pos del viento,
corres de un lado a otro en el salón.
Esquivas por muy poco los sillones
(has estado ya a punto de caerte)
y remueves el aire de la casa,
las hojas del periódico que leo,
como un ágil ciclón infatigable.
Poco a poco me invade una gran somnolencia,
como si con tus saltos me mecieras.
Sentado en el sofá, cierro los ojos
y me recuesto sobre su respaldo.
Y es verdad que me acunas.
Qué descanso tan dulce.
Sentir que estás tan vivo es como un bálsamo.
Tu energía me toca;
es un puro masaje para el alma;
y en la paz de su esmero y su eficacia,
tu profunda fruición me reconforta.
A veces, con esfuerzo, abro los ojos
y espío casi en sueños tus impulsos.
Pero a ti no te gusta que te mire.
Si notas que lo hago, te detienes;
y, con un ademán de tu mirada
o un explícito gesto de tu mano,
me ordenas que prosiga con lo mío,
leyendo las noticias, dormitando.
Quieres sentirte solo en mi presencia,
estar conmigo solo en tu secreto.
Tal vez porque sospechas que, al mirarte,
me adentro en tu más íntimo dominio.
No te miro: te siento. Bien lo sé:
estoy contigo por añadidura;
estoy aquí como si no estuviera.
Te entiendo y te obedezco.
Quieres tenerlo todo controlado.
Con pocas diferencias, yo también.
Es un indicio más de nuestro vínculo.
Y aunque cierre los ojos
y finja estar ajeno a tu embeleso,
sigo siendo testigo de tu vida
(tan viva, que adormece,
como si se bastara por sí sola).
Porque eres lo más mío,
que es aquello
que tú, en tu soledad, ya has hecho tuyo.


EXHALACIÓN
A mi hija Elena

¿Desde dónde te miro?
Acabas de llegar,
con más de media hora de retraso
sobre el plazo acordado,
e intentas convencerme,
con voz apresurada y gestos categóricos,
de que esta vez tampoco ha sido por tu culpa.
Fuerzas muy poderosas te impidieron
(de nuevo) ser puntual.
Pero hoy no me valen tus excusas.
Me vales sólo tú, tesoro único;
la vida en ti, tan viva, tan ardiente.
Me importas sólo tú,
tan libre en tu inocencia y tu hermosura.
¿Desde dónde te escucho?
Acabas de llegar, y estás ahí,
en pie, junto a la puerta del salón,
mirándome y hablándome
mientras yo sólo miro
y escucho tu belleza.
Estás dentro de mí desde hace tanto...
Por el balcón que te ilumina el rostro
entra la brisa fresca de la tarde.
Por las ventanas de mis ojos corre
el aire alegre y puro de tu gracia.


domingo, 4 de febrero de 2007

Poesía en las aulas: una anécdota para el recuerdo


Saber muchas cosas, eso es el gusto, dicen los maestros, ya que las palabras
del poeta van en todas direcciones. Ya se ha dicho: su palabra, no se sabe cómo,
se esparce poco a poco en un ámbito que aún no ha sido pisado.
Esto es lo propio del poeta: aquel cuyas palabras van en todas direcciones.

-
RAJASEKHARA en la Kavyamimamsa (final del siglo IX o principios del X)-



Cambio el registro radicalmente para referirme a una de mis últimas vivencias como poeta de esta villa.

Al margen de mi discreción, mi presumible humildad o la pretendida privacidad que procuro mantener en mi existencia cotidiana, a mi ya irrevocable afición a juntar letras va unida, como una sombra con la que prefiero llevarme lo mejor posible, mi imagen pública, que se mueve y se abre paso por su cuenta.

Nunca he ido de anónimo por la vida, porque incluso ir de anónimo me parece un cante. Así que lo que no me gusta es dar el cante. Pero ya voy teniendo una edad (qué tópica es esta frase y a la vez qué poética) y, después de tres modestos libros en los escaparates, en los últimos años me han buscado alguna que otra vez para hacer una lectura, someterme a una entrevista o colaborar en una publicación.

Y ha habido de todo, lo confieso. A veces me han propuesto intervenciones que me han supuesto más enfosco que satisfacción. Pero este año lo he comenzado viviendo una aventura que merece destacarse más que cualquier otra de entre las varias que he vivido hasta ahora como consecuencia de esa imagen oficial como poeta. No ha de ser muy mala esa imagen cuando es capaz de recompensarme tanto.


Desde la Consejería de Educación se puso en marcha, a principios del curso pasado, un programa denominado Escritores en el Aula -cuyo sólo nombre nos orienta sobre sus objetivos- destinado a alumnos del tercer ciclo de Enseñanza Primaria; es decir, a niños de entre diez y doce años. Este curso, los responsables de ese plan han decidido darle continuidad y, para mi sorpresa, han querido también contar conmigo para, junto a otros catorce narradores y poetas de la región, visitar una serie de colegios y compartir con los alumnos unas cuantas lecturas literarias. Cinco centros para cada autor y tres sesiones en cada centro a lo largo del presente ejercicio. En total, quince visitas de las que ya he realizado cinco; la última, el jueves pasado en el colegio Juan de la Gloria Artero, en Bullas. En días anteriores visité los colegios Cierva Peñafiel de Murcia, Juan XXIII de Las Lumbreras (Monteagudo), Nuestra Señora de la Fuensanta de La Algaida (Archena) y Santo Domingo y San Miguel de Mula.

Lo sé a ciencia cierta: en todos ellos la experiencia ha sido un éxito. Los alumnos y yo hemos compartido momentos que son ya inolvidables. Así de claro y así de rotundo. Como prueba de ello, me gustaría compartir con quienes lean estas líneas una anécdota que a buen seguro les ayudará a ponerse en mi lugar en tan extraordinaria empresa. Ocurrió en la mañana del pasado jueves, 1 de febrero, en el primer colegio que arriba he mencionado. Aquel día me acompañó a Bullas, pueblo al que me unen innumerables recuerdos de adolescencia y juventud, la periodista de Onda Regional Marta Ferrero, quien dirige un programa radiofónico (también auspiciado por la Consejería) denominado La tribu imaginaria, a fin de grabar la sesión y entrevistar a los alumnos.


Dado que también soy músico, desde un principio me propuse ejercer esta actividad combinando la poesía con la ilustración musical; así que, como ya he hecho otras veces en lecturas oficiales para un público generalmente mucho más adulto, decidí incluir una banda sonora en algunos de los poemas que elegí para llevar a cabo la misión; algo así como escoger un marco para una pintura que nos gusta. Ello -pensé- me serviría tanto para crear un clima o un ambiente que contribuyeran a centrar la atención en un poema concreto, como de excusa para requerir la ayuda de los niños y hacerlos más partícipes de lo que allí fuese ocurriendo. Para leer El abogado de los árboles, por ejemplo, que es uno de los poemas que más les ha llegado, me acompaño de la guitarra y de la armónica con un fondo de blues; y para ilustrar un poema breve, La diosa gris, les pido a los alumnos que colaboren y reparto entre los voluntarios una serie de pitos, reclamos de animales y sonajeros para crear una atmósfera selvática con un fondo de lluvia.


Nunca me limito a leer e ilustrar el poema y santas pascuas, sino que introduzco comentarios sobre qué me impulsó a escribirlo, cómo me llegó la inspiración o qué entendí y sentí en el momento de hacerlo. Aclarado lo cual paso por fin a comentar la anécdota, que a buen seguro hará reflexionar a más de uno.

Ya al final de la sesión, tras leer unas coplas acompañándome a la guitarra con unos simples acordes de reminiscencias flamencas, le llegó el turno a la última, una letra que dice:


La palmera y el ciprés
llevan juntos veinte años
sin preguntarse por qué.

Por lo que aproveché para soltar una retahíla sobre la convivencia más o menos con estas palabras:

-Esta copla la escribí después de ver una estampa típica de la huerta: una palmera y un ciprés creciendo juntos en un huerto o a la puerta de una casa. Me dije: qué diferentes son y, sin embargo, qué unidos se les ve. Y me puse a pensar en lo difícil que es entre los seres humanos la convivencia; con qué facilidad nos enfadamos con nuestro compañero de pupitre, o discutimos con nuestros hermanos, nuestros padres y nuestros amigos, o despreciamos e insultamos a quien nos viene en gana por el sólo hecho de no ser como nosotros... ¡Cuando no hacemos otras cosas muchísimo peores!
Algunos niños se apresuraron a decir:
-¡Mis abuelos están siempre discutiendo!
-¡Mis vecinos y mis padres no se hablan!
Con lo que me dieron pie para seguir con mi razonamiento:
-Por eso, entre otros muchos motivos, me llaman tanto la atención las plantas... Porque, a pesar de ser tan distintas unas de otras, son capaces de nacer y crecer juntas, de hacerse compañía sin necesidad de discutir, ni de lanzarse reproches, ni de chincharse por nada...
En ese momento, una niña pidió tímidamente la palabra y apuntó:
-Y a lo mejor, por debajo de la tierra, con las raíces se dan la mano...

Raíces que se dan la mano bajo tierra... ¿Es o no poética esa imagen? Ahora, que cada cual saque sus conclusiones. Yo me despido con un ¡vivan los niños! y citando de nuevo a Rajasekhara:


Así pues, el poeta didáctico y el poeta lírico tienen el mismo valor, y apreciamos
en ambos la facultad que tienen de solicitarse y de ayudarse mutuamente.
Un condimento didáctico favorece la poesía, mientras que una tendencia
exclusivamente didáctica la entorpece. Asimismo, un condimento
de poesía contribuye a madurar el enunciado didáctico, mientras
que una tendencia exclusivamente poética lo obstaculiza.

domingo, 28 de enero de 2007

Poemas de El jardín errante





Lejos ya de tu rama,
Frágil y pobre hoja,
¿A dónde vas?

-LEOPARDI-



Si con el título de mi primer libro, Un camino en el aire, quise referirme a mi frágil y ensoñadora travesía poética, al bautizar mi segunda obra como El jardín errante pretendí, ante todo, rendir un homenaje a la propia poesía y "a quienes la hacen posible", como reza en el farragoso texto que escribí para la solapa de la contraportada del libro ("El jardín errante es, ante todo, un tributo; pero, a la vez, una invocación", comenzaba diciendo; y terminaba: "En definitiva, un canto, una llamada pero también un eco").

El libro fue galardonado, en 1998, con el XIII Premio de Poesía Antonio Oliver Belmás y publicado, un año después, también por la Editora Regional de Murcia, circunstancia que me inspiró (y esto lo saben muy pocas personas todavía) una copla tan simple como perecedera:


La Editora Regional
va a publicarme otro libro.
Libre de mí si, al final,
de otro libro yo me libro
sin cambiar de editorial.



Volviendo al tema del inicio de esta entrada, en El jardín errante aparece un largo poema que no incluyo entre mis favoritos pero en el que aludo explícitamente al título y a aquella idea de la poesía como jardín:



UN LIBRO

Te dirigías ya a acostarte, pero
te detuviste en seco en el pasillo:
te faltaba algún libro, un prólogo
a tus sueños de aquella noche, pues
no por estar cansado romperías
el rito de leer (“aunque sea un poco”)
antes de deslizarte al mar callado
de tu cama bien hecha, amplia y limpia.
Sabías que en la mesilla de tu cuarto
los días acumulaban las lecturas
que nunca han de faltarte, los poetas
más veces reelegidos, como aves
que han hecho allí su nido para siempre.
Pero querías dejarlos descansar,
siquiera algunas horas, y acudiste
con fe ante los estantes en penumbra
para buscar un libro diferente,
uno que te confiara claves nuevas;
no un estilo distante, no un latido
extraño a tu latido, ya que a todos
los que tu espíritu eligió los une
un sentir parecido. Juntos forman
un ordenado libro de la vida,
que un día abres aquí y otro allá,
según dicten tu instinto, tu conciencia
o tu intuición –tu alma de hombre, en suma–
y te propone reglas y caminos
con eficacia misteriosa y justa.
¿Qué, si no, te indujo aquella noche
a rebuscar entre tus viejos libros
con la esperanza de encontrar alguno
que aún desconocieses lo bastante
como para meterte en él, y abriese
un poco más tus ojos y tu alma?
De pronto, tu mirada se posó
sobre el lomo de un libro muy oscuro,
color vino, delgada rosa roja
en el jardín que tanto visitabas.
No lo reconocías. Lo sacaste
con sigilo de aquel seto apretado
y leíste su título y el nombre
de su autor. Todo un cielo cayó
raudo a tu edad en ese instante mágico,
irrepetible. Porque fuiste a dar
con un libro que hacía diez o doce
años habías extraviado. Tantos
traslados, tanto ir y venir lo fueron
ocultando poco a poco de ti
y lo depositaron finalmente
en esa leja oscura y polvorienta,
para que lo encontraras sólo cuando
más lo necesitaras: esta noche,
aquella noche única. Y abriste
por su primera página aquel libro,
y leíste la fecha de su compra
y una firma que no reconocías
(era tuya, sin duda; cuántas veces
has cambiado de rúbrica en tu vida).
Aún no dabas crédito a tu suerte.
Emocionado, hurgaste en su interior
y surgieron los versos y los párrafos
que entonces subrayaste, muchas hojas
que estaban señaladas por un pliegue
o una anotación. Todo era espléndido,
digno de ser marcado en esas páginas.
Te alejaste despacio hacia tu cuarto;
despacio, arrebatado, con un libro
–comprado diecisiete años atrás–
de un poeta que supo con sus pasos
mostrarte sendas nuevas, fuentes nuevas
en tus paseos primeros por el íntimo
y errático jardín de la poesía.


Los poemas que aparecen en El jardín errante abarcan un período de producción de siete años (1992-1998). Algunos de ellos fueron escritos en la empresa de publicidad y diseño gráfico en la que trabajaba (a la que hice referencia en la primera entrada de este blog) en momentos en los que la faena era escasa, como estos dos poemas dedicados a uno de mis compañeros del departamento de creatividad, Alejandro Galindo, quien desde que quebró la agencia trabaja como ilustrador en el diario La Verdad bajo el nombre de Alex:



EL ABOGADO DE LOS ÁRBOLES
–impromptu–
a Alejandro Galindo

I
Un día vino a verme un árbol al despacho.
Acababan de echarlo del trabajo
por dar más frutos de los que debía
(aunque la carta de despido alegaba tan sólo
que iba sin corbata y sus raíces
fichaban siempre tarde).
Dijo que no confiaba en nadie;
que no quería acabar convertido en sillón
y se sentía culpable
de iluminar los campos con sus flores
y despertar el ansia de los vientos.
Le dije que su caso, aun siendo delicado,
tenía solución;
que yo me encargaría del asunto;
que se apuntara al paro, de momento
–por si acaso algún huerto solicitaba sus servicios–
y se alejara del asfalto;
pero que no desesperara. Incluso le juré
que yo lo podaría y regaría
cuando le hiciese falta.


II
Le ganamos el juicio a esa sierra mecánica.
¿Cómo? Sería muy largo de contar ahora.
Lo único que importa
es que cada cual tuvo lo que se merecía.

El árbol, hoy, disfruta en un gran valle
con montones de amigos. Dialoga con el río
y, cuando le apetece, hace el pino.
Se ha hecho presidente
de un club de guardas forestales
que cuenta ya con miles de asociados.



La sierra fue cesada de su cargo.
Por suerte, sufre caries desde entonces.
Aún gruñe, la muy borde;
pero nadie le hace ningún caso.
Y yo ya tengo fruta
para toda la vida.


APREHENSIÓN
a Alejandro Galindo

Estoy en el trabajo.
No hay mucho que hacer.
Sentado, hojeo unas láminas
y celebro la suerte
de encontraros aquí.
¡Llegáis desde tan lejos!
¿Qué hacéis entre estos humos y los ruidos
de tántos artilugios de oficina?
“¿Y tú, qué haces ahí?”
–me dicen vuestras obras;
espacios, situaciones, personajes,
instantes de un pasado detenidos.
Miradme, interrogadme,
artistas de otras épocas,
pues gracias a vosotros
yo mismo me interrogo,
me miro, me detengo.

Además de los poemas dedicados a mis hijos (que un día de estos incluiré en otra entrada), dos de los poemas de El jardín errante que más me satisfacen -y con ellos termino- son Jardín nocturno, que abre el libro, y el último de la tercera sección, Hálito. El primero de ellos está dedicado a José Andrés Prieto, fotógrafo, poeta y también bloguero. Un día vino a casa para mostrarme unas fotos y pedirme que escribiera unos textos que las acompañaran en una futura exposición. Las fotos, verdaderamente, me inspiraron y escribí unos cuantos "bloques" de versos para tal fin; pero finalmente, como la exposición no llegó a realizarse, pasaron a formar parte de mi libro. El Alejandro que aparece en el segundo verso de Hálito es, de nuevo, mi buen amigo Alejandro Galindo.


JARDÍN NOCTURNO
a José Andrés Prieto

He venido al jardín,
me he sentado en un banco
–una nave en la sombra
que, aun anclada, navega–
y he cerrado los ojos.
Y en el banco no hay nadie.
Palomas, hombres, ramas,
¿qué miráis en la noche?
¿Qué sueños os despiertan?
Traspasado por nieblas que la luz no atraviesa
el jardín es un sueño donde vuelan los ojos.
Luz detrás de los muros,
luz dentro de los muros.
Hay muros en la luz donde la sombra es libre.
Hay sombras que, trepando, se escapan de la luz.
Cuando una luz se apaga, algo despierta
bruscamente en el pecho.
La luz no nos pregunta.
Lo que queremos ver, nada le importa.
Enciende nuestros ojos, proyecta nuestras sombras
y da cuerpo al silencio.
La luz juega y se apaga.
Roza el ala de un cisne
y se tiende a la orilla.
Así desaparece: la respira la tierra.
La luna de las aguas refleja cómo somos.
Somos manchas de luz.
Una estela en la sombra.
Cada hoja de estos árboles está anclada a la luz
por un oscuro ímpetu de destreza.
En el jardín nocturno
vuelan lentas las horas.
La noche nos detiene hacia un abismo
mayor, más silencioso: hacia la altura.
Caemos como el agua en nuestra sed
hacia la altura.




HÁLITO

I
Este instante es eterno.
Escucho a Lokua Kanza
(gracias otra vez, Alejandro, amigo,
por darme a conocer lo que me gusta)
protegido del sol bajo los arcos
de esta casa alquilada por un mes
y en la que viviré ya para siempre
en el recuerdo.
Es fresca y luminosa.
Rodeada de adelfas, de cañas, de palmeras;
rodeada de vientos y cielos migratorios.
Una isla firme en una encrucijada
de caminos salados, de horizontes desnudos
alerta siempre al paso de las gentes:
el pastor con sus cabras; ciclistas fatigados
que ahí, junto a la verja, se detienen
para repostar sombra.
Es mi casa –siento que estoy en ella:
la casa que hay en mí.
Tras las ramas de un sauce
que llora de alegría está mi cuarto.
Escucho a Lokua Kanza.
Canta como un paisaje.

II
Este instante es eterno.
Un paisaje que canta.
El viento entre las palmas,
la danza de las cañas,
la alegría del sauce.
Este instante es eterno
(porque yo así lo siento).
Mi presencia en la vida,
la vida en mi presencia,
mi soledad de padre
mientras mis hijos juegan
y ríen en el sueño de su edad.
Este instante es eterno.
Bajo el techo de tejas
un gorrión pide más.
Su madre ya regresa.
En su pico trae a Dios.




Nota: La portada de El jardín errante es obra de Ángel F. Saura.

HOTEL VÍA LÁCTEA. La revista 'El coloquio de los perros' dedica un gran monográfico a José Óscar López (Murcia, 1973-2024).

Portada del monográfico realizada por ÁNGEL MATEO CHARRIS. El pasado día 11, auspiciado por la Feria del Libro y el Aula de Poesía de la Uni...