viernes, 10 de diciembre de 2021

'La Edad de Oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII', de Francisco Martínez Cuadrado.


LA CORTESÍA DE LA CLARIDAD


Oh venturosa, levantada pluma
 MIGUEL DE CERVANTES 

El pasado jueves, 2 de diciembre, tuvo lugar en el emblemático Museo Ramón Gaya de Murcia la presentación de La Edad de Oro. Vida, fortuna y oficio de los escritores españoles en los siglos XVI y XVII (Editorial Renacimiento, Sevilla, 2020), de Francisco Martínez Cuadrado, en la que tuve el placer y el privilegio de acompañar al autor ante un público generoso y exquisitamente atento y participativo. Sólo eché de menos la presencia de algún periodista local cubriendo la noticia, pues a mi humano entender se trataba de un acontecimiento cultural y literario de primer orden. Pero ni una reseña hubo; ni siquiera dos líneas anunciando el acto en la famélica agenda cultural de los dos únicos periódicos regionales. Y no pueden aducir que no estaban avisados con suficiente antelación... En fin, allá ellos con su desinterés por las actividades que verdaderamente suman y marcan el pulso cultural y educativo de una ciudad. 

La verdad es que ya tocaba. La Edad de Oro fue publicado (y no pudo elegir mejor editorial) hace casi un año y medio, en plena incertidumbre pandémica; una incertidumbre que nos ha afectado en todos los órdenes de la vida y que, de un zarpazo, hizo que encuentros en torno a un libro, un concierto o un recital desaparecieran bruscamente (como nuestros rostros tras las mascarillas); hemos llegado a tal grado de aislamiento que incluso ha anidado en nosotros un considerable miedo escénico. Por suerte, no son pocos los libros que nos han ayudado a paliar y sobrellevar los sobresaltos y la incomunicación. En mi caso, La Edad de Oro ha sido uno de los que más. 

Francisco Martínez Cuadrado (Murcia, 1954), doctor en Filosofía Románica por la Universidad de Granada y catedrático de Lengua y Literatura en los institutos Murillo y Fernando de Herrera de Sevilla —donde reside—es el profesor que todos los aficionados a la literatura hubiéramos deseado tener. Se ha ejercitado durante toda su vida en el estudio, la investigación y la docencia y ha trabajado siempre con las palabras: oralmente en sus clases y a través de la lectura y la escritura, en contacto permanente con los libros y materias que más le interesaron siempre (la literatura de los Siglos de Oro y la poesía contemporánea muy especialmente); volcando, compartiendo su saber en sus ensayos, sus articulos, sus antologías comentadas, sus conferencias..., siempre con la susodicha “cortesía de la claridad” —ya advertida por otros, como veremos— que, como bien recordó Martínez Cuadrado durante la presentación, es la cualidad que Ortega y Gasset demandaba a los filósofos. Yo creo que es una cualidad necesaria en todos los ámbitos y todas las disciplinas, al margen de su dificultad. 

En efecto. Voces más autorizadas que la mía, como la de Juan Lamillar, que ha escrito un prólogo impecable, o la de Ignacio F. Garmendia, quien recientemente reseñó a toda página La Edad de Oro en el Diario de Sevilla, han señalado con toda exactitud las virtudes que quienes ya hemos leído el libro advertimos desde sus primeras líneas. No me resisto a reproducir estas elogiosas palabras de Lamillar:  

«Con una primera mirada a un índice tan clarificador y a una bibliografía que prefiere la selección a la acumulación, el lector adivinará que Francisco Martínez Cuadrado ha realizado un trabajo modélico, fruto de muchos años de investigación, de innumerables lecturas, algunas muy especializadas, y que nos entrega un panorama completísimo, muy bien trabado (pues son muchos los temas que se van entrecruzando), atento a los grandes escritores pero sin olvidarse de otros muchos creadores que completan un panorama literario excepcional. Hay que destacar también la manera eficaz en la que el autor acompasa hechos culturales y sucesos biográficos dentro de una época tan vertiginosa de la historia de España, atento tanto a las corrientes de pensamiento como a los acontecimientos históricos. (…) Gracias a un libro tan erudito y ameno como La Edad de Oro, cada vez que miremos los retratos de nuestros escritores, que nos adentremos en sus obras, podremos comprenderlos mejor». 

Para aproximarnos a la figura de Francisco Martínez Cuadrado, baste con esta breve pero contundente semblanza titulada Genuino afán de la pedagogía con la que Ignacio F. Garmendia acompañaba su reseña:

«Perteneciente a la benemérita estirpe de los antiguos catedráticos de Instituto, el cuerpo por desgracia devaluado que tanto hizo por elevar el nivel de la segunda enseñanza, Francisco Martínez Cuadrado es hombre de plurales saberes y probada devoción cervantina, antólogo del Quijote y autor de una edición de Rinconete y Cortadillo donde volcó su conocimiento y admiración por la obra del príncipe de los ingenios. Excelente conocedor de la literatura áurea y del sustrato intelectual que alumbró el Renacimiento, como se aprecia en su monografía sobre El Brocense, semblanza de un humanista, los intereses del crítico se extienden asimismo a la poesía contemporánea, en particular la de la llamada Edad de Plata a la que ha dedicado, en colaboración con otros autores, dos antologías comentadas. Su experiencia como docente y redactor de manuales se trasluce en la orientación didáctica de su escritura, que suma a la cortesía de la claridad el genuino afán de la pedagogía. Discreto y cordial inductor de entusiasmos, el profesor Martínez Cuadrado ha alentado la vocación de muchos jóvenes poetas y escritores que sienten hacia el maestro y amigo una gratitud profunda».

Poco o nada ni de mejor manera cabe añadir a esas palabras que, ciertamente, expresan lo que sentimos y pensamos quienes hemos leído el libro y conocemos a su hacedor: que La Edad de Oro es, dicho cervantinamente, un ensayo ejemplar en el que cada página vale por diez; un verdadero trabajo de orfebrería en el que su autor ha tenido que invertir muchísimas horas y medir muy bien cada paso. 

Martínez Cuadrado comienza su “retablo áureo” —así titula Lamillar su prólogo— estableciendo los límites cronológicos de la Edad de Oro: mayo de 1526, con el encuentro entre el poeta Juan Boscán y el embajador de Venecia Andrea Navagero, y mayo de 1681, con la muerte de Pedro Calderón de la Barca; para seguir con sus antecedentes, pues la Edad de Oro, como cualquier edad, sea del metal que sea, no surgió por generación espontánea; antes tuvimos las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, La Celestina de Fernando de Rojas, el Cancionero general de Hernando del Castillo y el nacimiento, en 1481, del humanismo español con la gramática Introductiones latinae de Elio Antonio de Nebrija. En 1492 llegarían  la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Continente, y en 1508 la fundación de una nueva universidad, la de Alcalá, más cercana a las corrientes humanistas. A partir de ahí, con una estructura perfectamente cimentada, una terminología que facilita en todo momento la lectura y numerosas referencias bibliográficas que nos permiten profundizar en los temas más concretos, Martínez Cuadrado, como un cineasta que nos hace continuamente ascender a vista de pájaro (a fin de no perder la panorámica general) y descender para detenernos en los asuntos más cruciales, nos ofrece una visión completa, didáctica y documentadísima, de las condiciones de vida de las distintas generaciones de escritores de la época, sus necesidades, sus recursos y oficios, su búsqueda de reconocimiento, su dependencia —no exenta de servilismos— de los favores y del mecenazgo, los entresijos de las justas en que participaban, ¡los premios que recibían!, el filibusterismo editorial al que estaban expuestos, sus academias y escuelas, sus ideales y fobias, sus amoríos, intrigas y pleitos..., conjugando, como bien vinieron a decir Lamillar y Garmendia, la erudición, el rigor y la amenidad.

Bajo esa fórmula se va desplegando todo el libro. Los siete capítulos de La Edad de Oro, con todos sus apartados, están interrelacionados y conforman un mosaico compacto, completo, una unidad, pero pueden abordarse independientemente y en orden aleatorio. Los dedicados al mecenazgo, el viaje a Italia, las justas poéticas, la imprenta, la Inquisición y la censura, el proceso de fray Luis de León... Cada uno de ellos suscita gran cantidad de asuntos en los que merecería la pena detenernos. Pero es en el capítulo segundo donde Martínez Cuadrado pone la lupa sobre el origen, la formación, los oficios y los diferentes medios de subsistencia de los escritores, aspectos ya sumamente relevantes desde la portada, en el propio subtítulo del libro. Entre ellos encontramos primordialmente clérigos, bachilleres, licenciados, doctores, nobles, caballeros y soldados. Desde mi juventud me han llamado la atención especialmente estos últimos. Nada menos que escritores como Cervantes, Garcilaso, Francisco de Aldana, Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Contreras, Alonso de Ercilla o Luis Carrillo y Sotomayor fueron militares... Aldana y Garcilaso murieron en batalla, y Cervantes recibió más de un arcabuzazo. Me produce un gran choque mental imaginarlos, por un lado, en el fragor de la lucha, matando gente entre gritos y cañonazos; por otro, escribiendo maravillas en los momentos de reposo. Incluso entre las pocas escritoras de la época que han trascendido, y que sin duda merecerían un capítulo aparte —muy bien traída en ese apartado, por cierto, Judith, la hipotética hermana de Shakespeare imaginada por Virginia Woolf—, encontramos a Catalina de Erauso, conocida como la Monja Alférez. Pero también hubo escritores con oficios más modestos: artesanos, oficiales o mecánicos de taller... Sin ir más lejos, nuestro paisano, el muleño Ginés Pérez de Hita, fue zapatero; aunque sin duda el caso más singular es el de Agustín de Rojas Villandrando, conocido como el “Caballero del Milagro”, un auténtico buscavidas que trabajó de mercero, de actor, incluso de portero de teatro; llegó a escribir sermones para curas perezosos y, según cuenta la leyenda, a mendigar y delinquir para llevarse algo a la boca. 

Entre aquellos escritores, los poetas formaban un mundo aparte, y creo que la cosa no ha cambiado mucho desde entonces. Escriben por vocación y afán de reconocimiento y procurando la protección de algún mecenas. Recuerdo estos versos de Cervantes en su Viaje del Parnaso: “Absorto en sus quimeras y admirado / de sus mismas acciones, no procura / llegar a rico como a honroso estado”. Pero la mayor parte de ellos murieron sin ver publicados sus poemas. Son, como bien dice Martínez Cuadrado en el libro, el paradigma de la pobreza. Estaba incluso mal visto escribir versos. Lope advierte a su hijo Carlos Félix del peligro de hacerlo. Los poetas llegan a ser considerados una plaga. Ríete tú del coronavirus. “Poetas de rapiña", los llama Quevedo en La casa de los locos; y Cervantes escribe en el citado Viaje del Parnaso: “Ni a calidades ni a riquezas miran, / a su ingenio se atiende cada uno / y si hay cuatro que acierten mil deliran”, para terminar describiéndolos como una “apretada enjambre”, que rimaba con “este muerto de sed, aquel de hambre", y exclamando: “¡Cuerpo de mí con tanta poetambre!". 

Lo cierto es que aquellas mentes privilegiadas tuvieron en su contra, por un lado, el analfabetismo, que alcanzaba al ochenta por ciento de la población; por otro, a los braseros de la Inquisición, beatos, censores impertinentes y melindrosos como Juan de Zabaleta, que los ninguneaban y acosaban obsesivamente. Aunque se bastaban solos para ensañarse sin piedad unos contra otros. Difícilmente podemos encontrar tanta inquina en cualquier otro período de nuestra literatura.

Podríamos detenernos en otros muchos aspectos, pero los dejo ya en manos del futuro lector, que avisado queda... Lo importante en cualquier libro no es tanto el género o el qué se cuenta como el tono y la forma en que se cuenta para que llegue a interesarnos. Todas las reseñas, juicios o comentarios sobre La Edad de Oro que he leído y escuchado, incluso los de los lectores menos familiarizados con el tema, coinciden plenamente y denotan admiración y gratitud; porque aunque Martínez Cuadrado se esfuerce en decir que no quiso hacer un ejercicio de erudición, o que se trata de un trabajo didáctico o de divulgación, nos encontramos ante un libro que transmite y contagia el entusiasmo, escrito con pasión e inteligencia, que se lee con la fruición de una buena novela y se entiende y visualiza con la fluidez de una película sabiamente dirigida; o, dicho de otro modo, un libro que se vive como un viaje en el tiempo y nos revela un tramo importantísimo del largo camino que nos trajo hasta aquí, incitándonos a recorrerlo y a profundizar en él. Es decir: Martínez Cuadrado no sólo recupera, nos introduce y guía en ese camino, haciéndonoslo más fácil, sino que nos lo ensancha situándonos de continuo ante múltiples encrucijadas, puntos de llegada y de partida, vasos comunicantes que azuzan nuestra curiosidad y nos animan a indagar siquiera un poco para aumentar nuestra perspectiva. Por poner sólo un ejemplo: Lope de Vega nos llevaría a su discípulo predilecto, Juan Pérez de Montalbán (qué espíritu el de este personaje, hijo de Alonso Pérez, el editor de Lope) y éste a la poeta portuguesa Bernarda Ferreira de Lacerda, a quien dedicó su Orfeo en lengua castellana a la décima musa. En esta era digital, con un solo dedo accedemos a todas las enciclopedias, bibliotecas y museos del mundo. No hay más que teclear el nombre de cualquiera de esos personajes para obtener de inmediato abundante información sobre ellos. Pero eso no sería posible sin un ensayo tan vivo como La Edad de Oro entre las manos, un libro para disfrutar a la par que aprender, en el que nos asombran tanto el orden, la articulación y la claridad como la capacidad de Martínez Cuadrado para conseguir escribirlo, aparentemente, sin esfuerzo. Pero escribir un libro como este requiere muchos años, mucho amor y mucha pasión por nuestra literatura y nuestra historia, de las que todos somos —lo advirtamos o no— un reflejo y una consecuencia. 

No puedo dejar de destacar que La Edad de Oro nos devuelve, además, un buen número de términos y expresiones ya en desuso o en serio peligro de extinción, como los referentes a los oficios y los ambientes que los propiciaron: “batihoja", “cuadralbo", "aristarco", "zoilo"... Tampoco los escolios o comentarios personales que el autor va incorporando al cuerpo de la narración, siempre bien traídos e inteligentes. 

Como buen humanista, cumpliendo con la máxima horaciana de “enseñar deleitando” en contraposición a aquella otra abominable de "la letra con sangre entra", lo que el profesor Martínez Cuadrado acerca y ofrece al lector es una revisión, una revisitación y una revitalización de nuestros Siglos de Oro. Todos hemos sido estudiantes, en realidad nunca dejamos de serlo —algunos más que otros, también hay que decirlo—; lo importante es cómo orientamos nuestra educación y nuestro estudio. No puede suceder nada mejor que un estudiante llegue a convertirse en un estudioso, picado siempre por el gusanillo de la curiosidad. Y si la educación y la cultura son los pilares de todo país avanzado que se precie de serlo (hoy más que nunca es necesario insistir en ello), el nivel de compromiso de una sociedad ha de verse reflejado también en la consideración y el reconocimiento hacia quienes trabajan y se desviven por ellas. La Edad de Oro merece estar, debería estar ya, en las estanterías de todas las bibliotecas públicas, de todos los institutos, de todas las universidades. Porque estoy persuadido de que en un futuro no lejano será un libro de referencia para docentes, estudiantes, estudiosos o, simplemente, lectores curiosos que quieran tener una visión completa de este importantísimo período de nuestra historia; y de que iremos viendo sucesivas ediciones que ojalá se distribuyan como el libro se merece por todos los países de habla hispana. Me atrevo a imaginar, a aventurar incluso (porque soñar es gratis, pero también necesario para cambiar el mundo), que será traducido a varias lenguas y obtendrá una indiscutida relevancia fuera de nuestras fronteras.







El autor firmando el libro de visitas del museo y distintos momentos de la presentación. 
[Fotografías de Inmaculada Guarinos]

domingo, 1 de noviembre de 2020

Tomás Salvador González: 'De aleda a aldea' (Universidad de León, 2020). [Selección, edición y prólogo de Luis Marigómez].



La voz del escondido 


El verano que se fue, sin duda el más extraño y desconcertante de nuestras vidas, ha sido sin embargo pródigo en regalos a mi persona. Dos de ellos son para mí especialmente valiosos y entrañables, pues conciernen al poeta Tomás Salvador González (Zamora, 1952-Móstoles, 2019), a quien no dejo de recomendar desde que lo leí por primera vez y por quien siento cada día mayor admiración. Sobre él escribí largo y tendido hace unos meses con motivo de la publicación, poco después de su fallecimiento, de su libro Restos de infancia (Freire:edición, Madrid, 2019), un libro híbrido –y el primero propiamente dicho– que Tomás Salvador no llegó a ver publicado, aunque lo estructuró, supervisó y colaboró en su edición de principio a fin, e incluso llegó a tener las primeras galeradas en sus manos. 

Mientras escribía aquella reseña me llegó la noticia de la inminente publicación de un nuevo libro de Tomás, del que ya entonces me hice eco: De aleda a aldea (Universidad de León, 2020). A finales de agosto, tras treinta y cuatro días de incierto y complicado periplo desde que partiese de León y cuando ya lo dábamos por perdido, lo recibí por correo postal gracias a la mediación de un amigo. Una completa maravilla, tanto por la cantidad, calidad y cualidad de su contenido como por la cuidadísima edición a cargo de Luis Marigómez, amigo del poeta, antólogo y artífice del proyecto. Tan redondo ha sido el resultado como cargado estaba de razones y motivación. Imagino lo orgulloso que se sentiría Tomás al ver reunida esta amplia muestra de su poesía visual en un libro tan magníficamente auspiciado y editado; muestra que se vio reforzada en septiembre con una gran exposición, también comisariada por Luis Marigómez, en la sala de exposiciones de la Biblioteca Pública de Zamora, que este mes de noviembre se trasladará a las salas de El Albéitar, en León. 


Aleda es el nombre de la cera con la que las abejas untan por dentro sus colmenas. Tomás Salvador González tituló así uno de sus primeros libros, publicado artesanalmente en 1988 por Ediciones Portuguesas; Aleda es una hermosa suite en doce movimientos que más tarde conformó la primera sección de La sumisión de los árboles (Ave del Paraíso, 1996). Aldea, por su parte, es una de las palabras más usadas por Tomás a lo largo de toda su obra y también el título del penúltimo cuerpo de poemas –y el más extenso– de Siempre es de noche en los bolsillos (Papelesmínimos, 2014). Hoy podemos encontrarlos en su Poesía Reunida, Una lengua que él hablaba (Dilema, 2018). 

Tomás Salvador González vivió de niño en una aldea, “y en ese viaje –nos dice Luis Marigómez–, de la cera de las abejas a la primera niñez, quizá puedan agruparse buena parte de los intereses, de los logros de su obra, sin distinciones entre la parte plástica y la discursiva. De ahí el título de esta selección, De aleda a aldea”. 



Marigómez, autor también de las fotografías de los collages que lo ilustran (maquetadas y digitalizadas posteriormente por Juan Luis Hernansanz Rubio) ha articulado el libro en diecisiete apartados cuyos títulos componen por sí solos una suerte de poema que sintetiza el universo de Tomás: ¿Poética?, Espantapájaros, Luz, Titulares, Palabras y colores, Cajas, Franjas, Cartas, Rostros, Celosías, Azul, Sin palabras, Ajedrez, Parejas, Texturas, Servilletas y Aldea; diecisiete capítulos que, según Luis Marigómez, “podrían ser más, dentro de lo que he podido analizar, y con seguridad aún queda un número significativo de poemas por descubrir. Las pretensiones aquí se limitan a ser una primera mirada a una obra que hasta ahora es en buena parte inédita y, a mi entender, de enorme importancia poética y plástica”. 



Los vehículos y herramientas de la poesía no sólo se circunscriben al mundo de las palabras. Tomás Salvador González no se servía caprichosamente ni al tuntún de los distintos métodos vanguardistas, sino que los utilizaba como una vía más para expresar su manera de ver y entender el mundo. En palabras de Luis Marigómez, “no intentó inventar nada, a la manera de las vanguardias, tan vivas en el periodo de entreguerras; pero, lejos de considerar sus descubrimientos un sarampión pasajero, como hacen muchos, utilizó esos recursos para expresarse, como un paso más allá del inicial de ruptura con lo establecido”. Todo ello queda patente en esta espléndida publicación, firme reivindicación de un poeta absolutamente imprescindible para todo amante de la poesía verdadera. Enhorabuena a Luis Marigómez y a cuantos la han apoyado y propiciado, muy especialmente a los directores de la colección Caligramas de la Universidad de León, Roberto Castrillo y José Luis Puerto, por afrontar la responsabilidad de publicar un libro de tamaño calibre –con el nivel editorial que ello exige– y materializarlo tan impecablemente. Ojalá que iniciativas como esta se sucedieran y multiplicaran por toda nuestra geografía, con el correspondiente y oportuno trasvase entre los diferentes territorios... 



* * * 

El segundo regalo, también para mí de un valor poético y emocional incalculable, partió de las mismas manos amigas y me llegó igualmente por correo postal (aunque en un plazo mucho más razonable): un CD con la voz de Tomás Salvador González registrada los días 26 y 27 de junio de 2011 por Pedro Ángel Almeida, músico, escritor y amigo del poeta, y que lleva por título Todo ansía prender (primer poema de la grabación). Tomás leyó una selección de poemas de su libro Siempre es de noche en los bolsillos a falta aún de tres años para su publicación. Posteriormente, Almeida, con el beneplácito de Tomás, intercaló entre los poemas una excelente selección de fragmentos musicales del grupo Tin Hat, concretamente de su disco The Rain Is A Handsome Animal, “inspirado en la poesía de E. E. Cummings, que Tomás conocía perfectamente". 


He escuchado varias veces el CD y es una gozada; poder oír sus poemas naciendo de su boca, sentir su voz tan presente y tan cercana –¡y en mi propia casa!– es impagable. Al contrario de lo que sucede con casi todos los poetas, Tomás recitaba sin ningún tipo de adorno o afectación, con voz grave, serena, cálida, confidencial, polifónica y crepitante, entremezclada con el flujo de su respiración. A veces llega a apreciarse, muy levemente, el roce de sus dedos al pasar las páginas. 

 * * * 

Pero esto no es todo. A tan decidido y merecido impulso a la obra de Tomás Salvador González se ha sumado otro sumamente trascendental: el pasado día 24 de octubre se presentó en la 65 Edición de la Seminci de Valladolid El tiempo robado, un largo documental sobre la figura de Tomás rodado este verano y dirigido por Juan Carlos Rivas que nos adentra en un mosaico de imágenes y testimonios en el que su familia, sus amigos de toda la vida (muchos de ellos compañeros de generación) e incluso algunos de sus colegas y alumnos del instituto en que impartió clases, evocan al poeta, al amigo, al profesor, al hermano, al padre, al compañero de viaje que fue Tomás, compartiendo anécdotas y recuerdos y dando fe de su talla humana y su trayectoria vital. Se palpa que para todos ellos Tomás fue y sigue siendo un referente y, pese a su vida discreta y retirada, un gran conciliador y catalizador de energías y sinergias allá donde se encontrase. En suma: un creador. Se crea con lo que se tiene. Y con lo que uno se procura. Nada es poco. Todo es mucho. "El más pequeño palitroque / puede volverse cepa en la memoria".


Aquí podéis ver uno de los tráileres promocionales de la película. Y aquí oír las palabras que le dedicó Juan Carlos Rivas minutos antes de su presentación. 

Creo oportuno, finalmente, traer el poema que dio lugar al título del documental (el penúltimo de los ocho que componen la sección ‘Las casas', de La sumisión de los árboles): 

El tiempo libre 
para comprender que no hay tiempo libre 
sino el robado. 
La casa propia 
para dejar la llave en la cerradura: 
no hay penumbra acogedora, 
no hay silencio 
ni espacio 
sin el murmullo de los otros. 

* * * 

Sin duda, 2020 está siendo, pese a la inquietante situación actual, el año de Tomás Salvador González. “¿Quién de vosotros vela la voz del escondido?”, nos preguntaba, nos sigue preguntando el poeta desde el último verso del primer poema de Aleda. Hoy más que nunca esa pregunta se carga de significado y hoy más que nunca conocemos su respuesta. Tan importante impulso a su obra y su figura, todos estos tributos y trabajos gustosos de quienes lo conocieron y acompañaron, bien merecen viajar y cruzar fronteras. Los futuros lectores de Tomás lo agradecerán infinitamente.





jueves, 18 de junio de 2020

'Hasta que nada quede' (Poesía reunida 1978-2019) Vol. I - Obra publicada [Chamán Ediciones, Albacete, 2019], de José Antonio Martínez Muñoz




LO QUE QUEDA DE TODO 


Una vez retomado este camino, no puedo dejar pasar por más tiempo la ocasión de hablar de otro de los libros que más me han acompañado durante estos últimos meses: Hasta que nada quede (Poesía reunida 1978-2019) Vol. I - Obra publicada, del poeta y periodista José Antonio Martínez Muñoz.

Sólo hay que sostener este libro de libros entre las manos y hojearlo unos instantes para imaginar el reto y el esfuerzo que ha debido suponer para el poeta y los editores conseguir sacarlo a flote, sobre todo por la abundancia, el tratamiento y la inusual disposición de determinados signos gráficos y espacios intercalados, que forman, tanto como las palabras, parte esencial de la escritura de José Antonio.

Libro de libros, sí; todo lo publicado hasta el momento por el poeta (nec aliquid retinendum, moanin' (some blues), nocturno para saxo, silva de alba maleva, uno, la lluvia en el cristal, nada, nadie y el viento de la Gehena) más dos libros inéditos (fragmenta y oscurana). En un principio eché de menos médanos (Emboscall Editorial, Vic, Barcelona, 2001), una pequeña joya minimalista que formó parte de la colección Ciclos, dirigida por Carlos Vitale; pero enseguida deduje que, al tratarse de una edición no venal, la veremos incluida entre el material inédito del segundo volumen de Hasta que nada quede.

Yo, como es natural por la vieja amistad que nos une, excepto los inéditos fragmenta y oscurana, he venido conociéndolos todos ellos a lo largo de los años conforme fueron naciendo en editoriales muy diversas, y hoy ocupan un lugar preferente en mis estanterías. Pero, la verdad, poder tenerlos ahora todos en la mano formando un mazo indivisible; poder acceder a toda su obra publicada, revisada y ordenada de una sola vez, me produce un gustazo infinito.

El poeta León Molina en su prólogo impagable (nadie podría haber escrito una semblanza más profunda y cabalmente ajustada al poeta y a su obra, al hombre y al amigo) y, posteriormente, magníficos poetas como Carlos Alcorta y Pilar Blanco, entre otros, han dado ya buena cuenta del body & soul de este voluminoso primer volumen; de los territorios surcados en cada uno de los libros que lo conforman; de los escritores y poetas que más le han marcado y acompañado en su camino; de “los equilibrios de intertextualidad”, por tanto (León dixit), que lo pueblan; de la presencia constante de la música, el amor, el desamor, la soledad, la nada, la desposesión, el silencio, la muerte... Yo, aunque también se ha nombrado (y siempre que hablamos con o de José Antonio la tenemos presente), quiero incidir en una de sus principales señas de identidad: su humor sempiterno, lúcido y proverbial; su inagotable ingenio repentista aflorando siempre al quite del peso de todo lo anterior, unas veces de modo más festivo y socarrón, otras más descreído y amargo; pero nunca dañino, siempre sutil, irónico y oportuno. Y confieso ahora que, gustándome y admirando todo lo que ha publicado, siento una predilección especial, casi juvenil, por moanin' (some blues); y no sólo por el tema y por la forma: sin duda influye el hecho de que, hace veinte años, compuse e interpreté en directo, acompañándome de un pequeño shaker y una armónica, un blues para el poema so long, so lone blues con motivo de la presentación de médanos en el café-bar El Albero:

(aúlla el viento) qué largo este camino
mis pies ya no entienden a mi cabeza
tanto tiempo (vuelan papeles a mi lado)
tan largo (mi sombra se aleja)

la noche ha sido larga y fría
el saxo ronca como un gato enfermo
un blues tras otro y otro todavía
al alba sale un tren al infierno

También porque Moanin' es el título de una composición del pianista Bobby Timmons que dio nombre a un mítico álbum del baterista Art Blakey y sus Jazz Messengers en 1959 y, a su vez, el de uno de mis temas predilectos de Charles Mingus, incluido en su álbum Blues and Roots y compuesto más o menos por aquellas mismas fechas. Aconsejo encarecidamente la escucha de ambos como complemento de la lectura de los nueve blues que componen este conjunto, publicado en su día como una plaquette monográfica de la revista Octubre, dirigida por Jesús Bellón.

Y, como escribo desde mi camino y me siento cómodo hablando del amigo,  voy a permitirme compartir unos pocos recuerdos íntimos.

José Antonio y yo nos conocimos, Rimbaud mediante, a principios del verano de 1974 en Lo Pagán, concretamente en el balneario Villa Teresa de la playa de Villananitos. Él tenía aún catorce años y yo dieciocho, aunque más bien parecía lo contrario (doy fe de que a esa edad era ya el hombrepalabradivulgador con perspectiva histórica al que se refiere León Molina en su semblanza). La empatía mutua prendió desde el primer momento y nos hicimos colegas inseparables (“socios”) durante dos largos veranos. Aprendí mucho con él, con millones de risas de por medio. Me descubrió el mojito cubano, meticulosamente preparado por él mismo, ya en nuestra primera noche de plática en el patio de su casa, mientras su familia dormía. Una de sus aficiones, tan importante como la música y la literatura, era la aeronáutica. Se gastaba un pastón en maquetería y pinturas para construir y coleccionar todo tipo de aviones, y cada vez que un avión atravesaba el espacio aéreo de Lo Pagán, José Antonio nombraba en voz alta el modelo y el año de fabricación. Conocía los aviones incluso sin mirarlos, por el sonido de sus motores, como un can reconoce los ruidos del coche de su dueño. Tuve el privilegio, también he de decirlo, de ser uno de los primeros en leer sus primeras incursiones en la poesía, esos poemas que muy probablemente ya ni existan o difícilmente vayan a ser publicados alguna vez.

Todo esto ocurría, como digo, en Lo Pagán. El resto del año, en Murcia, él tenía su círculo de amigos y yo el mío, aunque con el tiempo también fueron entrelazándose. Pocos años después, José Antonio marchó a Madrid a estudiar periodismo, hospedándose en un colegio mayor conocido popularmente, según me rectifica ahora él mismo porque en mi memoria estaba convencido de que se trataba del San Juan Evangelista, y así lo tenía escrito, como El Negro por el color de su fachada (lo que no deja de ser curioso y oportuno, teniendo en cuenta que era el colegio vecino al templo del jazz mundial), a donde fui a visitarlo alguna vez. Entre medias, hice la mili, también en Madrid. Pero esa es otra novela.

He sido, pues, testigo en primera línea de su evolución como poeta y de los sucesivos cambios de registro que, sin dejar de ser nunca él mismo, ha venido incorporando en cada uno de sus alumbramientos. La obra de José Antonio es un multiorganismo formado por embriones en permanente estado de gastrulación, por el que cada capa crea y absorbe otras capas hacia dentro que lo ensanchan también hacia fuera. He sido, igualmente, testigo de sus metamorfosis físicas: ora con barba, ora sin barba, más o menos hippie, más o menos rockero, más delgado, más obeso, con melena, con perilla, con tupé... Todos sus looks los ha ido incorporando y digiriendo con absoluta naturalidad y siguen presentes en él; y, cómo no, están implícitos en su obra; una obra poliédrica, multiforme y, ya desde sus inicios, plenamente diferenciada de las del resto de poetas murcianos de todas las generaciones.

Porque José Antonio constituye un verso concienzudamente suelto (libre), y no sólo en nuestra región. Fiel siempre a su instinto, inmerso en su soledad acompañante y envuelto en el humo de sus Habanos, José Antonio se ha hecho a sí mismo y, a su vez, nos ha ayudado a hacernos a nosotros. Una vez ante él, nadie se va de rositas. Es un referente, una autoridad y un auténtico chamán en nuestra tribu. Basta oírlo recitar, presentar un libro, entrevistar a un autor o hablar de cualquier cosa para advertir, lo conozcamos o no, una voz (una música) sin parangón posible; una voz que escucha (porque se escucha a sí misma), interpreta y hace propias las voces que le llegan (que le tocan), no para apropiarse de ellas, valga la paradoja, sino para incorporarlas a la suya, rendirles su tributo y compartir su gratitud. Es un voraz lector (receptor) y un veraz intérprete (transmisor) de cuanto le rodea; su obra es, por ello, un coro de voces clásicas (algunas ya casi perdidas) y contemporáneas (algunas ya casi ignoradas), en el que caben muchas músicas y lenguas. Y aunque a veces se desmarca abiertamente de determinadas escolásticas y corrientes más mediática y editorialmente impulsadas, las conoce al dedillo y las respeta.

Sólo un par de apuntes más, para terminar de perfilar ya no al amigo, sino al poeta.

Por un lado, abundar un poco en un aspecto de su obra del que, creo, aún no se ha hablado mucho: su querencia al teatro, género al que José Antonio nunca ha dejado de hacer guiños (y al que, por otra parte, la poesía universal siempre ha estado ligada); desde el teatro clásico (Aristófanes, Eurípides, Sófocles, Esquilo), pasando por Shakespeare y nuestro Siglo de Oro, hasta el teatro de vanguardia (Alfred Jarry, Artaud, Ionesco, Beckett). Incluso alguna vez hemos trabajado o colaborado juntos en ese ámbito. Baste mencionar su adaptación de El Cíclope de Eurípides para la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia en 1988, en la que participé como actor y como músico y que tuvo un excelente eco en la crítica regional y nacional. Fue dirigida por Vicente Cifuentes y su estreno en el Teatro Romea, en octubre de aquel año, fue un auténtico bombazo.

Sí, el espíritu del teatro está también muy presente en la obra poética de José Antonio. Unas veces, de modo más o menos velado; otras, a degüello, ateniéndose a todos los cánones, como en su poema escénico dramatis personae, incluido en oscurana (una pequeña maravilla más entre las muchas de este libro).

Por otro lado, quería redundar brevemente en su labor, más allá de los veinte años conduciendo su programa radiofónico Las personas del verbo, como divulgador, catalizador, dinamizador de todo lo que se cuece dentro y fuera de nuestras fronteras; en su inquebrantable compromiso como activista cultural. Ha organizado incontables ciclos y recitales, ha presentado mil actos literarios y ha sido invitado a otros mil; y, en los mil que no, ha hecho acto de presencia la mayoría de las veces. Todos hemos pasado por sus manos, su micrófono y su voz, que a su vez han sido el puente por el que hemos accedido a otros muchos poetas y narradores.

No, no concibo, no quiero ni imaginar, en el ámbito cultural y literario de la época que me ha tocado vivir, una Murcia sin José Antonio. He tenido la suerte de ser su “socio" y su hermano, de momento, durante los últimos cuarenta y seis años. Y sin altibajos. Pero, dejando a un lado nuestra amistad, he de decir que, de no haber ésta existido o de haber sido distinta, mi opinión como lector sobre el poeta y su obra sería exactamente la misma.

Vaya, pues, mi enhorabuena y mi gratitud a todos los que han hecho, están haciendo posible Hasta que nada quede. Para mí es una de las empresas literarias y editoriales más importantes de los últimos años, no sólo en nuestra región (donde por múltiples y bien fundadas razones lo es sobremanera), sino en toda la geografía nacional.

Comparto, para finalizar, una instantánea de la presentación de su primer volumen, el 17 de octubre de 2019 en la Librería Colette Letras y Tragos de Murcia, en la que José Antonio lee y León Molina escucha:


¡Y aún nos queda un segundo volumen...! ¡Casi nada, socio!


* * *



martes, 9 de junio de 2020

'Mandolina y jaula ante un espejo', de Francisco Deco e Ildefonso Rodríguez [Animal Sospechoso, Barcelona, 2019]


SUR REAL VERSUS NORTE TENOR

Versus, sí, pero no en su acepción moderna de "contra", sino en su sentido latino original: "hacia". El vers francés. El verso italiano.

Versus, también, de "verso", "surco", "hilera".

Y, sobre el mapa, la línea perpendicular que, paralela a Portugal, une León con Sevilla (y viceversa); esa línea recta representa lo que en verdad supone Mandolina y jaula ante un espejo: un caudaloso cauce poético entre dos poetas amigos.

Francisco Deco (Sevilla, 1962) es poeta, traductor y profesor universitario. Ildefonso Rodríguez (León, 1952) une a su condición de poeta la de músico (es saxofonista y cuenta con un gran bagaje en el mundo del free jazz y la música improvisada). Ambos han publicado una obra extensa y a ambos les une el interés por las vanguardias poéticas.

De hecho, Mandolina y jaula ante un espejo nace de la relectura del renga que en 1969 llevaron a cabo Paz, Roubaud, Sanguinetti y Tomlinson en un hotel de París.

El resultado es una serie de 100 poemas breves combinados aleatoriamente y presentados de dos en dos, uno frente a otro; o, mejor, uno hacia otro, es decir: dispuestos, en su libertad, a mezclarse. Porque, como dice en el prólogo el poeta Jean-Yves Bériou, "a medida que se avanza en la lectura, se otorga cada vez menos importancia a lo individual (...); son las cercanías, los ecos, las oposiciones y las paradojas los fenómenos que retienen nuestra atención, y lo que nos turba es, de hecho, la sensación (...) de encontrarnos frente a un único autor, proteiforme, que mezcla los 'estados de conciencia' más diversos".

Un libro inaudito, valiente, inclasificable, generosa y verdaderamente compartido, en el que cada poeta da rienda suelta a sus querencias y habilidades improvisatorias desde sus propios registros y emociones.

"Un libro que se compone en el momento de su lectura", como bien afirma su editor, Juan Pablo Roa, en este reciente vídeo promocional (en el que también comparte dos de los dípticos que lo integran):



En base precisamente a esa aleatoriedad (esa "cinta de Moebius" a la que se refiere Bériou, "en la que nunca habría un final"), el lector es libre de establecer su particular orden o desorden de lectura, e incluso de imaginar sus propios dípticos y correspondencias. Ya en mi primera lectura, a mí se me revelaron varios. Este, por ejemplo, de Francisco Deco en la página 22:

Plástico y sombra

espectáculo extraño
desvaído humedísimo

retuerce un pájaro de tinta
sin importancia sílaba
en suelo de ajedrez

napalm nuevo
                          oratorio

con este otro de Ildefonso Rodríguez en la página 28:

Función de noche en el limbo:
la mujer matemática se deshace entre los dedos
la puerta de merengue no tiene cerrojos
están haciendo catas celestiales: negro de tinta china
suena un aparato de radio con descargas

Y no desvelo más. Sólo añadir, en fin, que es muy de agradecer esta singular iniciativa poética y editorial, que nació en 2016 pero que salió a la luz sólo unas semanas antes del confinamiento (aunque llegó a presentarse oficialmente a mediados de febrero en Barcelona y Santa Coloma de Gramenet).

Sur Real. Norte Tenor. Juegos de palabras. Mandolina y jaula. Amistad y espejo.



miércoles, 11 de octubre de 2017

Palabras de Francisco Martínez Cuadrado en la presentación de 'La piel profunda'


[Nunca le agradeceré lo suficiente a Francisco Martínez Cuadrado las palabras que nos dedicó a mi libro y a mí el pasado día 5 en el Museo Ramón Gaya. Aquí las dejo para que quienes las escuchasteis de su propia voz podáis leerlas ahora en soledad y en silencio, pero también para que participéis de ellas quienes no pudisteis venir a la presentación. Sólo diré que a mí me emocionaron hasta el desbordamiento. Juzgad por vosotros mismos.]

* * *


Presentación del libro
LA PIEL PROFUNDA, de SEBASTIÁN MONDÉJAR 
Museo Ramón Gaya, Murcia, 5 de octubre de 2017

FRANCISCO MARTÍNEZ CUADRADO


Tengo el gusto de presentar en este museo Gaya, que merecería mejor trato del que se le viene dando en estos tiempos, La piel profunda, libro de poemas de Sebastián Mondéjar, el quinto que ve la luz. Poeta, músico, pintor… Sebastián es un artista integral, pero, sobre todo, es un artista íntegro que se acerca a la creación desde la más absoluta honestidad. De las muchas definiciones que se han dado de la poesía, la que mejor se aviene con la de Sebas es la que formuló Antonio Machado: “Unas pocas palabras verdaderas”. Es esa verdad poética y vital la que se impone en sus versos, una poesía donde no falta, desde luego el oficio, pero donde se destierra el artificio, poesía que transmite una impresión de sencillez, que no es facilidad, sino naturalidad, observación humilde de la vida y discurrir sereno de la inspiración. Poesía también comprometida, vehículo estético de una ética vital, porque como dice en uno de sus versos “Lo bello está al servicio de lo honesto” (“Víctor Hugo en Jersey”).

La piel profunda nos ofrece un repertorio de temas, debajo del cual subyace una profunda unidad que pretendo poner en evidencia en esta presentación. Por un lado, tenemos poemas que nos hablan del mundo personal del poeta: de sus hijos, de su ciudad, de su hermano. Los poemas dedicados al barrio de San Antón, a sus calles de la infancia son lo más alejado de ese manido localismo que en vano se buscará en los versos de Sebastián. Porque el poeta no solo se refugia en los recuerdos del pasado, en los olores de la infancia (“el azahar de otros tiempos”), en la huerta perdida, sino que tiende su mirada a la cotidianidad, a los “Transeúntes” anónimos, a los coches y los bajos comerciales, incluso a esos chinos que tienen tienda en su calle y en los que acierta a comprender, a pesar de la barrera lingüística, sus emociones y sentimientos, no diferentes de los nuestros (“Pequeña China”).

Los poemas dedicados a sus hijos, así como los que nos hablan de la enfermedad y muerte de su hermano están dotados de una fuerte carga emocional, aunque, o precisamente por eso, el poeta nunca se abandona al exhibicionismo sentimental.  “20 de marzo” es, ante todo, un canto a la bondad humana, al secreto de la filantropía que anidaba en su hermano Jesús, y por eso mismo su emoción es más honda y más sincera. Poesía de consuelo y de esperanza; no de pérdida sino de despedida amorosa.


* * *

Pero Sebastián no es solo, como cabe esperar de un lírico, un poeta del yo, sino, ante todo un poeta del nosotros. Creo que este es su principal valor y su más importante aportación al mundo de la poesía. Tenemos, por un lado, un considerable número de poemas dedicados a los amigos y colegas, a la “tribu”, como él la llama. Compañeros de fatigas musicales en los conciertos o en animadas charlas junto a una hoguera (“Músicos”, “Sol sostenido”, “La tribu”, “Ahínco”). La dedicatoria del libro es clara: “A mi hermandad de amigos, músicos y poetas”. Amigos entre los que el poeta se deja llevar, creándose y creyéndose en ellos (“Amigos”).

Sin embargo, cuando defino a Sebastián como poeta del nosotros no me refiero solo a estos poemas de la amistad. “Me escribo en los demás” (“Dos apuntes para María Teresa”), proclama y, en efecto, nosotros somos todos los lectores, concernidos en una poesía que nos apela continuamente, que nos trata como semejantes y como hermanos (tal como Baudelaire se dirigía a su lector: “mon semblabe, mon frère”), mientras que nos obliga a afrontar las responsabilidades de nuestra vida. En efecto, hay en el libro una defensa de la vida que se transforma en necesidad, en exigencia. Todos tenemos la obligación de apurar esa vida que como inesperado don hemos recibido. Y vivir la vida es hacerlo en armonía con los seres que nos rodean, seres de los que en realidad formamos parte: la piedra, la flor, el cielo, la nube, el mar, especialmente presente en el libro, un mar concreto, reconocible en sus lebeches y sus gaviotas. Hay un poema titulado precisamente "Concordia", hermosa palabra derivada de cum- con-, ‘unidos, juntamente’, y cor, cordis, ‘corazón’: la concordia es la fusión de los corazones en uno solo, como cuando describiendo una gaviota, escribe: “Siento que con sus alas acompasa / el pulso mudo de mi corazón” (“Suspensión”).

El poeta nos llama a fundirnos con el mundo circundante, pues tanto nosotros formamos parte de la naturaleza, cuanto la naturaleza forma parte de nosotros:

¿No sois también mi cuerpo?
¿No sois también mi alma?

le dice a unos “Girasoles”. E insiste en otros poemas:

Todo el cielo en mis ojos.
Todo el mundo en mi oído (“De camino”).

Todo cuanto habitamos nos habita.
Somos huella del paso que hemos dado.

De ahí la necesidad de diluirse en ella:

Desdibújate en savia, tallos,
brotes y hojas hermanas…  (“Parsimonia”).

Fúndeme con el aire y con la luz (“Rezo al sol”).

Otras veces, las propias cosas nos llaman, nos impelen a actuar, a darles la voz que ellas no tienen. Lo vemos en el poema “Víctor Hugo en Jersey”:

Hay horas en las que parece oírse
murmurar a las piedras
contra la lentitud del hombre:
¿A qué esperáis para esforzaros?
Andar, correr, volar, esa es la ley.
Vivir es el deber de todo.

Alcanzamos así a penetrar los hermosos misterios de la vida y de la naturaleza: la luz que nos atraviesa, el silencio del cactus al crecer, la paz solitaria de las playas y de las flores.  Soledad, silencio, paz, los tres dones que pide también para su hijo en el impresionante poema que le dedica (“Versos para mi hijo”).


* * *

El silencio ocupa un lugar primordial en el libro. Parece una paradoja que un poeta y un músico aspiren precisamente al silencio. Para el caso de la música, la paradoja se resuelve ya en la cita inicial de Ramón Gaya:

La música verdadera… no es algo que suena y que sucede en el tiempo… [es] algo que ya existe, sin duda, antes de sonar… en una especie de silencio vivo.

En cuanto a la poesía, el libro proclama el rechazo de la palabrería, de la grandilocuencia tanto retórica como personal:

Un poeta no es una luminaria
ni porta antorcha alguna; es, a lo sumo,
… una ventana
que no estorba a la luz (“El poeta”).

Preferiría el poeta no tener siquiera que escribir, dejarse atravesar simplemente por esa luz:

Ya casi nunca escribo mis poemas.
Los vivo, me atraviesan, me circundan.

E insiste:

No son tan necesarias las palabras…
Todo lo que escribo es un silencio… (“Dos apuntes para María Teresa”).

Y en otro poema todavía aúna silencio, música, poema y vida, cuatro pilares de su poética:

Yo quiero que la vida sea una música,
un abrazo por dentro.
Yo quiero que la vida sea un poema
que se escribe a sí mismo. (“Un lugar para el alma”).

Parece que en este camino hacia una poesía del silencio, el poeta ha decidido hacer estación en el haiku, esa breve composición que concentra en diecisiete sílabas un destello de esa luz que debe ser la poesía. Sebastián llega de un modo natural al haiku a partir de la copla, especialmente de la soleá, que ya había cultivado en su anterior libro Coplas de arena y del que ofrece alguna muestra en el poemario, como “Intromisión”, o “Escala natural”, formado por haikus que poseen la asonancia de la soleá.

Hay una nutrida colección de haikus en el libro, incluso poemas formados por tres o cuatro de ellos utilizados como forma estrófica. Se une también el haiku a una presencia de lo oriental que se desarrolla en una media docena de composiciones que son versiones de antiguos poetas chinos. Como cabe esperar no hay en estos poemas ningún deseo de exotismo ni de erudición poética. El haiku nos descubre una naturaleza al mismo tiempo sencilla y deslumbrante, tan cercana a los poetas japoneses como pudiera estarlo del Canto de las criaturas del santo de Asís, cuyo ideal de sencillez y armonía natural no es muy diferente del que descubrimos en este poemario.  Ocurre también con los dos poemas inspirados en cantos navajos, donde no se busca lo diferente y extravagante, sino precisamente lo que hay en ellos de universal, de anhelo humano de armonía, felicidad y belleza. Lo vemos, por ejemplo, en “El coro”: inspirado en un canto navajo, alberga también dos haikus y algunos endecasílabos, siempre excelentes en la pluma de Mondéjar. La tradición literaria de tres continentes se une en este poema, en un proceso que debe ser lo que los músicos llaman fusión, aunque lo que realmente le importa al poeta no es lo extraño y peregrino, sino lo que me atrevo a llamar el universal humano.

De silencio se forma también esa piel profunda (nueva paradoja, pues asociamos la piel con lo superficial, lo epidérmico), que da título al libro:

Un silencio tras otro.
Una cueva dentro de otra cueva.

Esta piel es su frontera y su reverso, su corazón callado. Es, sobre todo, la conciencia del poeta. La componen capas de pensamiento y de vida, pues si, por una parte, está formado por la introspección y la mirada interior, por otra se teje con los hilos de la vida, tanto la que se descubre en la armonía con la naturaleza, como la que es suma de todas las vivencias cotidianas, de las cosas menudas pero importantes de nuestros días. En este sentido me parece especialmente revelador el poema titulado “Tejido”: el tejido de esa piel profunda es la lluvia y las hojas, pero también los hijos y sus problemas, los ruidos de la calle, hasta la voz de un camarero, porque nada es intrascendente en el mundo que se nos ha dado vivir:

Todo se mezcla, todo se sucede,
todo late en mi piel como una música
que escucho y hago mía en el silencio.

Esta es la esencial unidad del libro a la que me refería al principio de la presentación. Volverá a reunir estas ideas en el poema que cierra el libro “Coda”, donde incluye también esa apelación al lector, al nosotros esencial de su poesía. Pero este poema es tan importante que creo que corresponde leerlo al propio poeta.


* * *

He intentado ofrecer en esta presentación una lectura e interpretación personales del libro de Sebastián Mondéjar. Quedan otros aspectos del poemario por explorar: los temas de la desposesión y la desnudez, de la memoria (en el excelente “Parsimonia”) y, desde luego, de la música, sobre la que he pasado de puntillas en esta presentación, pese a su importancia.

Y, por supuesto, quedan otras lecturas, convergentes o no con la que yo he hecho. Por eso os invito a todos a sumergiros en esta piel profunda, a leer estos versos, que Sebastián nos ofrece —y termino con un verso suyo—  como las flores sus pétalos: “lo más bellos y exactos que se pueda”.


* * *







[Fotografias: Raspabook.]

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